Un mal negocio

Un mal negocio

Siendo Colombia un país de poetas, sorprende mucho que no haya una editorial que tenga una colección de poesía. Es raro, pero también es lógico. En parte porque la mayoría de las editoriales no son colombianas, y en parte porque las ideas neoliberales se tomaron ya todas las instancias de la cultura. Por ejemplo, cargándoles a las novelas, cuentos y poemas la responsabilidad de ser productivos. Resulta curioso que esas ideas se instalen en la inmediatez, sin planes a largo plazo: formar lectores de novelas, cuentos y poemas para que en un futuro sea un excelente negocio.

18 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

La peor parte de este problema le toca a la poesía porque es la peor negociante. No da plata, pero es tan necesaria para un país como el alma para los hombres. Por eso, quizá, la colección de poesía que tenía Editorial Norma se terminó antes de comenzar el siglo XXI. Por eso, quizá, las grandes editoriales españolas con sede en Colombia no publican poesía. Y por eso, también, es por lo que la poesía colombiana circula en publicaciones modestas, muchas veces autopublicaciones, que se hacen con las uñas, pero cuidadas en los detalles: ediciones preciosas de muy bajo tiraje que se convierten en tesoros.

En semejante panorama tan desalentador, es una labor de locos publicar poesía. De lejos, alguien podría decir que quien lo haga es alguien dedicado a perder plata. Y si fuese una institución del Estado, como la Universidad Nacional, llegará un día fiscal, de pérdidas y ganancias, de haberes y teneres, de sumas y restas, que concluirá de repente que la colección es un fiasco económico, rescatable si solo se publican poemas de Mario Benedetti.

Afortunadamente no ha llegado ese día, y existe la Colección Viernes de Poesía, hermosos cuadernillos muy bien editados, que en cada número publican a un poeta. El número 47 está dedicado a Antonio Silvera Arenas, poeta barranquillero, que escribe cosas como “Hogar viene de fuego, el constante elemento que en guerra permanece. Tú y yo los combatientes: nos odiamos a muerte, nos amamos a vida. Es nuestra maldición y nuestra bendición. Tú no puedes vencer, tampoco yo”.

Cuarenta y siete números de igual número de poetas es un hermoso despilfarro.

Y si fuese un hombre, uno solo, uno con años de vida puestos, habrá de ser un loco definitivo y contundente, porque nadie en sus cabales quiere perder su plata publicando poemas. Ha de ser delirante quien se dedique a publicar una revista de poesía. Y existen 30 números que evidencian su mal. Cinco años de Arquitrave son una afrenta al capitalismo salvaje, quizá un ejemplo para pomposas editoriales. Y si ustedes vieran por ahí, a Hárold Alvarado Tenorio, pueden decirlo en cotilleo: “Allá va ese hombre que se dedica a ser pobre para nuestro bien”. La revista Arquitrave se hace en un apartamento de Bogotá, se imprime en impresoras personales y la encuaderna un artesano dedicado. Y es bella la edición, de buen gusto, y está llena de perdedores profesionales de tiempo y de dinero: de poetas. Y se puede tildar de atrabiliaria a veces, de sesgada; se puede estar o no de acuerdo con ella, pero se hace.

Si bien el último número virtual, www.arquitrave.com, tiene dos notas injustas –para mi gusto– sobre el premio Lezama Lima que le acaban de entregar a Juan Manuel Roca, eso también está presupuestado. Hárold cultiva el arte de la maledicencia erudita, y lo hace bien. Es una diversión oír cómo teje y desteje la historia de la literatura a fuerza de millones de citas, de chismes, de ironías y paradojas; y de un profundo conocimiento.

Su publicación está llenando un vacío e invitando de contera a que otros se atrevan también, para que comience el diálogo o la discusión o la poesía, o lo que fuere: pero que comience. Que una editorial se atreva. Para que no solo nos ufanemos de ser un país de poetas. Que también, y ojalá, seamos un país de poetas publicados.

cristianvalencia@yahoo.com

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