ALEMANIA: UNIFICACIÓN APENAS COMIENZA

ALEMANIA: UNIFICACIÓN APENAS COMIENZA

Alemania, el país que se ha empeñado en uno de los experimentos más ambiciosos en materia de fusiones, al ensamblar en la totalidad de su territorio una empresa mitad capitalista con otra de corte planificado, elige en estos días los gobernantes de cuya actuación dependerá la consolidación de la Alemania unificada. En los cuatro años que lleva el proceso, que implicó la abosorción de cinco estados federados orientales por parte de los once existentes en la parte occidental y el nacimiento de 17 millones de nuevos ciudadanos con ánimos de copiar los hábitos de consumo capitalistas, es mucho lo que ha cambiado la otrora primera potencia industrial del mundo.

18 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

En 1991 la unificación se tradujo en una transferencia neta de recursos financieros de 216.000 millones de dólares de la parte occidental a la oriental, que en 1992 llegó a 234.000 millones y en 1993 a 282.000 millones.

Esta iniciativa costosa en términos fiscales se acompañó de un desmantelamiento progresivo y generalizado de las industrias orientales, que empujó la tasa de desempleo al 15 por ciento de la fuerza laboral.

Sin embargo, en forma simultánea, se extendió el amplio esquema de seguridad social a los alemanes del Este, con lo que el seguro de pensiones occidental transfirió sólo en 1993 23.100 millones de dólares hacia los nuevos estados federados.

De hecho, las pensiones orientales llegaron a representar en 1993 el 73 por ciento de las occidentales, cuando en los años previos a la unificación su nivel apenas si alcanzaba al 30 por ciento.

El efecto global de estos traslados no se hizo esperar, ya que en la pasada navidad el gasto público teutón occidental fue equivalente al 50 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

O visto de otra manera, el déficit de los presupuestos públicos se duplicó en el lapso de cuatro años que lleva la unión.

Privatizaciones Además del traslado del producto social, la reunificación apeló a la figura de la privatización como el mecanismo más efectivo para nivelar la productividad de las dos alemanias. Se trataba de compensar la transferencia de bienestar con un aumento de productividad en la parte Oriental, iniciativa que se quedó corta en sus objetivos.

En desarrollo del programa, la Agencia Fiduciaria, entidad responsable de las privatizaciones, le entregó al sector privado alemán 12.800 empresas orientales, a pesar de lo cual, el cronograma no se ejecutó en el 100 por ciento.

En el camino se liquidaron 3.000 industrias cuya improductividad no tenía reverso y otras 1.500 que no atrajeron el capital privado necesario para privatizarlas.

La razón simplemente consistió en un diferencial de productividades de 64 puntos, ya que en Alemania Oriental esa variable es tan solo el 36 por ciento de la correspondiente al segmento occidental.

No obstante lo anterior, el programa fue lo suficientemente agresivo como para contribuir a un aumento del PIB del 6.0 por ciento en 1992 en Alemania Oriental, al paso que la producción de Alemania Occidental decreció 1.5 por ciento en el mismo año.

Los retos Por otra parte, la iniciación de la recesión económica en el mundo industrializado, en conjunto con la apertura de las economías tercermundistas y la introducción del esquema de mercado en antiguos regímenes dirigidos, ayudaron a descubrir un hecho que con razón preocupa a las autoridades y especialmente al nuevo gobierno: Alemania tiene la mano de obra más costosa del mundo y además su fuerza laboral goza de la jornada de trabajo de menor duración entre los países industrializados.

Esta posición ampliamente desfavorable desde el punto de vista de la competitividad internacional exige mayor flexibilidad salarial, una aceleración del cronograma de privatizaciones y la remoción de barreras a la libre movilidad de los capitales externos.

Y así se podrán financiar los déficits públicos sin disparar las tasas de interés, el principal enemigo de la generación de empleo. Estos son pues los principales retos que tiene la nueva administración en el inmediato futuro.

A más largo plazo, el dolor de cabeza del nuevo gobierno va a ser encontrar la forma de asegurar un crecimiento económico promedio del 3.0 por ciento en lo que resta de la década para prevenir que el gasto público devore una magnitud superior al 50 por ciento del ingreso total, como ocurre en la actualidad.

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