CONFIDENCIAS DE DIDEROT

CONFIDENCIAS DE DIDEROT

Eco: Señor Diderot, cómo he de presentarle ante el público? Como filósofo? Como novelista, dramaturgo, promotor cultural, moralista, o como editor? Diderot: Como todo a la vez, si lo prefiere. O como filósofo solamente. Por lo que sé, sólo después de mi muerte adquirió esta palabra una connotación académica y especializada. En el siglo XVIII era una palabra muy general. Piense en mi amigo Voltaire. Cómo lo definiría usted? Poeta, dramaturgo, lexicógrafo, moralista? Fue un filósofo, un curioso de la verdad, un razonadicto .

23 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Eco: Razonadicto . Buena definición. En el fondo es cierto, todos los ilustrados fueron todas estas cosas, inteligencias versátiles, voraces y dispuestas a arrojar la luz de la crítica sobre todos los misterios, ya fuesen auténticos o supuestos. Pero de todos los ilustrados, usted, señor Diderot, fue el más versátil. Para entendernos: en la actualidad, d Alambert, Montesquieu, Helvecio, etc., obtendrían fácilmente una plaza universitaria, mientras que usted tendría problemas. Yo lo definiría... no sé, periodista, polígrafo, ensayista. Pero recapacite un momento: usted es capaz de escribir una novela original como Los dijes indiscretos , una novela sicológica y anticlerical como La religiosa , opúsculos que abarcan desde las matemáticas hasta la teología, una obra de teatro, crítica de arte y además, en 25 años, dirige y lleva a término la Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, una treintena de volúmenes de buen tamaño que comprenden todo el saber humano, una de las maravillas del mundo moderno, comparable a las pirámides de Egipto, a la Divina Comedia , a la Capilla Sixtina, al descubrimiento de América, una obra que ha revolucionado el modo de pensar de su propia época y de los siglos posteriores, y que se consideró causa lejana de la revolución francesa... Y aunque no la escribiera usted toda entera, es innegable que la obra ostenta su sello, por la amplitud de sus intereses, por la lucidez de sus comentarios críticos, incluso por sus defectos, por su eclecticismo, por la contemporización teórica que transparentan muchos artículos... En resumen: quién es usted, señor Diderot? Diderot: Quién soy? A veces también yo me lo pregunto, sobre todo durante las largas horas de ocio de que disfruté en la cárcel de Vincennes...

Eco: Donde estuvo usted...

Diderot: Por haber escrito un folleto, la Carta sobre los ciegos para uso de los que ven , folleto sobre el que recayó la acusación de escepticismo y sensualismo rayanos en el materialismo... .

Eco: Típico de su personalidad. Si no me equivoco, aprovechó usted la experiencia de un ciego que había recuperado la vista para elaborar un discurso lleno de aforismos, comentarios brillantes, observaciones científicas agudísimas e incursiones filosóficas de gran ingenio que a la postre le hicieron ganar fama de ateo, de contestatario, de peligro público para el Estado francés...

Diderot: Nunca he sido ateo. El mundo es un gran animal vivo y Dios es el alma de este organismo; escribí una vez que Dios es como una araña cuya tela es el mundo, y que por los hilos de la misma percibe de maneras diferentes, según la distancia, todo lo que entra en contacto con la tela. Y dije que todos los elementos del universo están dotados de sensibilidad.

Eco: Pero su racionalismo y su deseo de pasarlo todo por el cedazo de la crítica fueron sospechosos de ateísmo. O no? Diderot: Pues no, y usted lo sabe, pero lo dice para tirarme de la lengua. Creía en la verdad de las pasiones más que muchos contemporáneos míos y lo plasmé en mis libros. Si la araña divina trabaja sobre la tela del mundo, el hombre está en contacto directo con la tela en cuestión y en él influye, no Dios, sino la naturaleza, es decir, los instintos y las pasiones. El colmo de la insensatez consiste en plantearse la abolición de las pasiones. Nunca se me ocurrió tal cosa. Proyecto genial el del devoto que se atormenta para no desear nada, para no amar nada, para no sentir nada. Si lo consigue, será un monstruo.

Eco: Lo sé, señor Diderot; ni siquiera en su vida privada dijo usted que no a las pasiones.

Diderot: Por favor, no entremos en intimidades.

Eco: Bueno, pero las intimidades sirven para perfilar al personaje, incluso para que el público actual comprenda por qué usted, uno de los campeones del racionalismo ilustrado, fue en otros aspectos un precursor de la sensibilidad romántica; Goethe lo admiraba y... Aunque precisamente por ello nos parece usted enigmático y complejo. Por qué si no la Enciclopedia , por qué este intento racional, perfecto como un templo clásico, de poner orden en el universo? Permítame preguntárselo otra vez, señor Diderot: Quién es usted? Diderot: Digamos que un agente en el campo de la industria cultural.

