Las palabras

Las palabras

El M-19 existió. Ya no existe. Hizo cosas atroces. Es verdad. Era la guerra. También representó una ilusión para muchos. Su existencia la signaron por igual la abyección y la promesa. Sobre todo en sus albores, el M-19 tocó fibras de la sociedad hasta entonces adormecidas. Que nadie quería ver. Era, a su modo, una guerrilla intelectual. Formada en letras e historia. En ciencias y política. El M-19 representó un anverso que hemos mantenido oculto durante generaciones.

13 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Es curioso que la gente tenga más en la cabeza el desastre y el horror del Palacio de Justicia, que al Comandante Pizarro envolviendo su arma en la bandera nacional para reconocer que por la violencia no se llegaba a ninguna parte. No es cortés recordarles a los que dejaron las armas hace veinte años sus muertes. Ni justo. Ni prudente. Menos si uno es Presidente de la República. Porque muchos de ellos también murieron. Sobre todo después de haberlas dejado. Y ahora sobreviven dignamente en medio de las amenazas.

Haciendo política. Intentando cambiar el rumbo de la sociedad hacia otra dirección, que puede no gustarle o convencer a muchos, pero que nadie podría negar que lo estén haciendo de la manera correcta.

Mirar hacia el pasado de esa forma, atiza odios. Sobre todo si el regreso a la vida civil de esos ex combatientes fue fruto de un proceso de paz que el país en su momento avaló. Pero hay algo peor: volver al pasado de esa manera separa a los vivos desde los muertos. Y es al revés. Si hay algo que nos pueda unir, son los muertos que hemos matado. Recuerdo, hace unos años, en apoyo de lo anterior, cómo las madres de guerrilleros muertos se unieron con las madres de militares y policías muertos y políticos asesinados. Ignoro si aún existe tal asociación, pero se trataba de un ejemplo especialmente significativo. El dolor, como experiencia humana, paraliza a todos por igual, y de alguna manera, señala un camino común. El dolor, aunque parezca una extraña paradoja, humaniza las conciencias. Y las humaniza porque la conciencia del dolor aprende del propio dolor, y aprende que otro mundo es posible. Un mundo con experiencias dolorosas por supuesto, pero sin dolor.

Sin el dolor de los muertos a manos de los vivos, y los muertos que siguen persiguiendo a los vivos para matarlos. Esa experiencia se puede evitar. Y se puede evitar en la medida en que ya la conocemos. Conocemos su rostro. No importa el idioma que hable. No importa si la mujer o el hombre que lloran son palestinos o judíos, del magdalena medio colombiano, o de los suburbios de Bagdad o Dublín. Llanto es llanto. Carencia es siempre carencia.

Que se piensen bien las palabras que se dicen entonces. Para que, como recordaba el poeta, no sigan heridas de muerte, las palabras.

Educador .

"El dolor, como experiencia humana, paraliza a todos por igual, y de alguna manera, señala un camino común”.

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