Concierto para delinquir

Concierto para delinquir

Normalmente, la palabra “concierto” se refiere a una ejecución musical a cargo de uno o varios intérpretes para un grupo de asistentes reunidos en un recinto. No sé desde cuándo los abogados se apropiaron de ese término para referirse a una reunión de personas malintencionadas dispuestas a cometer un delito, pero definitivamente lograron desprestigiar la palabra y convertirla en un acto conspirativo y oscuro. Ahora resulta que, además, se puede tergiversar el término para convertir un delito común (reprochable) en un delito político (comprensible). Volviendo al caso musical, algunos eventos se convierten en un acto delictivo y dejan de ser un evento cultural.

23 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

La avalancha de artistas que vienen a realizar conciertos en nuestro país son muestra de que nos estamos poniendo al día en materia musical con la tónica mundial de megaeventos. Sin embargo, muchos de los asistentes a estos “conciertos” salen frustrados por la imprevisión de los organizadores o por las expectativas, a veces muy altas, que se tienen de un artista. Veamos. Un comprador de boleta, digamos de 150.000 pesos, adquiere unos derechos, bastante caros por cierto, para presenciar un evento en condiciones dignas.

Es evidente que el mencionado comprador no pudo conseguir más recursos para comprar una localidad mejor, y entiende perfectamente que le toca mamarse el sonido lejano de la banda y la disputa a codazos por lugar de visibilidad privilegiada, sobre todo en los casos en que el lugar no está diseñado para grandes espectáculos, como el Parque Simón Bolívar o el parqueadero del Jaime Duque.

Da risa ver las categorías que ahora usan los empresarios para jerarquizar los sectores de un evento: Platino o “Golden” (los elegidos), VIP (aspirantes a elegidos), Preferencia (bien atrás), General (conténtese con unos pisotones al intentar ver algo), ejerciendo una presión social a la juventud para que asista, so pena de sentirse “excluida”. Los jóvenes son tan fácilmente descrestables con la parafernalia electrónica y la multitud festiva, que no hacen valer sus derechos si no obtienen una acomodación apropiada para presenciar la función. Así, los espectáculos multitudinarios se tornan a veces en unos desmadres para escuchar “el vatiaje” y no “la música”.

Cada cual es libre de hacer con su plata lo que quiera, pero a la hora de escoger, el público debe saber que tiene más opciones para elegir en qué gastarse sus ingresos. Al paso que vamos, nos tocará buscar palabras que no tengan nada que ver con el desprestigiado “concierto”, para referirnos a las presentaciones en vivo.

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