Tres toreros y un indulto

Tres toreros y un indulto

Los tres toreros a hombros, y un banderillero –el gordo Hernando Franco– tambaleándose bajo el considerable peso del ganadero feliz al que le habían indultado un toro. Muy buen toro, sí, pero… Creo que esta pasión por el indulto que está arrasando en Colombia es una maniobra para apaciguar a los antitaurinos.

20 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

El joven Luis Bolívar, que confirmaba la alternativa, no tuvo suerte con su primer toro de Juan Bernardo Caicedo: dificultoso, suelto, escarbador, rajado. Se desquitó con el sexto. Sus dos compañeros de terna habían cortado ya de a dos orejas por barba, y él no tenía nada en las manos, así que salió a jugársela, recibiendo al toro con dos faroles de rodillas. Era, repito, un buen toro: jabonero sucio de capa, con buen trapío, de larga y noble embestida, y que repetía con prontitud, permitiendo la ligazón de las tandas. La faena fue larga y vibrante, y jaleada por el público de principio a fin: desde los pases cambiados por la espalda citando a 25 metros de distancia hasta la estocada final, simulada con una caricia de la palma de la mano. El toro enfiló al túnel de toriles en cuanto le mostraron los vuelos de un capote. Quería irse.

A ‘El Juli’ lo quiere la plaza. Con razón: siempre da todo lo que tiene. Lo hizo con su primer toro, segundo de la tarde, que era noble y bondadoso pero desganado: el torero tuvo que ponerlo todo de su parte para que consintiera en embestir, llegando al encimismo en la segunda parte de la faena, hecha literalmente encima del toro, en tablas, ligando pases circulares en dos y hasta en tres tiempos por los parones del toro en la muleta. El cuarto era un manso sin redención posible, pero ‘El Juli’ dio entonces una lección de cómo se sujeta a un toro rajado para que no se vaya. A la larga, sin embargo, pudo más la terca mansedumbre del animal huido. Gran ovación. La plaza quiere a ‘El Juli’.

En cambio a José Mari Manzanares lo recibió con frialdad: no había estado nada bien la única vez que había venido a la Santamaría. El público tardó bastante en darse cuenta de lo que estaba viendo: las verónicas de recibo, acompasadas, cadenciosas y serias, con las manos muy bajas; los naturales en los medios, rematada cada tanda con un interminable y despacioso pase forzado de pecho en el cual el toro se vaciaba hasta el final, y aún un poquito más: ese poquito más en el que está la diferencia inconmensurable entre el toreo vulgar y el arte del toreo. Manzanares es tímido ante el público, y no sabe, como dicen los taurinos, vender su mercancía. Pero esta es de tan buena calidad que la plaza acabó comprándola con entusiasmo, y esperó para comprar también un segundo lote en el quinto toro de la tarde.

Con el cual nuevamente se lució Manzanares en el toreo de capa, que tantas veces es una mera formalidad. Y luego, en la faena de muleta, exhibió toda la pureza del temple reposado, suave, sobrio, sin teatro ni prosopopeya. La muleta ligera como una pluma, y el brazo del torero que parece alargarse desmesuradamente mientras se desmaya la cintura, en pases que, por lo lentos, parecen todavía más largos, y se suceden desde abajo hacia más abajo, exigiendo todo del toro. En la mitad de una tanda el toro pisó la muleta en el centro: iba toda ella arrastrada por la arena.

El toro quedó exhausto. Y entonces Manzanares, por primera vez, hizo con la muleta un adornito desdeñoso. Y entró a matar.

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