21 años para el reencuentro

21 años para el reencuentro

Por primera vez en sus 21 años de vida, Sanna Gunnarson sintió que su piel trigueña y sus grandes ojos negros, que reflejan el trópico, no eran diferentes a los del mundo entero.

13 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Así lo sintió hace unos días, cuando caminó por las calles destapadas del barrio Montebello, en el norte de Cali, donde por fin encontraría la respuesta a su eterna duda: “¿Por qué me entregaron en adopción?”.

Todos los años, decenas de colombianos adoptados por parejas extranjeras llegan al país a descubrir sus raíces. Unos tienen la valentía de buscar a sus padres, otros solo quieren conocer su país y algunos se conforman con hablar con un allegado de su familia, debido a que no hay rastro de ella.

Son miles los que salen cada año al extranjero. En el 2006, por ejemplo, 1.709 niños se fueron del país y unas 2.700 familias de afuera hacen fila para adoptar, según el Instituto de Bienestar Familiar.

Sanna tardó un año para preparar su viaje a Colombia. Buscó la agencia Adoption Centrum, en Suecia, que sirvió de intermediaria con el Icbf en su adopción, con el fin de que localizaran a sus familiares en Cali. Con ella, había 19 colombianos que pedían lo mismo. El esperado encuentro, sin embargo, dependía de que la familia biológica estuviera dispuesta a ver a su hijo pródigo.

Sanna no perdió la esperanza de conocer sus raíces, a pesar de que nunca supo nada de sus padres y no tuvo una llamada. De Colombia, solo tenía un álbum de fotos que le había entregado su madre adoptiva, Ninna, cuando estaba en la adolescencia.

Hace cinco meses sonó el teléfono en el hogar de los Polindara, una humilde familia de origen campesino y caucano. Nicanor, el abuelo, contestó. La voz al otro lado preguntó por Luz Mila, su hija, quien alcanzó a tener seis hijos con diferentes compañeros, todos fallecidos.

Luz Mila murió hacía seis años por un cáncer de seno. A pesar de que los Polindara siempre fueron muy unidos, ella fue la más independiente y no permanecía en contacto.

Liliana, su hermana, se enteró de que Sanna o María de los Ángeles Varela, como algún día se llamó, había sido entregada en adopción. “Nos vimos, me contó que lo hizo porque estaba muy enferma y me mostró una foto de la niña.

Nos pusimos a llorar. Le decía que cualquiera de nosotros la hubiera podido cuidar”, dice Liliana.

Ella salió corriendo para el Icbf, pero no había nada que hacer. Tanto para Liliana como para los abuelos de Sanna, la existencia de la niña quedó en un triste secreto.

El reencuentro Nicanor se alegró de haber escuchado de parte de una funcionaria del Icbf que María de los Ángeles había aparecido. “Pensé que nunca la íbamos a conocer”, dice.

A partir de ese momento se reunió la familia, integrada por 60 personas, para darle la bienvenida a su estilo: adornaron la casa, de ladrillo con piso de cemento, con un arco de bombas y un letrero inmenso. También, le prepararon asado, yuca, papa y chimichurri y pidieron prestada una filmadora.

El día llegó y Sanna, auxiliar de enfermería en Suecia, apareció en la casa de los Polindara con su madre adoptiva. “Es igual a Luz Mila”, fue lo primero que se rumoró cuando entró. De inmediato, niños y adultos se abalanzaron sobre ella. Todos lloraron.

Durante cuatro horas no se habló mucho, pues las pocas palabras que salían de Sanna debían ser traducidas y el bullicio parecía desencajar la humilde casa de los Polindara.

Ella, que parecía otra caleña más, preguntó con señas sobre su madre, de la que sabía que estaba muerta antes de viajar. Lo que le entregaron fueron dos fotos, una de ellas cuando estaba enferma.

Liliana, quien tiene una miscelania que se llama El Descanso, por lo que queda al terminar una loma, la va a rebautizar con el nombre de su sobrina.

Sanna regresó a su casa, después de haber hecho la promesa de volver. “Tuve una comprensión más profunda de las circunstancias que influyeron en mi adopción”, dice Sanna

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