Que todo se joda para que se arregle todo

Que todo se joda para que se arregle todo

Cuentan que en Guarne (Antioquia), una de las rogativas celestiales más socorridas dice: “¡Virgen Santísima, que se acabe de joder esto, para ver si se arregla!”.

21 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

A juzgar por la depresión nacional en que nos ha sumido el escándalo de la parapolítica, parecería que el país anduviera rezando una oración similar.

La filosofía derrotista de “cuanto peor, mejor” se palpa en muchas “soluciones” y comentarios: meter a todos los políticos a la cárcel, cerrar el Congreso, tumbar al presidente Uribe (o, por el contrario, elegirlo dictador vitalicio) y, como siempre ocurre en estas crisis, establecer la pena de muerte. Ya veremos después a quiénes fusilamos.

Me explicaba un psicólogo social que, en determinadas situaciones de crisis, las sociedades se entregan a un proceso de autoflagelación y expiación desesperada, una especie de descenso al infierno, que tiene, entre sus características, la de desear que ocurran los peores males: que las cosas acaben de joderse para ver si se arreglan.

En cierto tipo de coyunturas adversas es peligroso confundir la realidad verdadera con la que quisiéramos como realidad ideal. Por ejemplo: si una sociedad rechaza que haya políticos comprometidos con los paramilitares, tiende a pensar que se están cometiendo abusos y exageraciones al encarcelar a algunos de ellos. Pero en situaciones de adversidad aguda, cuando se llega a la crisis depresiva, el peligro consiste en confundir la dura realidad verdadera con la realidad infernal que nos planteamos como expiación o castigo: esto está apenas empezando, todos son unos corrompidos, aquí no se salva nadie...

La sociedad colombiana parece rozar la fase en que prefiere como terapia extrema la peor versión de la realidad. Lo sensato sería algo distinto. Por ejemplo, desear –por el bien del país y de sus instituciones– que el Presidente de la República esté libre de vínculos con los paramilitares y que sean pocos y reciban castigo ejemplar los para-parlamentarios. Pero en la etapa de expiación, muchos quieren que aparezcan nexos del Presidente con las autodefensas y que todos los parlamentarios procesados estén untados hasta la médula de paramilitarismo. En la situación que vivimos, cualquier declaración de inocencia que pronuncie la Justicia tenderá a ser recibida con indignación, aunque sea limpia y ortodoxa, y toda condena merecerá aplausos, aunque no consulte la ley.

Me llamó la atención una carta que publicó El Espectador del domingo del novelista vallenato Alonso Sánchez Baute. Con notable valor, Sánchez Baute dice que Álvaro Araújo Castro, acusado de vínculos con los paramilitares, es su amigo desde niño y está convencido de que es “un costeño brillante, honesto y bien formado en las mejores aulas”. Agrega que ojalá la Corte Suprema tenga la entereza suficiente para decretar su inocencia si decide que corresponde hacerlo.

Yo no tengo ni idea de si el senador Araújo es culpable o inocente de los cargos que se le imputan. Tampoco puedo decirlo de los demás acusados, porque desconozco sus expedientes. Las evidencias muestran que a partir del 2002 se producen resultados electorales sospechosos en zonas de paramilitarismo, como lo demuestra el reciente documento ‘Los caminos de la alianza entre los paramilitares y políticos’, dirigido por León Valencia.

Pero es la justicia la que tiene que decidir.

No conviene para ello el ambiente de expiación histérica, como no convino antes el de tolerancia con narcotraficantes y paramilitares. Solo cabe recomendar: 1) Serenidad. 2) Confianza en la Corte Suprema de Justicia. 3) Respaldo a las condenas que produzca, y respaldo también a los fallos de inocencia. 4) Examen profundo de las características de la crisis, para evitar que vuelva a repetirse.

No estoy seguro de que el país se arreglará si acaba de joderse.

cambalache@mail.ddnet.es

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