Todo, menos la verdad

Todo, menos la verdad

El presidente Uribe está imponiendo la agenda informativa desde comienzos del año. En sus consejos de los sábados pone a hablar sobre lo que él quiere, primero a los medios –que caen como guanábanas maduras– y luego a los opinadores, políticos, etc. El consejo es el sábado. Los domingos se replican las declaraciones presidenciales, los lunes son el tema del día en varios medios matutinos, en la noche se hacen las reacciones de diversos personajes, el martes se hacen sondeos y el miércoles, encuestas. El tema dura toda la semana sonando.

08 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Hace dos semanas el tema fue un juicio al Estado por desproteger regiones en gobiernos anteriores. Tema traqueado que ya se había planteado en muchas ocasiones. Se ventiló en la carta en la que miles de ganaderos reconocían su cooperación con los ‘paras’. Lo planteó Mancuso en su versión libre, cuando justificó las autodefensas por la ausencia del Estado en su región. Pero dicho por el Presidente es otra cosa. Y ese planteamiento hizo pisar la cáscara a todos. Luego fue el tema de acusar a Petro, sin mencionar su nombre, de terrorista vestido de civil, afirmación hecha con frialdad, reiterada al día siguiente, extendida el siguiente y ampliada en el siguiente.

No hay tal salida de chiros, ni ímpetus no pensados. Parece más bien un libreto bien armado que busca algo en la política actual y futura. ¿Qué es ese algo que quiere el Presidente al provocar estos incendios? Hay varias hipótesis. Se buscan dos cosas. Una evidente: cambiar de temas cuando hay hechos que comprometen a miembros de su coalición o aspectos espinosos de su gobierno. Quedó olvidada la firma de 26 uribistas del pacto de Ralito del 2001; quedó sumergido el hecho semanal de ‘parapolítica’; quedó oculta la declaración en prensa de Mancuso en la que reconoció un conejo monumental al proceso de los ‘paras’. Dijo, ni más ni menos, que hay ya 5.000 hombres paramilitares armados, bajo el mando de líderes de la mesa negociadora.

Cambiar de tema es un objetivo que se cumple.

También ha cumplido, a corto plazo, el propósito de erosionar el debate sobre paramilitarismo en Antioquia que anunció Petro, anticipándolo, destapando los testimonios, desvirtuando lo que se supone que es el núcleo del debate. Otro objetivo más de largo plazo es polarizar los campos entre propios y opuestos. Es rentable pues le permite al Presidente escoger de enemigo político a un ex guerrillero. No es este incendio, como lo han llamado los medios, producto de mentes calenturientas sino, por el contrario, hace parte de un libreto estudiado y calculado, que le ha funcionado al Gobierno en otras ocasiones y que ha reforzado la popularidad presidencial.

Pero no solo sirve a Uribe. Polarizar le sirve también al Polo, pues se muestra como la única oposición, como víctimas de la intransigencia oficial, como perseguidos. Galvaniza a sus partidarios y atrae a quienes no gustan del Presidente.

Ese es el nuevo tono del debate político. Esas, sus consecuencias. Queda como inquietud qué le pasa a la democracia. ¿Qué le pasa cuando el jefe de Estado acusa de terroristas a sus críticos, o cuando un jefe político pide un examen siquiátrico al primer mandatario o cuando se acusa a familiares del jefe de Estado con una investigación que tiene auto inhibitorio? ¿En qué queda la cultura política cuando los argumentos dejan de existir para dar paso a descalificaciones personales? A los únicos que no nos convienen estos incendios es a los liberales, pues ejercer una oposición mayoritaria, seria, razonada, crítica y documentada pasa a segundo plano. Si no entramos en la competencia de insultos, quedamos desdibujados. Estos debates buscan, más que verdad, posicionamiento político, convienen a ambos extremos, y el reto del liberalismo es hacer las críticas, ejercer la oposición y mostrar opciones por encima de los incendios verbales que dominan la agenda pública.

rafaelpardo@rafaelpardo.com

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