ENRIQUE CABALLERO, EL GRAN CACHACO

ENRIQUE CABALLERO, EL GRAN CACHACO

Con la muerte de Enrique Caballero Escovar podría abrirse un debate sobre las regiones en la literatura colombiana. Con el auge que ha tomado la costeña, por el prestigio universal que alcanzó con los Cien Años de Soledad de García Márquez, las otras regiones, y particularmente lo que se ha escrito en los páramos del frailejón, ha quedado bajo un cierto menosprecio que se apoya en los índices de reconocimiento internacional. Faltó, por ejemplo, a Enrique Caballero Escovar una promoción que nunca buscó él y que bien hubiera podido apoyarse en libros de una riqueza literaria difícilmente superada en las letras colombianas. Sus últimos libros, recogidos dentro de tradiciones locales, fueron de un brillo como pocas veces ha ostentado una literatura tan famosa como la colombiana.

31 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Los tres Caballeros que trajinaron en el mundo literario fueron todos tremendamente localistas. Klim, como humorista, sobre todo, no se podría leer ni se podrá leer en el futuro, sin tener la clave de los personajes. Eduardo Caballero Calderón murió en su ley como el Alcalde de Tipacoque. Y Enrique Caballero Escovar se internó por los vericuetos de intimidades santafereñas que son para uso casi exclusivo de esa reducidísima minoría de bogotanos que conocen las intimidades de nuestra vida colonial. Pero, en el caso de Enrique Caballero, con un desparpajo, un estilo tan abierto como no se conoció antes en las letras colombianas.

Todo lo que se ha acumulado como desprecio a las letras bogotanas en la palabra cachaco, como cachaco, lo pulverizaba Enrique Caballero en una página cualquiera de sus libros. Porque él fundamentalmente era eso: un cachaco de bigote a la antigua, que parecía sacado de la genealogía para torcérselo con orgullo.

Podrá uno disentir de sus juicios. Yo mismo creo que se equivocó al interpretar la carta de Galán a su comadre de Honda y que por ahí trató de mejorar, más allá de lo justo, la imagen del Arzobispo Caballero, que no sé hasta qué punto favorezca la historia de la familia. Pero hay que ver cómo aún en medio de esas controversias era el señor espléndido que todo lo ennoblecía con su prosa magnífica.

En este Bogotá de los cachacos han surgido Jorge Isaacs, el del Valle del Cauca; Guillermo Valencia, el de Popayán; José Eustasio Rivera, el de Neiva; Julio Flórez, el de Chiquinquirá; y llegado el momento, Luis E. López, el de Cartagena; Tomás Carrasquilla y León de Greiff, de Antioquia; García Márquez, el de Aracataca, y cuanto colombiano triunfa en el mundo.

Un caso como el de José Asunción Silva, es casi único. Quiero decir que Bogotá consagra, teniendo su literatura regional, pero lo que vale interiormente en las letras colombianas es la riqueza regional. Deslindar las provincias literarias en la geografía de las letras colombianas es el mejor camino para probar su riqueza. Cada provincia literaria tiene su música, su flora, su fauna, su manera. Los bogotanos podríamos salir adelante con los libros de Enrique Caballero Escovar y dar así la medida de lo que se ha hecho aquí, dándole al castellano una dimensión a imagen y semejanza de nuestra geografía provinciana.

Conocí a Enrique Caballero desde antes de ser bachiller. Fue de las primeras promociones del Gimnasio Moderno. Inventó El Aguilucho, cuadernillo impreso que llevó para editar a mi imprenta de Ediciones Colombia. Escribía él los editoriales y hacía todas las ilustraciones. Me aproveché y me hizo dibujos para las portadas de Universidad. Esto quiere decir que el joven bachiller vino a participar en la revolución estudiantil. De ahí pasó a ser de los primeros en estudios económicos. Y como en todo era brillante, de la Universidad pasó a la vida pública y a la diplomacia, llegando a embajador en Brasil, Italia y Francia. De regreso a Colombia entró al parlamento y era en los discursos tan brillante como escribiendo en el periódico. En Colombia no se puede abrir la boca sin correr el riesgo de entrar en la política y de pasar por el parlamento. Fueron famosas sus polémicas en torno de la cuestión de la Handel.

Bogotá ha producido un grupo de escritores que habrá que recoger algún día como si la capital no fuera el lugar de encuentro de todas las literaturas nacionales, sino una parte con su carácter propio, su frailejón y sus páramos en donde tipos como Enrique Caballero, Hernando Téllez, Eduardo Castillo, Soto Borda, y tantos más, van quedando perdidos en la nieblas de los páramos esperando que venga un Gonzalo Ariza a decirnos lo que vale el frailejón en el jardín de los trópicos.

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