Otra vez César Rincón

Otra vez César Rincón

En la corrida de Agualuna del domingo hubo un toro hecho y derecho: el cuarto (bis), que salió como sobrero. Con cuajo y cara, rizado de morrillo. Un manso con sentido, que siempre buscó el cuerpo y en un derrote traicionero echó a César Rincón a rodar por la arena para evitar la cornada. Estuvo a punto de pegársela de nuevo poco después, en una persecución desordenada tras un pinchazo desconfiadísimo. Rincón lo mató como pudo.

13 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Bueno, hubo otro más: el primero de Rincón (segundo de la tarde, porque Francisco Rivera confirmaba su alternativa en Bogotá). Un toro hecho, ofensivo de pitones, distraído y cobardón (como toda la corrida), pero que empujó en la pelea con el caballo, derribándolo estrepitosamente en medio de una buena vara de Luis Viloria. “¡Malo picador!”, gritó un espectador despistado desde lo alto del tendido.

Era un toro descompuesto. ¿Qué le vio Rincón de bueno para brindárselo al público? Se vio a sí mismo capaz de hacer con él lo que quisiera. Le hizo pasar dos veces la embestida descompuesta, aferrado a las tablas, y sin dejar de torear hizo un cambio de mano para seguir por naturales, uno a uno, de suave temple. De férreo temple. Aguantando en el cite las miradas y los parones del toro, y mandando luego sobre su embestida con la segura firmeza de quien sabe lo que está haciendo y lo que quiere hacer. En el temple está el mando, y el temple está, antes que en la muñeca, en la cabeza del torero.

El toro, que no quería porque era manso, y hubiera preferido ir a esconderse en las tablas como todos sus hermanos, tuvo que obedecer, y a la tercera tanda ya pudo el torero darse el lujo de ligar los pases y de bajar cada vez más la mano, obligando a humillar al toro cuellicorto. Solo una tanda inició con la mano derecha, y ante el hachazo del toro invirtió el cite y la muleta para seguir toreando por el pitón izquierdo, sin perder la compostura.

Mató de una estocada caída: si no lo hubiera toreado tan bien, con tan limpio y calculado temple, con tanta profundidad en el desarrollo de cada tanda, a esa estocada habría que llamarla bajonazo. "Cayó mal el estoque", se dice en estos casos. A pesar de lo cual, y de los descabellos, el maestro Rincón cortó una oreja. De maestro.

Del resto de la corrida no mucho que decir. En general fue una mansada con peligro, incluyendo a ese segundo que solo la maestría soberbia de Rincón hizo ver bueno, y con la salvedad del primero, el de la confirmación de Rivera Ordóñez, el cual no estuvo a la altura del toro. Varios salieron feos y bastos de hechuras, cuellicortos todos (¡y eso viene de Zalduendo!), y anovillados de presencia (con excepción, ya dije, del lote que le tocó a Rincón). Fueron bonitos y bien hechos, aunque terciados ambos, el primero y el sexto, castaño renegrido el uno, colorado el otro, y tan reluciente que parecía que lo hubieran embadurnado de aceite, como a los gladiadores romanos en el cine.

El joven Ramsés, que se llevó el peor lote, no pudo hacer casi nada: ni en su porfía al rajadísimo tercero, que huía siempre, y al que mató muy bien; ni en su plantarle cara al inconcreto sexto, que se paró muy pronto. Rivera Ordóñez estuvo hábil y tramposillo en el primero, al que dejó ir con las orejas puestas (fue el único aplaudido en el arrastre). Y fachendoso en el quinto. En este puso banderillas, haciendo gala de su buen estado atlético, pero sin más. Clavó al violín el tercer par, con una mano y por encima del hombro. De los tres pares al violín que hemos visto en esta temporada de la Santamaría por parte de los toreros banderilleros (Rivera este domingo, y el ‘Fandi’ hace dos, y Vargas en la primera corrida de enero), el mejor ha sido sin duda el que, andando y no corriendo, dejó puesto Sebastián Vargas en lo alto del morrillo de un toro de Achury Viejo.

Pero las comparaciones son odiosas.

''El joven Ramsés se llevó el peor lote. No pudo hacer nada. Rivera Ordóñez estuvo hábil y tramposillo en el primero.”

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