Los alemanes orinan sentados

Los alemanes orinan sentados

Alguna vez leí en la revista Selecciones que en un aeropuerto francés habían solucionado el problema de los retretes salpicados de meados masculinos, instalando orinales que, de fábrica, traían impresa en el fondo la imagen de un colorido mosquito. De esa forma, los hombres se entretenían apuntándole a la figurita y no al piso. O al borde de la taza. Por eso, cuando supe que en el pasado Mundial de Alemania, en los sanitarios del estadio Arena de Allianz, de Munich, en lugar de mosquitos había una cancha de fútbol, imaginé a los machitos cantando su gol en diferentes lenguas. Y, de paso, dejando impecable todo a su alrededor. ¡Eureka!

12 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Cuenta Daniel Samper Pizano que en España acaban de inventar el ‘Uribell’, un adminículo que no por ahí, sino por delante, algunas mujeres adaptan para orinar en baños públicos. Asumo que esa especie de servilleta en forma de cono es un mecanismo de defensa para esquivar las salpicaduras del ‘agüita amarilla’ ajena. De allí la envidia femenina de Paola Turbay por ese falso privilegio masculino de orinar de pie. Si trasladamos esa situación a los hogares y emprendemos una campaña para que el hombre orine sentado, ¿cuántos enfrentamientos se evitarían entre las parejas?, ¿cuánto jabón se ahorraría y cuántos ‘Uribell’ serían desechados? ¡Cuánto dinero! Antes del pasado Mundial, ya las autoridades sanitarias alemanas habían adoptado la medida de ubicar en los baños públicos un adhesivo que invitaba a los hombres a orinar sentados. La iniciativa fue reforzada a finales del 2004 con ‘Spuk’ (‘embrujo’), un fantasmita plástico ubicado debajo del asiento del inodoro. Al intentar levantar el mueble de la taza, una voz invita a los hombres a sentarse, so pena de una sanción, que no imagino cómo podría aplicarse.

En serio, ¿por qué el hombre no puede orinar sentado sin ser considerado una ‘mujercita’? Jamás olvidaré aquel día en que el canal de televisión argentino T&C Sports le preguntó al entonces técnico de Ecuador, Hernán Darío ‘Bolillo’ Gómez, si era verdad que él orinaba sentado. Recuerdo que, con su desparpajado estilo, el hombre confesó que sí. Y que, a través de ese acto, manifestaba respeto por su esposa. Con esa declaración, el ‘Bolillo’ estaba derrumbando el mito del machismo paisa. Le gritaba al mundo que él –un hombre de fútbol– no dejaba de serlo por el hecho de sentarse en el trono y hacer ‘pipí’ sin poner en riesgo su condición viril.

Entonces entendí que la masculinidad no es un hecho biológico, sino una construcción ideológica. Igual que no orinar sentado, para el hombre parecería estar vedado llorar, maquillarse o sentir lo que siente una mujer.

¿Qué le impide, por ejemplo, hacer oficios hogareños o asumir el papel de amo de casa mientras ella provee ingresos? (En Argentina ya hay una asociación de amos de casa.) Está demostrado que en el vientre materno –y aún sin definir su sexo– el feto asume la identidad femenina primaria. Después de nacer, lo que viene es una lucha tenaz por adquirir la condición masculina. Y, según la sicóloga francesa Elisabeth Badinter, esa lucha hace al hombre más hostil y hasta violento, solo por no ser mujer. “¡Demostrame que sos hombre!”, suelen gritarse entre ellos. Los odios conyugales se cocinan entre las parejas cuando salen a flote detalles como el rechazo a limpiar el baño después de usarlo. O al menos dejar el ‘bizcocho’ limpio. Esas obligaciones biológicas y ‘moralistas’ que impone el rol masculino para no orinar sentado llevarán al hombre a morir de pie reclamando la sensibilidad perdida.

vozvomun@yahoo.com

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