Eco: Una definición muy moderna. Le importaría explicarse? Diderot: Desde luego. En mi siglo, y desde hacía ya cien años, la figura del hombre de cultura, poeta, pintor o filósofo, al servicio de un príncipe, entregado al ocio creativo gracias a un mecenas generoso, y aparentemente en situación de responder sólo ante sí mismo, aunque en el fondo obligado a complacer a quien le pagaba, esta figura, digo, ya no podía existir. Había ya un público burgués, de artesanos, profesionales, pequeños propietarios, comerciantes, un público que sabía leer, que compraba libros que alimentaba un mercado editorial y ante el que los escritores tenían que responder. En mi época el escritor decía lo que se podía hacer y se lo decía a un público susceptible de llevarlo a efecto. Usted ha dicho que la Enciclopedia condujo a la revolución francesa. No sé si condujo a ella, pero es innegable que dijo a miles de lectores: He aquí el mundo en que vivís, no el de las fábulas teológicas, sino el de todos los días, y he aquí las herramientas conceptuales y materiales con que el hombre transforma dicho mundo .

Eco: Hace falta volver pues a la Enciclopedia , porque me parece la clave de todo el problema. Cómo fue usted a parar, por decirlo de algún modo, al campo de las enciclopedias? Diderot: Nací en el seno de una familia modesta. Mi padre era cuchillero. Tuve que ganarme la vida como mejor pude. Empleado de un procurador, preceptor y sobre todo traductor. Una trayectoria típica en la industria cultural. Y como traductor me contrató en 1746 el editor Le Breton, que estaba traduciendo al francés una enciclopedia inglesa, la Cyclopaedia or Universal Dictionary of Arts and Sciences, de Chambers. D Alambert trabajaba como consultor de la parte matemática. Y así, poco a poco, discutiéndolo todo con ellos, surgió el proyecto de una obra nueva, distinta, más ambiciosa. Un cometido editorial, desde luego, pero también algo más, un replanteamiento científico y crítico de todo el saber tradicional. Se decía en el prospecto: Analizarlo todo, airearlo todo sin excepción ni reservas .

Eco: Airear qué? Diderot: Bueno, para ser breves, la concepción medieval del universo. Pues que en el ínterin hubiesen existido Descartes, Galileo y Newton no había servido todavía de mucho. Recuerde cómo era la Francia de entonces: un imperio feudal, una inmensa pirámide de poder organizada según jerarquías rígidas e inmutables, un puñado de aristócratas que gobernaban la propiedad de la tierra junto con el clero, un tercer Estado que ya era el esqueleto económico de la nación pero que carecía de poder, por no hablar de los pobres, de los marginados, de los trabajadores, que no tenían fisonomía civil. Esta estructura política se sustentaba en una estructura del conocimiento, me refiero a la oficial, que todavía no había recibido el contragolpe de la revolución científica de Galileo o del empirismo inglés. Un sistema del universo donde en la jerarquía inamovible de los seres el hombre tenía un lugar, pero subalterno, periférico, dominado por la férrea lógica de las esencias inmutables. Así las cosas, nuestro diccionario quería devolver al hombre a sí mismo y a su propia dignidad. Es la existencia del hombre lo que vuelve importante la existencia de los demás seres. Si se elimina al hombre de la faz de la Tierra, el espectáculo de la naturaleza enmudece. Se trataba pues de reintroducir al hombre, dándole en nuestra obra el mismo papel que representa en el universo. El de protagonista.

Eco: Y dice usted que de este potencial explosivo nadie se dio cuenta inmediatamente? Diderot: Qué se van a dar cuenta. Y eso que lo había escrito clarísimamente en uno de los artículos de la Enciclopedia , que los hombres que se habían esforzado por hacernos creer que éramos felices habían recibido más elogios que los que se habían esforzado por hacernos felices de verdad. Estaba claro como el agua que los héroes de nuestro libro eran los cardadores, los constructores de diques, los recolectores de algodón y no los que hablaban del infinito, de lo sobrenatural, de la trascendencia. Pero aquí es donde surge uno de los aspectos curiosos de toda la empresa...

Eco: Cuál? Diderot: Que no puede decirse que el poder se opusiera a nuestra iniciativa. El poder... qué significará esto? Como en toda época histórica, el poder estaba encarnado por una clase conservadora que tendía a dejar las cosas como estaban, pero al mismo tiempo estaba representado por elementos dinámicos que vislumbraban que el futuro económico de Francia radicaba en el desarrollo técnico. Para esta clase, la Enciclopedia era una empresa que había que apoyar.

