LA DESINTEGRACIÓN DE LA CLASE MEDIA GRINGA

LA DESINTEGRACIÓN DE LA CLASE MEDIA GRINGA

Washington.- La clase media de Norteamérica está desintegrándose y dividiéndose en tres nuevos grupos: una subclase atrapada principalmente en el centro de las grandes ciudades y aislada de la creciente economía; una posclase posicionada ventajosamente para avanzar sobre las olas del cambio, y una clase ansiosa, la mayoría de cuyos miembros tienen empleos, pero se sienten justificablemente inquietos sobre su propio lugar y temen por el futuro de sus hijos. Lo que divide a los miembros de la subclase, la posclase y la clase ansiosa es tanto la calidad de su educación formal como su capacidad y oportunidad de aprender a lo largo de sus vidas como empleados. Los talentos siempre han sido relevantes a los ingresos, por supuesto. Pero nunca habían sido tan importantes como en la actualidad. Hace apenas 15 años, un graduado de la universidad ganaba el 49 por ciento más que un hombre con únicamente un diploma de la preparatoria. Es una considerable diferencia, pero es una división lo sufic

30 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Tradicionalmente, la membresía en la clase media de Norteamérica incluía no sólo un empleo con un ingreso constantemente creciente, sino un conjunto de beneficios que venían con ese empleo. Pero aquí también se ha producido una división. La cobertura médica para los empleados con título universitario auspiciada por el patrón ha disminuido sólo ligeramente, del 79 por ciento en 1979 al 76 por ciento en 1993. Pero para los graduados de la preparatoria, las tasas han caído todavía más: del 68 por ciento al 60 por ciento en el mismo período. Y las tasas para los desertores de la preparatoria se han desplomado -de un ya bajo 52 por ciento en 1979 a sólo el 36 por ciento el año pasado-.

La jubilación sólo hará más duras estas divisiones. Casi dos de cada tres trabajadores con título universitario reciben una pensión de su empleo. Más de tres de cada cuatro desertores de la preparatoria carecen de ella.

Pero los ingresos y los beneficios ni siquiera narran la historia completa. Simplemente conseguir un empleo y mantenerlo depende cada vez más de tener sólidas habilidades. En los 70, la tasa promedio de desempleo para quienes no habían terminado la preparatoria era del 7 por ciento; para 1993 había pasado al 12 por ciento. La pérdida de empleos para los graduados de la preparatoria ha seguido una trayectoria comparable. Por contraste, la tasa de desempleo para los empleados que tienen cuando menos un título universitario ha seguido siendo de cerca de 3 por ciento.

En una aparente paradoja de las novedades económicas actuales, los mercados financieros dicen que el desempleo es demasiado bajo para contener la inflación, aun cuando ocho millones de norteamericanos dispuestos a trabajar carecen de un empleo. Parte de la respuesta para esta aparente contradicción es que los mercados para la labor altamente capacitada están estrechándose en muchas partes de la economía, creando las condiciones que pueden producir preocupación inflacionaria. Pero millones de empleados menos capacitados siguen subempleados o desempleados. Esta fuerza de trabajo desperdiciada queda separada -por la barrera que significa su falta de capacitación- de las tendencias principales de la economía, en donde hay restricciones de capacidad.

La mejor forma de ampliar la capacidad de la economía y disminuir el nivel de desempleo necesario para frenar la inflación es desmantelar esta barrera preparando a los trabajadores subutilizados para un empleo más productivo.

Al arraigarse en los vecindarios y en las empresas de Norteamérica, estas fuerzas son ominosas. Considere la separación física que ya ayudaron a forjar.

La posclase se ha mudado a los suburbios de la elite -ocasionalmente a sus propias comunidades cerradas o conjuntos residenciales vigilados por fuerzas de seguridad propias.

La subclase se encuentra cuarentenada en alrededores que son inenarrablemente sombríos y a menudo violentos.

Y la clase ansiosa también está atrapada -no sólo por casas y apartamentos a menudo demasiado pequeños para una familia en crecimiento, sino también por el esfuerzo que necesitan para preservar su lugar; muchas familias necesitan dos o tres salarios para alcanzar el estándar de vida que antes lograban con un único empleo.

En otras palabras, incluso cuando la oleada económica de Norteamérica continúa aumentando, ya no puede levantar a todos los botes. Sólo una pequeña parte de la población estadounidense se benefició del crecimiento económico de los 80. Las reestructuraciones y las inversiones de capital lanzadas durante los 80 y que continuaron a través de los 90 han mejorado la productividad y la competitividad de la industria norteamericana, pero no los prospectos para la mayoría de los norteamericanos. Y la gente que quedó atrás ha desatado una ola de resentimiento y desconfianza -una ola que afecta al gobierno, a las empresas y a otras instituciones- que la clase ansiosa cree le han traicionado.

