Los mendigos de los mil millones

Los mendigos de los mil millones

Jorge y Romy, y ‘Victorino’, son tres pordioseros que viven en un penthouse de la calle 82 con carrera 15, en plena Zona Rosa de Bogotá. El primero es el dueño del edificio, de 700 metros cuadrados, cuatro pisos y un parqueadero público. Mal hechas las cuentas, y de multiplicar el precio del metro cuadrado en esa zona, el predio vale unos mil millones de pesos.

04 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Romy es española y adicta a la heroína. Ha vivido con él por más de 5 años.

El otro, ‘Victorino’, cuida carros hace tres décadas en la cera de enfrente.

Dice que todo el cuerpo tiene 64 puñaladas. Cuando se descubre la espalda mugrosa, se alcanzan a contar unas 23.

A la pareja la veo una tarde de viernes, después de muchos intentos fallidos por entrevistarlos. Hace frío pero la zona hierve. Por todo lado hay señas de que habrá rumba y desenfreno. Siempre los hay.

Son las 6 de la tarde y comienza a despertarse el vecindario: Al menos 100 bares y restaurantes en solo 5 cuadras a la redonda, una decena de prostíbulos, un local con cabinas y proyecciones porno para hombres solitarios y un ejército de ‘jíbaros’ que venden ‘bichas’ de bazuco y ataditos de marihuana, como si vendieran chicles o manimotos.

Jorge y Romy salen del edificio intempestivamente, corriendo, como ratones que se meten de una madriguera a otra. Jorge va prendido de ella, como siempre, con la mirada clavada en el piso.

Antes de cualquier reacción, cruzan la carrera 15 y se pierden por un par de horas. “Lo hacen a cada rato”, me dice ‘Victorino’. Agrega que ellos creen que alguien los persigue.

Entonces, pierdo la posibilidad de abordarlos, de hablar con Jorge, aunque Jorge no hable con nadie. En la 82 todos lo conocen, todos saben exactamente quién es.

“Un drogadicto al que le dejaron de herencia el edificio”, dicen los más ajenos. “Un buen hombre que desgraciadamente cayó en el bazuco y la heroína”, dicen otros.

Me cuentan que toca guitarra y habla inglés a la perfección. Que vivió en Nueva York y que tiene otro hermano con una adicción similar, pero con una esquizofrenia multiplicada por cien.

Jorge es flaco, de unos 50 años, con poco pelo y casi ningún diente. Ese viernes tenía puesto un pantalón raído de paño y unos tenis blancos. Él, a diferencia de Romy, no sale a la calle sin lavarse la cara.

De los tres, es ella quien más tiene ‘frito’ el cerebro. “Veinte años y un par de meses metiendo de todo”, dice sin dejar el dejo catalán. Entonces se arremanga y muestra sus brazos deformes, sin espacio para inyectarse una vez más. En el izquierdo, me muestra una vena negra que se necrosó. Tiene un agujero por donde podría entrar un lápiz. La piel la tiene adherida a los huesos.

Pagan con arroz En el piso cuarto del edificio vive un abogado. En el primero y en el segundo funcionan dos restaurantes, uno de comida china y otro de carnes.

Abajo, hay un parqueadero público. Todos le pagan arriendo a Jorge, pero casi todos lo hacen en especie.

Romy cuenta que de tanto fumar bazuco, un día a su hombre –como dice ella– le dio una pulmonía que casi lo mata. Entonces uno de los inquilinos lo llevó a una clínica, y el tratamiento costó más de 30 millones de pesos.

Desde entonces, a Jorge le descuentan mes a mes ese valor y todos los días les dan, a ambos, platos de comida china y gaseosa.

Romy dice que lo que les llega cada mes, sumando todos los arriendos, no sobrepasa el millón doscientos mil pesos. “Él me engaña. Dice que recibe eso y yo sé que puede recibir más”, afirma.

Aún así, a Jorge se le ve pidiendo en la calle. “Me tocó cambiar de celular porque un día cometí el error de darle mi número. Lo tenía llamándome cada hora para que le diera mil o dos mil pesos”, cuenta uno de los vecinos del edificio, que pidió mantener su identidad en reserva. Y el dueño de un negocio cercano de minutos a celular confiesa que le tiene cariño y que siempre lo deja llamar sin cobrarle. “Es un buen tipo”, dice.

Romy se queja de que es por el abuso de los inquilinos que ellos no pueden llevar una vida normal.

“Por eso es que no tenemos ni agua ni luz. Mucho menos teléfono”, dice.

Desde afuera, se diferencia el piso en el que viven por los vidrios rotos y remendados con bolsas de basura. Adentro no queda nada en pie, excepto una colchoneta en la que duermen los dos. ‘Victorino’ solo entra de vez en cuando a dormir, y obligatoriamente a la madrugada. Los dueños de los restaurantes le tienen prohibido hacerlo a otra hora. Las paredes están pintadas con grafitis y huele a indigencia. Uno de los dueños de los negocios cuenta con tristeza que Jorge y Romy se fumaron hasta los grifos de los baños.

Ese día, el viernes, no los volví a ver. Esperé una hora tras otra. Al final, cuando casi llegaba la madrugada, llegó la Policía y capturó a ‘Victorino’. Se lo llevaron esposado a una patrulla.

Tres días después, Romy accedió a hablar conmigo y a escondidas de su hombre. Me confesó que esa noche no se habían ido a buscar droga sino unos pasteles de pollo que le encantan a Jorge. “Después sí nos drogamos. Nos tumbamos en el piso del apartamento y nos pusimos a hablar de nuestros sueños, De vender e irnos de viaje”, me confiesa.

COCAÍNA PARA SUBIR Y BAZUCO PARA BAJAR.

‘‘El síndrome de abstinencia es terrible. Yo meto coca para subir y después bazuco para bajar.Y te digo que después me da vómito y diarrea. No me puedo levantar. Es lo más terrible que le pude pasar a uno”

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.