Del caballo de Troya al ‘extremo centro’

Del caballo de Troya al ‘extremo centro’

Han pasado 42 años y 9 meses desde el día en que Enrique Santos Calderón, entonces un muchacho de la izquierdista radical, alumno de filosofía en la Universidad de los Andes, se instaló en el tercer piso de la sede del diario EL TIEMPO, en el centro de Bogotá, bajo un cuadro de Carlos Marx que él mismo colgó en la oficina que compartía con Daniel Samper.

09 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

En aquellas épocas, la izquierda señalaba al rotativo de los Santos como sostén incondicional del Establecimiento. Así que el lugar resultaba demasiado sospechoso a pesar de que Samper había elegido la imagen protectora de Jesús y de que Luis Carlos Galán, quien completó la tripleta poco después, ancló un retrato del general Uribe Uribe, recuerda Santos.

Los tres muchachos hacían los turnos nocturnos de la redacción. Pero, sobre todo, discutían acerca de los problemas del país y jugaban fútbol en la biblioteca con balones de papel.

Enrique tenía 19 años. EL TIEMPO, lo reconoció el mismo Enrique años después en alguna de sus columnas, era un balcón privilegiado hacia la convulsionada realidad colombiana de los años 60.

Las contradicciones, sin embargo, no tardaron en aparecer. Esa realidad de marchas obreras, huelgas estudiantiles y consignas incendiarias concebidas al calor de la revolución cubana, no se reflejaba en las páginas del periódico.

Con Samper, decidieron entonces ponerle fin a semejante oprobio y crearon la Página Universitaria. Las sospechas aumentaron.

“En Colombia, país teóricamente demócrata, ¿se puede hablar de igualdad de oportunidades, cuando a más del 35 por ciento de su población no se le ha enseñado a leer y escribir?”, redactó con vehemencia Enrique Santos Calderón en un reportaje de la época.

Enrique Santos y Daniel Samper se mezclaron en la calle con la izquierda revolucionaria y entrevistaron a los principales dirigentes de las revueltas. Hasta que los directivos del periódico, y sobre todo su padre, don Enrique Santos Castillo, ya no aguantaron más.

Ahora, sentado en la oficina de codirector de EL TIEMPO, recuerda que aquel experimento terminó cuando Armando Correa, el máximo líder estudiantil de la época, se fue para las montañas, poco después de aparecer con gran despliegue en la Página Universitaria.

“Es un caballo de Troya del comunismo metido dentro de EL TIEMPO”, dijeron las directivas.

Para entonces, Enrique Santos había absorbido dos experiencias que, admite, le marcaron la vida: su contacto con Álvaro Cepeda Samudio, a quien describe como un ser arrollador, desmesurado y mamador de gallo, y las tertulias donde su tío Hernando, a las que, cuenta en una de sus columnas, acudían desde intelectuales y generales pensantes hasta pintores marihuanos y escultoras locas.

Quizá en esos años fermentó la acidez de algunos de sus comentarios actuales y el ímpetu volcánico con el que irrumpe en la sala de redacción a reclamar por algún texto del que esperaba un enfoque más creativo, una argumentación más sólida, una investigación más rigurosa, un título menos ‘críptico’ o una redacción más cuidadosa. Incluso, hasta una foto o un pie de foto de mejor calidad.

Todos los egos que transitan por la Redacción de EL TIEMPO saben que ante una embestida periodística de ‘Enrsan’, es mejor buscar burladero para no salir maltrechos. En cambio, sonríe con complicidad y levanta las cejas o el dedo pulgar cuando el periódico se anota un gol.

Después de terminar la carrera de filosofía en los Andes, Enrique Santos se especializó en Ciencias Políticas en la Universidad de Munich. Regresó a finales de los 60, más izquierdista que antes. Y con más argumentos.

Comenzó a escribir ‘Contraesacape’ y luego, en el 74, fundó la revista Alternativa, junto con un grupo de intelectuales entre los que se encontraba García Márquez. Desde esa trinchera disparaban escritos de grueso calibre contra el régimen, rodeados de líderes campesinos, indígenas, obreros y estudiantiles.