Esto crea un terreno fértil para los demagogos y para los teóricos de la conspiración que a menudo emergen durante tiempos de ansiedad. La gente que pasa dificultades, que teme por su futuro, naturalmente se aferra a lo que tiene y a menudo se resiste a cualquier cosa que le amenace. La gente que se siente abandonada -por un gobierno que le ha permitido deslizarse o una compañía que le ha despedido- responde a los oportunistas que venden explicaciones simplistas y soluciones siniestras. Por qué está teniendo problemas para pagar sus cuentas? Estamos dejando que entren demasiados inmigrantes. Por qué lucha tanto para pagar lo que debe? La acción afirmativa inclina las cosas en favor de los afroamericanos y los hispanos. Por qué está en riesgo su empleo? Nuestras políticas comerciales no han sido suficientemente proteccionistas.

Como solución no podemos hacer retroceder el reloj y volver al viejo mundo seguro de la producción masiva rutinaria que dominó a la Norteamérica de la posguerra. Los esfuerzos por hacerlo -digamos, manteniendo la inversión y los bienes extranjeros del otro lado de nuestras fronteras o deteniendo los avances tecnológios- no podrían resucitar a la antigua clase media. Sólo inhibirían la capacidad que tienen todos los norteamericanos para prosperar en medio del cambio.

La verdadera solución es dar a todos los norteamericanos participación en el crecimiento económico, para asegurar que todos se beneficien de nuestra nuevamente recién encontrada competitividad.

Esta economía logrará su capacidad total sólo cuando aprovechemos el potencial de todos nuestros ciudadanos para ser más productivos.

Los individuos y las familias cargan gran parte de la responsabilidad aquí, por supuesto. Ultimadamente, ellos deben enfrentar las realidades de la nueva economía y asegurar que ellos y sus hijos tengan las herramientas intelectuales básicas para prosperar en ella. El gobierno también tiene un papel. Puede acabar con algunos de los obstáculos -mejorando la calidad de la educación pública, fijando estándares de capacidades y suavizando la transición de la escuela al empleo y de empleo a empleo.

Pero los individuos, sin importar cuántos recursos tengan, y los gobiernos, sin importar cómo se les reinvente, no pueden construir una nueva clase media por cuenta propia. Las empresas tienen un papel indispensable que desempeñar. A menos que la iniciativa privada se una en una compacta para reconstruir a la clase media de Norteamérica -capacitando y dando poder a los empleados ordinarios para que sean productivos e innovadores- esta tarea no podrá tener éxito.

Hay dos buenas razones económicas para que las empresas se enlisten en este programa: primero, los miembros de la clase media que están en peligro en Norteamérica son un activo clave para la producción. Segundo, forman la mayoría de los clientes de la mayor parte de las empresas.

Cuál debe ser el contenido específico de esta compacta? No puedo predecir las provisiones exactas. Obviamente, una podría ser comprometer a la empresa norteamericana a invertir en su fuerza de trabajo, simplemente requiriendo que las firmas gasten una pequeña porción de sus nóminas en el mejoramiento de las habilidades de todos sus empleados. La Administración no está proponiendo tal opción como política formal porque no estamos convencidos de que sea la mejor forma de lograr una inversión acelerada como la que necesitamos en la capacitación de los trabajadores. Los requisitos similares pueden invitar inacabables piruetas legales, lo que siempre resulta en una regulación más instructiva.

Espero que la industria y el gobierno de los Estados Unidos puedan descubrir juntos una mejor forma -compromisos voluntarios para, y promoción de, tales inversiones en la fuerza de trabajo; acuerdos cooperativos entre las firmas de una industria para compartir los costos de la capacitación básica para el empleo; acuerdos parecidos entre las grandes compañías y sus pequeños proveedores y clientes; educación en el empleado como objeto del regateo colectivo, premios o certificación para las empresas que invierten sustancialmente en sus trabajadores; colaboraciones entre las escuelas preparatorias y las compañías para contratar a estudiantes aprendices; cambios en el código fiscal para crear mayores incentivos para la capacitación en el trabajo.

Estos y otros enfoques -solos o combinados- pudieran ser más efectivos que un requisito uniforme. Pero si no podemos desarrollar un enfoque superior, ciertamente sería mejor abrazar el método que abandonar la meta.

Las fuerzas centrífugas que están deshaciendo a Norteamérica piden una resolución todavía mayor. Los norteamericanos pueden construir una nueva clase media y una nueva escalera para que la subclase suba hasta ella. Pero sin las energías redobladas de la iniciativa privada de Norteamérica, la recia clase media que fue la cualidad que definió a nuestro país continuará su constante erosión.

(Los Angeles Times Syndicate)

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