‘Qué pereza ir a la universidad...’

‘Qué pereza ir a la universidad...’

Lamentablemente la expresión que encabeza este escrito se escucha cada día que pasa con mayor frecuencia. Muchos estudiantes universitarios colombianos no están satisfechos con la formación que están recibiendo en los centros de educación superior del país, los que no se retiran concluyen sus estudios simplemente por cumplir con un requisito para conseguir un trabajo, no porque estén motivados a estudiar. Ese descontento es un reclamo que se escucha en todas las regiones, sin distingo de género, estrato socioeconómico o carrera. Obviamente hay excepciones, pero cada vez son más escasas. ¿Qué está pasando?

07 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Para responder la pregunta, nos atrevemos a formular tres hipótesis, con base en lo que captamos de primera mano en nuestros constantes diálogos con jóvenes universitarios. En primer término, vale la pena tener en cuenta que hoy en día, a diferencia de lo que sucedía por ejemplo hace una generación, los jóvenes tienen múltiples y muy atractivas alternativas de información y formación (miles y miles de excelentes portales en Internet, numerosos canales de televisión con excelente programación, libros muy interesantes, conferencias virtuales y presenciales con destacados expositores, etc.). Es decir, la ‘U’ tiene una fuerte competencia por el interés y el tiempo de los estudiantes. Competencia que si los directivos y profesores universitarios comprendieran y explotaran bien, podría ser más un gran aliado que un agresivo rival.

La segunda de las tres razones por las que pensamos que los jóvenes no van contentos a clases es porque los pensum de sus carreras no están bien diseñados. Las materias que los componen no han sido actualizadas, están desconectadas con asuntos de la vida real, tienen contenidos con frecuencia ‘ladrilludos’ (aburridos), están orientadas más a llenar de datos la cabeza del alumno -en vez de enseñarle a pensar sobre los temas que cubre, y no están bien integradas con el resto de las materias (con frecuencia hay duplicaciones o vacíos). Esto sucede porque no pocos directivos de las facultades están más pendientes de sus presupuestos, de la burocracia y de la política interna que de la calidad de sus programas.

El tercer motivo, a juicio nuestro el de mayor peso, tiene que ver con la calidad de los profesores. La mayoría no hace un esfuerzo especial por preparar bien sus clases, por escoger material de lectura que sea interesante (relevante, pertinente, estimulante), por darle buena y oportuna retroalimentación -individual- a sus estudiantes, por disponer de tiempo fuera de clases para atender las dudas y necesidades particulares de sus alumnos. Y son pocos los maestros que dictan sus clases con entusiasmo, con genuinos deseos de dejar huella profunda en los jóvenes, convencidos de la trascendencia de su delicada misión. Tristemente, muchos profesores se conforman con cumplir los requisitos mínimos, más interesados en un ingreso marginal por sus clases y en poder poner en sus hojas de vida que son profesores universitarios (cosa que les abre puertas para asesorar a empresas privadas o entidades públicas).

Otro aspecto que perjudica la experiencia universitaria es la lectura de fotocopias. Hay demasiado material que el estudiante debe absorber de fotocopias de difícil lectura. Es verdad que a muchos estudiantes se les dificulta la compra de costosos textos, pero no menos cierto es que se exagera el uso de la fotocopia (entre otras, ¿las universidades o los estudiantes cómo les reconocen a los autores sus derechos?). Es rara la ocasión en la que el alumno puede leer el material en un libro de su propiedad o en una buena biblioteca -que es la opción ideal para los estudiantes de menores recursos, pero que en la práctica no funciona porque la mayoría de las universidades no cuentan con bibliotecas apropiadas .

* * * * * Prendemos las alarmas sobre esta pérdida de interés en la formación universitaria porque creemos que es un asunto grave, con un potencial de daño que va más allá del causado en los años de estudio a nivel de pregrado y de posgrado. Porque un joven que no disfruta lo que puede y debe ser la maravillosa experiencia de aprender, será luego un adulto con poca o nula inclinación a actualizar, profundizar o ampliar sus conocimientos. Lo cual es muy nocivo para un país que como Colombia necesita mejorar sustancialmente la calidad y la cantidad de la educación de sus ciudadanos.

Tristemente son pocos los profesores que preparan bien sus clases y las dictan con entusiasmo, maestros conscientes de la trascendencia de su delicada misión”.

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