TODAVÍA QUEDA DIGNIDAD

TODAVÍA QUEDA DIGNIDAD

Qué tiene de raro que los Directores de los partidos les llamen la atención a los parlamentarios sobre la notoria inconveniencia de un proyecto de ley? Lo sospechoso sería que no lo hicieran, faltando así a su deber. Naturalmente en un país en el cual prácticamente desaparecieron las colectividades políticas y cada cual hace lo que le viene en gana en nombre de un distorsionado concepto del derecho a disentir, extraña y hasta fastidia que se haga un llamado a la disciplina para evitarle un gravísimo daño al país. Lo corriente es que cada parlamentario actúe como rueda suelta y solo se acuerde del partido al que supuestamente pertenece en épocas de elecciones, cuando tiene que recabar avales para sus seguidores y legitimidad electoral.

19 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Sin embargo lo normal es que suceda lo contrario y que, como ocurre en las democracias más serias del mundo (en donde, para garantizar que en lo fundamental nadie se aparte de la línea trazada por los partidos, se han institucionalizado los llamados whip ), se les exija a los congresistas una conducta consecuente con los programas y compromisos del gobierno con el cual colaboran en la Administración.

No se puede exhibir patente de solidaridad con el régimen para demandar de él posiciones en la nómina del Estado y alegar derecho pleno de independencia cuando está de por medio un asunto de evidente interés nacional.

Pero, además, no es la primera vez, ni será la última, en la que los Jefes de los partidos se ven colocados ante la obligación de indicarles enérgicamente a los congresistas cómo deben proceder.

En 1989, mientras se discutía en el Congreso en segunda vuelta la reforma constitucional propuesta por el presidente Barco, me tocó vivir como ministro de Gobierno una situación similar a la del narcoproyecto , cuando entonces, como hoy, se hizo evidente que los traficantes de drogas y sus testaferros querían manipular en su beneficio ya no una simple ley sino la mismísima Constitución.

El gobierno de entonces, por conducto del ministro, les hizo saber a los representantes a la Cámara su rotunda oposición a que se introdujera intempestivamente dentro del texto de la reforma un artículo que eliminaba la extradición de colombianos, única cosa a la que los narcos le temen de verdad, y eso ocurrió en el curso de una sesión tempestuosa en la que me ví en la obligación de hablarles a los congresistas sin pelos en la lengua y con absolutas firmeza y claridad.

Sobre mí llovieron entonces todos los improperios imaginables y en la Comisión Primera de la Cámara el infortunado artículo que tanto acomodaba a los narcos pasó. Pero ante semejante despropósito, la solidaridad de los Jefes de los partidos no tardó en hacerse sentir.

Al dia siguiente de la votación, y como protesta por lo que había sucedido en la sesión, renunciaron a sus cargos el ex presidente Turbay, Director del Liberalismo, y el ex presidente Pastrana, Asesor y cabeza visible del Partido Conservador. Los dos entendieron la inmensa gravedad de la situación y con su enérgica y limpia conducta les notificaron a los parlamentarios de sus partidos que no estaban dispuestos a convertirse en espectadores silenciosos de un acto que avergonzaba al país.

Horas más tarde los senadores liberales, en sesión secreta ante la que me correspondió hablar, le ofrecieron su total y decidido respaldo al gobierno y la propuesta que favorecía a los narcos, afortunadamente no pasó. Aún recuerdo la valerosa conducta del presidente del Senado, Luis Guillemo Giraldo, y el brillantísimo discurso del doctor Gustavo Balcázar Monzón en respuesta a las palabras que me correspondió pronunciar. Todas esas intervenciones fueron decisivas y ese día, y con ese acto, se salvó la dignidad nacional. Corriendo toda clase de peligros, los Jefes de los partidos habían cumplido con su deber. Es más: para evitar que prosperara el intento de los narcos de poner a su servicio la Constitución, fue preciso aceptar que se hundiera la reforma constitucional. Eso, desde luego, fue doloroso. Pero era mil veces preferible sacrificar la reforma que enlodar irreparablemte el prestigio del pais.

No ocurrió así después y en un acto que la manchará para siempre, la Asamblea Nacional Constituyente votó contra la extradición. En esa oportunidad el Gobierno de entonces fue pusilánime y actuó al revés de lo que lo había hecho el anterior. Para salvar la reforma actuó con desconcertante laxitud frente al tema de la extradición. El pretexto era el de que, si se eliminaba la norma, se apaciguarían los narcos y sobrevendría la paz.

La horrible experiencia de los asesinatos en serie y de los carro-bombas vendría a demostrar meses más tarde que tratar de apaciguar a los delincuentes había sido un craso error. No fue la nueva Carta el famoso tratado de paz de que por entonces tanto se habló. Lo prueba el que hoy la guerrilla sea más mortífera que antes y el que los narcotraficantes se sientan política y económicamente más fuertes que en los días de Pablo Escobar. Hoy los vemos, crecidos nuevamente, tratando de manipular al Congreso para que legisle en su favor.

Por eso no hay que criticar sino, por el contrario, celebrar como valiente y muy oportuna la carta de los Directores de los partidos, doctores Angel y Valencia, en respaldo a la actitud también enérgica y valerosa del gobierno del presidente Samper. Actuar de esa manera es demostrar que a los viejos partidos todavía les queda dignidad.

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