RAZA, INTELIGENCIA Y PORNOGRAFÍA CIENTÍFICA

RAZA, INTELIGENCIA Y PORNOGRAFÍA CIENTÍFICA

La pelea está otra vez servida. Un brillante investigador, Charles Murray, a quien acusan de pornógrafo de la sociología, en compañía de otro scholar de Harvard, Michael Herrenstei (muerto recientemente), han vuelto a poner sobre el tapete la tesis de que existe una relación biológica entre raza y nivel de inteligencia. Pero a esa conclusión -que respaldan con kilómetros de análisis estadísticos- ahora añaden cierta espeluznante conjetura: en sociedades post- industriales, como la norteamericana, que cada vez demandan más capacidad intelectual de los trabajadores, los menos dotados irán siendo relegados a posiciones inferiores y peor remuneradas. Y para mayor escarnio, esas personas -entre las que, presumiblemente, predominan los negros y los latinos- perpetuarán su condición de clase baja por el divertido procedimiento de aparearse entre ellos y transmitir en su carga genética el bajo cuociente de inteligencia que padecen. Pero ahí no queda la cosa: además de esa condena biológic

27 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

En realidad, lo único verdaderamente nuevo en las tesis de Murray es su convicción del fracaso del welfare state como fórmula para poner fin a la pobreza. Todo lo demás se ha dicho de mil maneras diferentes y parecidas a lo largo de la historia de las Ciencias Sociales. En 1916, Madison Grant publicó The passing of the great race, advirtiendo cómo se debilitaría la gran herencia de los pueblos nórdicos de Europa (ingleses, alemanes y escandinavos) con la invasión de grupos humanos supuestamente inferiores: polacos, judíos rusos e italianos. Pocos años después, en 1923, Carl C. Brighams, en su conocido A study of American intelligence, culparía a los negros de la supuesta decadencia norteamericana y especialmente a los esclavistas que los trajeron del Africa.

Incluso, es posible afirmar que en el primer cuarto de nuestro siglo esa visión racista era la que predominaba en el mundo académico y en el resto de la sociedad, creencia que no fue marginada hasta que se impusieron los criterios culturalistas de eminentes pensadores humanistas, a la cabeza de los cuales habría que situar al etnógrafo alemán Franz Boas, naturalizado en Estados Unidos para gloria de la antropología americana.

A partir del magisterio de Boas, la diferencia entre el éxito social y económico de las razas hubo que explicarla por las condiciones culturales en que se desarrollaba la persona. A fin de cuentas, el término raza no parecía nada fácil de definir: existen negros de pelo lacio y nariz aguileña, blancos de cabello rizado y nariz y labios anchos, asiáticos de pelo ondulado, negros con ojos rasgados -el famoso pliegue acántico- o negros con cabello rojizo, como se suelen ver en Australia.

No obstante, es cierto, grosso modo, que el grupo calificado como negro en Estados Unidos obtiene una menor puntuación en los test de inteligencia, pero cuando nos acercamos a esos resultados con más cuidado, se observan otras variables significativas: los negros de las ciudades obtienen mejor puntuación que los negros y los blancos de las zonas rurales, mientras no se perciben diferencias sustanciales entre negros y mulatos. Dado que la carga genética de un mulato es 50 por ciento blanca (un tercio de los genes de los negros norteamericanos provienen de los blancos a juzgar por los estudios de William Boyd) por qué deducir la supuesta inferioridad intelectual de ciertas personas por algo tan superficial y discutible como pueden ser el color de la piel, el tipo de cabello o el grosor de los labios? No obstante, la obra de Murray (The bell curve) sirve como indicativo de un importante fenómeno que hoy estremece el campo de las ciencias sociales en el mundo occidental; la vigorosa, la hegemónica reacción del biologismo frente al culturalismo. Lo que hoy dice Murray de los negros, de la inteligencia o de los guetos norteamericanos, está relacionado con lo que Edward Wilson escribió en Sociobiología, Konrad Lorenz, en Sobre la agresión, Robert Ardrey en El imperativo territorial o Roger Sperry en sus trabajos sobre la fisiología del cerebro. Es decir, en todos los campos de las ciencias sociales -la sociología, la antropología, la sicología, incluso la política- triunfa con fuerza la idea de que es la naturaleza y no la cultura lo que determina fundamentalmente la conducta del bicho humano.

Atrás va quedando la obra admirable de Boas o de Gunnar Myrdal (Un dilema americano), mientras se yergue la convicción fatal de que no somos otra cosa que animales sujetos a la íntima correa de oscuras secreciones hormonales, descargas de neurotransmisores y cadenas entrelazadas de diminutos genes. No era verdad lo que nos proponía Freud: no actuábamos impulsados (o frenados) por opacos traumas de la infancia. Tampoco era cierto aquel mundo de ratas y laberintos, de premios y castigos con el que B. F. Skinner nos contaba la historia de la aventura humana. Más descaminado aún andaba Marx con su extravagante convicción de que no éramos otra cosa que el resultado económico de las relaciones de propiedad. El cuento marxista de la superestructura era un camelo aún mayor que el del Complejo de Edipo o el de la salivación mecánica de los perros de Pavlov: pura cháchara para animar las tertulias de las facultades universitarias.

Adónde conduce este biologismo redivivo, colocado bajo la advocación de San Charles Darwin? Probablemente -cuando lo interpretan gentes poco educadas- al peligroso mundo del racismo, al desprecio al más pobre, al cierre de fronteras y al establecimiento de reglas discriminatorias. Sin embargo, la actitud recomendable ante este giro de la actual cosmovisión intelectual no es la de negar o cerrar esta vía de exploración científica por temor a sus resultados, sino la de alentar sin miedo la búsqueda de la verdad última, cualquiera que esta sea, pues no hay nada obsceno en los planteamientos de Murray. Podrán ser políticamente incorrectos , pero son estimulantes, y si existe una actitud intrínsecamente indecente en el campo intelectual, esa es la de callar lo que uno cree por no tener que enfrentarse a la opinión mayoritaria. Eso sí es pornografía científica. (Firmas Press).

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