Rincón, en faena de maestro

Rincón, en faena de maestro

Todo estaba listo para una gran tarde de toros. Un sol esplendoroso, no tan picante, y la plaza llena hasta el balcón. La fiesta estaba de un cacho.

12 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Pero falló la orquesta. O sea, los toros. Los de Agualuna, desiguales en presentación, un par novillones, fueron mansos. Solo traían la misión de pelear en los caballos y acularse a tablas. Embestir con casta no estaba en el pentagrama. Dos sirvieron.

Pero un buen aficionado pagaría la entrada solo por ver una faena como la que hizo Rincón. Faena de maestro a un toro negro, veleto, cara alta, bronco y que a veces buscaba las zapatillas, picado magistralmente por Luis Viloria, antes de un tumbo.

Después de un buen par de ‘Chircuto’, Rincón, brindó su faena al público y comenzó agarrado de las tablas, dejando que el toro le roncara en el pecho, para sacarlo a los medios. Hachazo viene, tornillazo va. Mar picado. Rincón se dio una vueltica y volvió con la vara de Moisés. En un trincherazo con la izquierda lo descubrió. Como los disfraces de los cómicos, por ese pintón había otro toro. Y el maestro, después de aguantar un par de veces, le comenzó a cuajar unas tandas de naturales hondos, con la mano baja, con temple, rematando con preciosos y toreros trincherazos. Una y otra, cada vez más bajitos los pases, en redondo inclusive. Los molinetes, que eran un autógrafo, tenían arte, porque eran despacio. Había sometido a un toro enrazado y bronco. Y la plaza loca. Lástima que la espada quedó caída y ahí se desprendió una oreja. Pero se llevó la otra. La vuelta fue apoteósica.

El segundo le fue cambiado irreglamentariamente, ya picado y con un par de banderillas en el cuero. Era flojo de remos, pero entonces un día van a tener que llevar otros seis de reserva. Y salió el sobrero. Mirón, con mucho sentido. Rincón intentó y hasta resultó revolcado. Tratar de hacer faena era suicida e inútil. Para matarlo pasó angustias, pues el toro esperaba como en calle oscura. Al fin...

Solo palmas Rivera Ordóñez toreó con una muleta grande y abusando del pico. Pero, como dice una ranchera, “a pesar de la enorme distancia”, el graderío le aplaudió las series sobre la diestra a media altura. Mató bien. Palmas al toro y dio la vuelta al ruedo. En el otro, quiso echar la tarde arriba. Pegó tres largas cambiadas y puso tres pares de banderillas, uno al violín, casi en el cuello del toro. Nada más. Claro, el toro era rajado.

Ramsés Ruiz, a su primero no le podía dejar ver las tablas porque tomaba las de Villas Diego. Era un manso perdido. Lo mató de un estocadón. El sexto, que se llamaba festivo, fue apagado. Apenas se dejó pegar una tanditas por derecha, no muy ligadas. Mató de media y estocada entera.

Hernando Franco puso el par de la tarde. Y ‘El Piña’, oportuno con el capote.

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