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GOBIERNO-OPOSICIÓN

GOBIERNO-OPOSICIÓN

Hace 25 años, cuando con muchos más calmábamos nuestra ansiedad en las numerosas escaleras de la Universidad de los Andes, ya nos impresionaba el discurso iluminado del maestro Cepeda: discurso polémico y provocativo, que a unos cautivaba y a otros colocaba a la defensiva. Desde esa época hemos escuchado, con las interrupciones normales de la vida, a Fernando Cepeda afirmar lo indispensable que resulta una buena oposición, para garantizar un buen gobierno. Cuando a Cepeda lo nombraron ministro de Gobierno, al iniciarse la administración Barco, el país lo escuchó todo. Su discurso enseña que la única manera de garantizar un gobierno sano y eficiente es si éste tiene permanentemente al aguijón de la oposición, acechándole sus andanzas y castigándole sus desvaríos.

Por razones históricas y de conveniencias personales, el ejercicio de la oposición está en desuso en nuestro país. Pocos la ejercen rigurosamente y casi nadie sistemáticamente. Los políticos y las figuras que por destellos relucen en los gremios, ejercen la oposición por raticos. A la larga es mucho mejor estar bien acomodado dentro del Gobierno. En una sociedad como la nuestra, este es algo así como el talego de Papá Noel o la olla de la piñata. Gracias a esta costumbre política hemos visto cómo la corrupción se enseñorea entre nosotros hasta extremos, unas veces ridículos y los más, trágicos.

Afortunadamente, los avances neoliberales de Gaviria le han dado un fundamento económico a la división política. Puesto que es muy distinto defender un Estado gigante, que interviene en múltiples rincones de la vida nacional, que protege discrecionalmente a unos sectores o actividades, que preserva las empresas del Estado, en fin, que utiliza la política macroeconómica al servicio de sus programas. A un proyecto político que busca entregarle la dirección de la oferta de bienes al mercado y el protagonismo en ella al sector privado. Que achica el Estado, para aligerarles su peso a los que producen, que propende a una macreoeconomía estable y sana para garantizar condiciones de producción e inversión óptimas; en fin, que se preocupa por multiplicar la productividad total de la economía para permitirnos obtener una participación creciente en el mercado mundial.

El país ya tuvo la oportunidad de conocer cómo es esto, por lo menos los principios de esto. Luego de décadas de proteccionismo e intervencionismo a ultranza, cuando le entregamos al Estado y por lo tanto al gobierno de turno, el poder rector sobre nuestro bienestar, vino un gobierno que empezó a cambiar el rumbo, comenzó a entregarle al mercado una buena responsabilidad en la planeación de la economía y al sector privado la elaboración de los bienes y servicios que demanda la sociedad.

Tenemos, así, dos concepciones diametralmente diferentes del papel del Estado, no sólo en la teoría, sino ya probadas en nuestra práctica nacional. Es de esperar que por fin vayamos a tener a unos en el gobierno y a otros en la oposición. Es por esto por lo que me alegra que el Gavirismo se defienda y el Samperismo también. Si la división liberal-conservadora no representa ya nada y no ha sido capaz de producir, en la práctica, un sistema político con gobierno y oposición; que se redefinan los partidos, de un lado los que defienden un Estado intervencionista y paternalista y del otro lado los que defienden una economía de mercado con un Estado fuerte pero pequeño.

Ojalá no pase como tantas veces, que ante el temor de que aparezcan la oposición o la división. los conciliadores se encarguen de acomodarlos nuevamente a todos, y así evitar que los unos critiquen y fiscalicen a los otros.

Dejo constancia de que hasta ahora no he hablado sobre cómo los mejores sí pueden cerrar la brecha y evitar en el futuro la permanente necesidad de saltos sociales.

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