UN IMPOSIBLE ÉTICO

UN IMPOSIBLE ÉTICO

Cuesta trabajo aceptar la veracidad de la noticia registrada en la prensa escrita hace unos días, relacionada con la muerte de pacientes a causa de inasistencia médica por parte de los anestesiólogos, con la disculpa de encontrarse fatigados . La razón de fondo, al parecer, no es otra que un cese de actividades por reclamos salariales. En un comentario anterior me ocupé de las renuncias y de las huelgas de los médicos. Debo nuevamente abordar el tema por cuanto el movimiento que en la actualidad adelantan los médicos en el país, liderado en algunos sitios por los anestesiólogos, comienza a adquirir perfiles de verdad censurables. La circunstancia de que muera un solo paciente por falta de atención médica, es decir, por negligencia e indolencia, coloca en entredicho el buen nombre de todo el gremio, así sean absolutamente justos los motivos esgrimidos para respaldar su proceder. Ese toque luctuoso lo descalifica moralmente. Aún más, el simple sentimiento de desamparo que experimenta

28 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Resulta que la sociedad siempre ha visto en el médico a uno de sus defensores más nobles y generosos; de ahí que espere de él seguridad y apoyo. Esa imagen ha venido proyectándose desde la época hipocrática y es la que le ha permitido situarse en la categoría de profesional de primera clase, no propiamente por los beneficios materiales que pueda derivar de su trabajo, sino en virtud de la nobleza de su misión. Del médico, por eso mismo, se esperan sacrificios; aquel que no está dispuesto a entregar esas cuotas en beneficio de sus pacientes, está dejando de cumplir su papel de benefactor de la humanidad, que es su deber primario. Pueda que para algunos parezca ridículo, suene a hueco, hablar, en la época pragmática de hoy, de asuntos que tuvieron sentido en los tiempos de la medicina romántica, cuando el médico era libre y no un asalariado, y cuando el enfermo era un paciente y no un cliente.

Los tiempos han cambiado, es cierto, y con estos las costumbres. Pese a ello no es inteligente dejar perder el status , la categoría propia de nuestra misión. Precisamente, por pretender colocarnos el overol a cambio de la blusa blanca es por lo que nos hemos ido confundiendo con otras profesiones, en las que los intereses que se defienden se hallan despojados de ingredientes altruistas, que son los que caracterizan a los cultores de la Medicina. El médico, quiéralo o no, ha adquirido tácitamente compromisos morales muy particulares, que son los que le otorgan personalidad. Esos compromisos están íntimamente relacionados con el bienestar de su paciente y con el concepto que se tenga del deber profesional. Cuánta razón tenía el médico humanista argentino Osvaldo Loudet al afirmar que quien no tiene capacidad para desvivirse por otro, más allá del estricto deber, no merece ser médico ni merece ser hombre. A lo anterior yo agregaría que sólo cuando entendamos que esa es nuestra gran misión, podremos reclamar nuestros derechos.

Repito lo que dije en mi último escrito: la huelga de los médicos es un imposible moral, ético, no obstante que las condiciones actuales del ejercicio de la profesión nos hayan colocado en situaciones laborales similares a las de cualquier trabajador. No puede olvidarse que utilizar los enfermos como medio de chantaje para asegurar el éxito de las demandas, riñe con elementales sentimientos humanitarios, con el derecho de gentes.

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