“Esos años me dieron un conocimiento muy directo de lo que era todo el movimiento revolucionario colombiano, de todas sus vertientes, de lo que era el incipiente movimiento armado guerrillero, del Eln, el Epl, las Farc. En qué se parecían, en qué se diferenciaban, cuáles eran las contradicciones del movimiento sindical… ” Ese conocimiento, y el de los años posteriores, encaminó sus pasos en otra dirección. Hasta que 14 años después, en una columna de 1990, agitó su ya –para esa época– veterana militancia en lo que denominó “el extremo centro”.

Y enarboló sus razones: “Por repugnancia instintiva a lo que he conocido como derecha: gente insulsa e insensible, por lo general demasiado rica y a veces violenta. Pero también por haber recorrido el canibalismo de la izquierda criolla. Y sobre todo por haber conocido en repetidas ocasiones tantos modelos socialistas internacionales: Cuba, URSS, Checoeslovaquia, RDA y otros paraísos del proletariado”.

Despojado del cristal izquierdista, Enrique Santos comenzó a ver otro país.

Y a gozárselo en rumbas monumentales como en el festival vallenato. Y lo ha hecho con tanta enjundia que pareciera que los acordeoneros de Valledupar han desplazado de sus afectos a los cuatro de Liverpool.

Desde “el extremo centro”, Enrique Santos había venido fortaleciendo su ‘Contraescape’ hasta ser considerado el columnista más influyente del país.

No solo en temas políticos, sino en ver un país que se modernizó, incrustado en una economía global y con líderes a quienes les reclama que moderen el lenguaje a pesar del conflicto.

“¿Cuál país para los hijos?”, se pregunta el columnista en 1987. Y agrega.

“Queda siempre la esperanza de que ellos sepan superar nuestras torpezas.

Que se nieguen a perpetuar esta nefasta tradición, que aprendan a respetar la vida por encima de ideologías y odios heredados. Tendrán que aprenderlo por su cuenta, pues no es ciertamente lo que les estamos enseñando”.

De ‘Contraescape’ se despidió públicamente cuando asumió la codirección de EL TIEMPO, junto con su primo Rafael Santos.

Ya sin la tutela de Marx en su oficina, Enrique Santos reconoce que aunque se han superado atrasos como las altas tasas de analfabetismo, el país sigue teniendo “unos problemas profundos de tipo social, de tipo cultural, de tipo político… de violencia”.

Y, desde “el extremo centro”, piensa igual que hace 40 años sobre el papel que debe jugar el periodismo. ¿Cuál?: “El que está jugando. El que debe jugar; que es estar interpretando de una manera independiente y crítica la realidad nacional. No tener ataduras ni complejos partidistas con nadie”.

Este punto, dice, es especialmente crítico para el periódico debido a la presencia de dos Santos en la cúpula del Estado. Por eso, agrega, el periódico debe hacer esfuerzos especiales para “demostrar nuestra independencia crítica frente al Gobierno”.

Está a punto de los 62 años. Sigue respirando periodismo puro. Tanto que su cumpleaños número 60 lo celebró en Vietnam para pagar una deuda con su pasado (“Aquí como en Vietnam, los yanquis perderán”, coreaban los estudiantes en sus años de Alternativa). Y de paso, escribió sobre ese país un extenso reportaje.

Por todo eso, y por la intensidad que ha marcado su trayectoria en el oficio, a Enrique Santos se le nota la emoción por el reconocimiento que le entrega esta noche el CPB a su Vida y Obra periodística.

Planea retirarse de la dirección del periódico dentro de algún tiempo (cuánto, es un misterio), pero no del periodismo. El ajetreo diario le resulta agobiante.

Cuando eso ocurra, revivirá una de las columnas más leídas del periodismo colombiano. “La resurrección de ‘Contraescape’ es algo que tengo allí dormido en el corazón”, dice. .

"La resurrección de ‘Contraescape’ es algo que tengo allí dormido en el corazón” Enrique Santos, codirector de EL TIEMPO

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