La lista de inútiles

La lista de inútiles

Los padres de familia que tienen a sus hijos en colegios del Calendario A están terminando de llenar las canastadas de los llamados ‘útiles escolares’, cuya compra en las ferias ídem es una verdadera orgía. También este año flotaron los argumentos recurrentes: el golpe dado a un presupuesto familiar lacerado, la carencia de sentido práctico de tanto adminículo, la duda sobre su uso real y la sospecha de extravío en una especie de fondo misterioso, y el transporte en morrales voluminosos e insanos, que recuerdan la forma inclemente cómo Zeus obligó a Atlas a cargar la bóveda celeste.

09 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Por más justa y sensata que sea la reflexión de los ‘útiles’, la masa del problema es la validez de la educación actual. Daniel Samper Pizano planteaba si en vez de un año lectivo no iríamos a iniciar otro período de matoneo, tal la violencia que azota a los planteles. Muchos lectores le respondieron que siempre ha sido así, que así es en todo el mundo y que afortunadamente no vivimos en los Estados Unidos, porque allá sí que se dan plomo. No sé si lo mismo podrían decir de la situación sexual de las colegialas, que a juzgar por los recientes informes sobre embarazo adolescente e ignorancia sobre la vida reproductiva y preservativa, es un verdadero desorden y no un simple fenómeno de moda y efusividad hormonal.

Habrá quien diga a ese respecto, que dichosamente no vivimos en España… El editorialista de PORTAFOLIO reflexionaba acerca de la forma como se ha marchitado el interés por ir a la universidad. Ir a aprender, por supuesto, porque cada vez es más evidente el gusto por ir a levantarse una nena, a beber en el círculo de antros y bares que rodean varias instituciones de educación superior y a cumplir a la ligera con programas educativos que gradúan en masa, que ‘doctorizan’ a chorros. Personas ‘formadas’ en esas condiciones para asumir los retos de esta patria contrariada, tienen garantizado un destino mediocre que se perpetúa con infamia en sus trabajos y en sus vidas. Y en un país del futuro igualito en injusticia al que hoy nos agobia.

La pereza de ir a la universidad es una extensión de la flojera de ir al colegio -repito, a estudiar, a entender el maravilloso e inagotable mundo del conocimiento, a cimentar el poder de la iniciativa para pensar, sintetizar e innovar-, que lastra el espíritu de niños y jóvenes. La llamada ‘socialización’ ha acaparado todos los espacios y tiempos de los alumnos, tiranos evidentes de una generación de padres culposos que han abdicado el ejercicio sano de la autoridad por el hueco prurito de la felicidad omnívora, y a quienes el empeño de horas para pagar un nivel de vida los ha condenado a la dádiva de segundos para compartir con sus hijos.

Para muchos alumnos ir al colegio no constituye un reto para el pensamiento.

¡Qué pereza! Mientras ellos acuden imbuidos de un mundo digital y dinámico, y con una hiriente incertidumbre de patria y de porvenir, la gimnasia intelectual que les propone el plantel pertenece al maquillaje de la memorización, de la repetición, un sendero de trucos en el que nadie pierde nada. En ese contexto tiene sentido la decisión de una familia que prefirió educar a sus hijos en la casa, antes que entregarlos a los leones de la molicie y el pensamiento maquinal.

La maravilla que representa Internet se ha convertido en un aliado torvo. El método de copy -paste humilla la inteligencia y propaga una cultura perniciosa. Agreguemos a eso lo deficiente que puede ser la institución del colegio como generadora de trabajo en equipo, propulsora de espacios de cooperación y fraternidad y no de canibalismo -¿qué tal el ejemplo de la selección Sub 20 de fútbol?-, ágora para identificar la responsabilidad personal en la generación de soluciones en un país que no va a cambiar por arte de magia. Ah, ¿y además tengo que comprometerme a salvar el mundo del calentamiento global? ¡Qué pereza! .

Periodista .

"La maravilla que representa Internet se ha convertido en un aliado torvo”.

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