La banca de segundo piso

La banca de segundo piso

En la intervención de despedida en el foro de Anif - Fedesarrollo, el Ministro de Hacienda, entre los varios temas que tocó, dentro de su idea de que al país hay que cambiarle la sintonía, pues las cosas han cambiado de un tiempo para acá, se refirió a la necesidad de revisar la viabilidad de la banca de segundo piso como mecanismo de canalización de crédito para ciertos y determinados sectores. Palabra más, palabra menos, dijo que este tipo de entidades no se justifica a estas alturas de la vida porque con la disminución de las tasas de interés ya no caben varios agentes compitiendo dentro márgenes tan estrechos. Quizás, señaló, cuando las diferencias eran de quince o veinte puntos la situación era relativamente tolerable.

14 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Aunque el análisis técnico parecería darle la razón al funcionario, es evidente que la cuestión amerita un estudio más profundo, en particular en lo que toca con el caso del sector agropecuario, puesto que la situación no es sólo de tasas de interés o de márgenes, sino de acceso al crédito y de manejo de la política sectorial que, como quedó demostrado, debe ser activa.

Atrás quedó la idea que la política macroeconómica es suficiente para garantizar el desarrollo sectorial.

No es por terquedad o por el deseo de sostener a ultranza una posición de corte agrarista lo que me obliga a llamar la atención sobre este delicado tema. Tampoco el hecho de haber sido el gestor de la creación de Finagro.

Las razones que tengo para defender la idea que el Fondo especializado en crédito agropecuario debe mantener su vigencia institucional, no sólo son de orden técnico, sino prácticas. Veamos sucintamente algunas.

Por las especiales características que tiene el sector, para corregir los sesgos que suelen presentarse en su contra, no es suficiente la adecuación de la propia política macroeconómica, sino que se hace necesario desarrollar una política sectorial que facilite el crecimiento. En consecuencia, para la planeación de esta política, es indispensable disponer de un sistema de crédito agropecuario que aglutine los esfuerzos, se rija por los mismos derroteros, consolide recursos, responda a una misma orientación, se ubique en la misma órbita especializada, única capaz de conocer a cabalidad los requerimientos de los diferentes renglones financiables, permita señalar derroteros congruentes con una acción que mire el problema de la producción y no exclusivamente las necesidades de los flujos monetarios.

Aunque muchos no lo crean, las personas o entidades que hacen el trabajo de prestar dinero a los productores agrícolas, deben tener en cuenta las condiciones especiales de la actividad para determinar la extensión de los plazos, el tipo de garantías, la posibilidad de modificar los términos de los contratos. En síntesis, de ninguna manera es lo mismo prestarle a un usuario localizado en la zona urbana, bajo condiciones propias de ella, que a un agricultor o a un campesino, sometido a las vicisitudes y los problemas del campo; porque, no nos olvidemos, la agricultura está expuesta a contingencias tales como inundaciones, sequías, ciclones, heladas, etc.

Pero, algo más; en este sector predominan en número las pequeñas unidades de producción individual, en las cuales muchas veces se confunden el hogar y la propia finca.

No obstante que sabemos que en ciertos círculos la existencia de la inversión obligatoria no es bien vista, firmemente creo que en Colombia se justifica su permanencia, no sólo por la apropiación del impuesto inflacionario, sino por los problemas relacionados con la medición del riesgo. Por desgracia para nuestros intereses, los elevados costos de transacción que representan la inseguridad y la subversión, se constituye en barrera casi infranqueable para la canalización de fondos del ahorro nacional hacia la agricultura. Cambiar el esquema operante sería un error costosísimo.

Atrás quedó la idea que la política macroeconómica es suficiente para garantizar el desarrollo sectorial”.

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