¿No hay nada que hacer?

¿No hay nada que hacer?

Una de las preguntas que se suele hacer la humanidad cada cierto tiempo es aquella de qué les vamos a decir a nuestros hijos o a nuestros nietos. Y esta pregunta surge por lo general tras grandes escándalos. A nivel local, por ejemplo, después de descubrir los niveles de corrupción y permisividad en la política y conscientes de lo poco o nada que podemos hacer para enfrentarla, la respuesta sería: pues nada.

15 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Por estos días –y suele ocurrir cada cierto tiempo–, la humanidad se ve enfrentada al gravísimo hecho del calentamiento global y renacen los golpes de pecho, las preguntas por el qué podemos hacer y la famosa y reiterada de qué les vamos a decir a nuestros nietos. Pregunta esta última perfectamente retórica, pues todos sabemos que en calidad de nietos los niños no tienen ni cómo ni por qué responsabilizar individualmente a sus abuelos de los problemas del globo terráqueo.

Como en el caso de las separatas dedicadas a la salud, en las que unas veces leemos que el café (o el vino o qué sé yo) es malo y las razones de ello, semanas más tarde podremos leer lo buenos que pueden ser el café o unas copitas de vino, recomendaciones quizá financiadas o sugeridas por los cafeteros o la industria vinícola. De todo ello no queda sino una gran confusión.

De manera similar, la información que recibimos sobre el calentamiento global varía enormemente según el experto que analice la información que se tiene. Por un lado, leemos los más apocalípticos vaticinios, que hablan de una humanidad suicida, y por otro, quienes ven solo exageraciones en tales afirmaciones (probablemente se trata de expertos contratados por la industria petrolera o automotriz). Una vez más: confusión y confusión.

Y, bueno, volvamos a las tradicionales preguntas que aparecen en estas circunstancias. ¿Qué puedo hacer yo para disminuir los desastrosos efectos del calentamiento global? En mi concepto, nada. O por lo menos nada distinto de señalar reiteradamente a los verdaderos responsables. Desafortunadamente, la solución está en manos de los poderosos y su poder proviene precisamente de la aceleración de los desastres naturales.

Sin embargo, a la humanidad le fascinan los mea culpas, le encanta asumir individualmente la responsabilidad del fenómeno. Evidentemente, algo le corresponde a cada cual, pero ese granito de arena es poco o nada lo que puede contribuir a un cambio real del proceso de deterioro del planeta Tierra. Y, de tal manera, sin coger la sartén por el mango, nos dedicamos a buscar la propia culpa.

Es similar al caso de las basuras en los países desarrollados. El ciudadano responsable separa los diferentes desechos disciplinadamente (orgánicos, reciclables, contaminantes etc.), convencido de que ha colaborado en algo a la descontaminación general del mundo y nunca se entera de que su ejercicio fue en vano. Lo que él separó, tarde o temprano, volverá a ser reunido, metido en un container y transportado y botado en algún país pobre de la lejana África.

Permítaseme ser escéptico en cuanto a los resultados de las medidas que se proponen a nivel individual para desacelerar el proceso del calentamiento global y considero que solo sirven para aliviar la culpa. Leo en la revista Semana algunas sugerencias, tales como apagar los electrodomésticos cuando no están en uso, utilizar menos agua caliente y otras recomendaciones del mismo tenor, que podrían ser útiles pero no definitivas. Sin embargo, hay una en la que sí veo posibilidades. Dice: “Exija a sus gobernantes que asuman políticas contra el calentamiento global”. Así como creo en la legalización de las drogas para acabar con el narcotráfico y sus secuelas de violencia y corrupción, también pienso, utópicamente, que la única manera de ‘enfriar’ el calentamiento global sería con la ilegalización paulatina de las emisiones de dióxido de carbono.

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