SOL Y LLUVIA EN LA CUMBRE DE MIAMI

SOL Y LLUVIA EN LA CUMBRE DE MIAMI

Las Cumbres presentan para políticos de todas las naciones múltiples y variados encantos; los vemos esponjados y sonrientes, deslizándose a través de alfombrados corredores para asistir a importantes conferencias, seguidos por anhelantes reporteros, la estela deslumbrante de los flashes y la concentración de las cámaras de televisión. Allá en sus países de origen, las oficinas de prensa del Gobierno se aseguran de presentar a sus mandatarios como la estrella del evento internacional, rodeado de las más connotadas figuras e inmersos en importante discusión con el secretario de Estado o aun el presidente de Estados Unidos. Pero uno se pregunta cuánto de valor queda tras tanto brillo, tan fastuosos banquetes, fotos a seis columnas y la aparición estelar en los noticieros de televisión durante todo el desenlace de la Cumbre? Es acaso la mejor inversión que los países participantes pueden hacer con los fondos de los contribuyentes y el tiempo de sus más caros funcionarios? Francamente

19 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

En la última Cumbre en El Cairo, la muy dudosa conclusión -luego de miles de horas-hombre y muchos millones de dólares- fue que la pobreza y el subdesarrollo se deben en gran parte al excesivo nacimiento de niños en el Tercer Mundo, por lo que hay que aportar más dinero de nuestros impuestos a la burocracia internacional para que enseñe a las ignorantes masas morenas y color aceituna que deben tener menos hijos para que haya más prosperidad y menos contaminación en la Tierra. Las bases científicas de tal ingeniería social son, cuando menos, sospechosas y me parece de extrema arrogancia la postura de los supuestos expertos que desde su torre de cristal en Manhattan presumen saber el número óptimo de hijos para una familia campesina en Filipinas, Pakistán o el altiplano suramericano. Esta vez el Vaticano los puso en su justo lugar.

Y volvamos atrás medio siglo, a la Cumbre de Bretton Woods en New-Hampshire, donde los vencedores de la Segunda Guerra se aprestaban a diseñar las reglas de una nueva estructura económica mundial que le ha asegurado bien remuneradas posiciones de poder y prestigio a más de dos generaciones de burócratas internacionales. A lord Keynes y a Bretton Woods les debemos los llamados bancos de desarrollo que han servido bien a los gobernantes y bastante mal a los pueblos. El nombre original fue Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo, pero apenas se terminó con la reconstrucción hubo que encontrar nuevas funciones, más dinero y más poder para sus funcionarios como siempre sucede en toda actividad pública poco exitosa; se cambia el nombre y se aumenta el presupuesto.

Per Jacobson, quien fuera director gerente del FMI, decía que con 2.000 millones de dólares podía cambiar la tendencia devaluacionista de cualquier moneda. Hoy en día, el presidente Caldera de Venezuela es uno de los pocos que todavía cree que los gobiernos pueden decretar el valor de la moneda y el señor George Soros se ganó 1.000 millones de dólares especulando contra los bancos centrales europeos, la última vez que estos intentaron mantener paridades artificiales. Sir Alan Walters habla del Banco Mundial y del FMI como instituciones que han quedado de los días cuando los gobiernos creían saber más que todo el mundo, mientras que Paul Volcker se refirió a la reciente Cumbre de los 50 años de Bretton Woods, en Madrid, como algo tardía para una celebración y prematura para una autopsia.

No dudo de las buenas intenciones del presidente Clinton, quien a mediados de su mandato parece estar dándose cuenta de que las Américas no terminan al sur de Chiapas. Pero indudablemente que el liderazgo en cuanto apertura económica, privatizaciones y libre comercio no yace ahora en Washington sino en algún punto intermedio entre Lima, Santiago, La Paz y Buenos Aires. El gran fracaso político-económico de 1994 ha sido el intento de la administración estadounidense de socializar la medicina en este país, lo que hubiera significado el avance estatista más importante desde que el Partido Laborista ganó las elecciones en Inglaterra, al finalizar la Segunda Guerra. El fracaso del intento de socialización de la medicina es muestra viva del buen funcionamiento de la democracia estadounidense, donde termina ganando quien tiene mejores ideas y donde los congresistas se revelan contra la línea partidista oficial, cuando su reelección corre peligro.

Me preocupa que la agenda de la Cumbre de las Américas parece estar en manos de funcionarios norteamericanos más preocupados con el desarrollo sostenible , la competencia justa , el medio ambiente, las regulaciones laborales y tantos otros eufemismos que esconden el simple deseo de los gobernantes de intervenir en la economía, manipular el libre comercio e impedir que la gente contrate libremente la compra y venta de sus productos y servicios. De haberse aplicado esa receta durante el siglo pasado en este país, Estados Unidos no se hubiera desarrollado y la futura prosperidad hemisférica dependerá de la rapidez y eficiencia con que se derrumben las trabas al libre movimiento de capitales, bienes, servicios y mano de obra.

Sería una vergenza si los presidentes de los países americanos no traen a la mesa de discusión en Miami quejas concretas sobre las trabas al libre desplazamiento de personas por todo el hemisferio. El reciente acuerdo entre Clinton y Castro en detener por la fuerza a los balseros, tanto en Cuba como en alta mar, ha sido uno de los más oscuros capítulos de la historia de la libertad en nuestro continente. Para quienes creemos en la libertad individual no es suficiente el libre comercio y el libre flujo de capitales, mientras barreras políticas artificiales le impiden al hombre común desplazarse libremente, como fue posible hasta que el exagerado crecimiento del Estado, durante la Primera Guerra Mundial, culminó con el invento de visas y pasaportes. Y mal podemos acusar sólo a Estados Unidos, cuando permitimos que los norteamericanos vengan a visitarnos llenando una planilla de turistas en el aeropuerto, mientras que les exigimos o negamos visas a nuestros vecinos.

Durante la Cumbre de las Américas pensemos en quienes pagan por la fiesta, aunque no gozan de pasaporte diplomático para desplazarse con toda la opulencia de la primera clase de la aerolínea de bandera nacional. El futuro continental depende de los incentivos que esos desconocidos tengan para trabajar duro, para producir riqueza y bienestar.

(*)Periodista venezolano, presidente de la agencia de prensa AIPE.

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