DESDE LA CAMA

No creí que tuviera tantas cosas en común con Angie Cepeda, hasta ayer, cuando leí en este diario cómo duermen ciertos personajes. Angie no tiene hora fija para meterse en la cama. Tampoco yo. Angie duerme de siete a ocho horas diarias. También yo. Angie no tiene pesadillas. Tampoco yo. Angie concilia fácilmente el sueño. También yo. Y lo que me pareció más curioso es que ni Angie ni yo tenemos mesa de noche.

27 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Lo que sí no comparto con Angie es su costumbre de dormir con medias. Detesto ese hábito poco sano que les impide respirar a los pies y, muchas veces, también a otras personas.

Por lo demás, dormimos parecido.

En cambio, grandes diferencias me separan de la manera de dormir de otros personajes consultados.

No entiendo, por ejemplo, cómo hace Julito Sánchez para estar siempre despierto a la hora en que yo logro, con suma dificultad, abrir los ojos. Todas los días me lo pregunto. Y debo confesar que durante mucho tiempo encendía la radio cada mañana con la única esperanza de haberme levantado antes que él.

Tampoco entiendo cómo se atreve a decir Ramiro Bejarano que dormir cuatro horas al día es suficiente... Sólo duermo cuatro horas al día cuando sé que puedo dormir al menos otras cuatro por la noche.

Y, qué tal la desfachatez de Gabriel de las Casas, quien confiesa sin pudor alguno que ronca todas las noches? Me daría vergenza aceptar una verdad tan ruidosa. Aunque, por supuesto, yo no ronco.

No sé, así mismo, cómo es posible que doña Tera no tenga pesadillas, si siempre se acuesta apenas terminan los noticieros. Con esas noticias tan poco alentadoras, yo no haría otra cosa que soñar con monstruos tan terribles como los que ahora protagonizan los programas infantiles.

Por eso, jamás me acuesto después de los noticieros. Y mucho menos después de los espacios para niños.

Pero una cosa es tener pesadillas, y otra es gritar en medio de ellas, como le sucede a Norberto. Que a uno lo tengan que despertar porque está dando alaridos a las tres de la mañana me parece de muy mal gusto. Bueno, también me parece de mal gusto tener en la mesa de noche una foto de uno mismo en vestido de baño.

Pero, en fin, en un país en el que cada vez se irrespetan más los derechos de la gente, uno tiene, al menos, el derecho a dormir como se le antoje.\ Incluso, con osito de peluche entre las cobijas.

Por eso, felices sueños.

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