Eco: Me está diciendo que gestaba usted una revolución con ayuda del poder? Diderot: Yo no digo que fuese un revolucionario en el sentido en que se entiende actualmente, como tampoco la revolución francesa fue una revolución tal como se entiende en la actualidad. Fue una revolución puesta en práctica por la clase burguesa. Y quién debía hacer la revolución si no la clase más joven, más fresca, más incorrupta ante las viejas estructuras del Estado? La Enciclopedia fue el manual revolucionario de la burguesía revolucionaria, si lo prefiere usted así. Fue un libro liberador también para los trabajadores subalternos, cuya liberación sólo podía comenzar mediante la liberación de las energías burguesas. Así, la Enciclopedia glorificaba el trabajo anónimo de los tejedores, pero la financiaba una clase de empresario de nuevo cuño que sacaría provecho del trabajo anónimo mencionado, construyendo la industria moderna y explotando a los mismos tejedores. Concibe usted un camino diferente? Qué otra cosa podía hacer? Eco: Pero, y los grupos más reaccionarios, los que lo pusieron a usted entre rejas? Diderot: Eran los más peligrosos, qué duda cabe, pero también los más fáciles de engañar. Nos divertíamos mucho, no crea. Mandábamos los artículos de biología al censor especializado en teología y los artículos de moral al censor experto en matemáticas. Y así colábamos muchas cosas. Luego, en 1762, con la expulsión de los jesuítas de Francia, cambió el panorama y pudimos acelerar los trámites. Como es lógico, muchos se asustaron por el camino, el mismo Voltaire desertó, muchos nombres ilustres redactaron pocos artículos, la Bastilla daba miedo a todos. Pero la Enciclopedia no tenía por qué ser un desfile de primeras figuras, los mejores artículos los redactaron personajes de segunda fila, casi todos los revisé yo, algunos los censuraron los mismos editores, y no hubo más remedio que aceptarlo porque la obra estaba ya en la imprenta. El resultado fue un mamotreto ecléctico, desigual, afectado por las componendas, no lo niego. Pero se publicaron cuatro mil ejemplares en la primera edición (no olvide usted que tenía un tamaño de órdago) que circularon por todas partes. No le pido pues que valore los medios de que me serví, sino los resultados.

Eco: Muchas componendas? Diderot: Muchas, y no me arrepiento. Hay que señalar que algunas fueron automáticas. Cuando me metieron en la cárcel, por ejemplo. Sabe usted quién me sacó? Eco: Quién? Diderot: Los editores, con ayuda del gobierno. La Enciclopedia era un asunto económico de mucho empaque. Un beneficio del 50 por ciento para los editores, ganancias que no habría proporcionado nunca el comercio con las Indias, miles de obreros contratados por veinte años. Era un asunto de Estado al que contribuían los libreros holandeses, que estaban estropeando el mercado. Y únicamente yo estaba en situación de entender lo que pasaba en aquel caos de bosquejos, manuscritos, pruebas de imprenta. Me sacaron; aunque hubiese atacado las costumbres y la religión. Y quiénes me sacaron? Los que me habían metido. Lo sabe usted muy bien, la economía francesa no se podía permitir imprudencias en aquella época.

Eco: Así pues, la Enciclopedia se llevó a cabo con ayuda de sus mismos enemigos.

Diderot: Que objetivamente tenían que ser amigos. Cuando, después de la aparición de los dos primeros volúmenes, estalló el escándalo político- religioso-filosófico, el consejo del rey decretó la prohibición de la obra por el siguiente motivo: Se han introducido máximas tendientes a destruir la autoridad real, a difundir el espíritu de independencia y rebeldía, y con términos oscuros y equívocos, a sembrar las semillas del error, de la corrupción de las costumbres y de la impiedad . El censor mayor, Malesherbes, ordenó que se registrase mi casa para confiscar el material de los siguientes volúmenes, pero me avisó de antemano y se ofreció a esconderlo en su propia casa para que no se perdiese. Increíble, verdad? Incluso madame de Pompadour intervino junto al rey para que prosiguiera la publicación! Eco: Pero bueno! Eran imbéciles? O es que eran ilustrados de incógnito? Diderot: Ni lo uno ni lo otro. Eran hombres y mujeres de su época, que vivían las contradicciones de una sociedad feudal que se estaba convirtiendo en industrial. Yo tenía una misión y quizá radique aquí mi único mérito: tenía que jugar las cartas de las contradicciones, ponerme por encima y aprovecharme de ellas. Los caminos de la libertad son infinitos.

Eco: O sea que usted, el terrible subversor, fue un hombre del poder? Diderot: Un agente de la industria cultural. Viví en el poder, pues quedarse fuera sólo servía para mitigar la mala conciencia. Si quiere usted encontrarme méritos, le diré que fui el primer intelectual que comprendió la nueva estructura del poder, estructura que todo intelectual habría tenido que tener en cuenta.

Eco: Usted se define, no se juzga. Cómo se juzgaría? Diderot: No me defino a mí mismo; defino la Enciclopedia. Mírela, la tiene usted delante, en esta mesa. Deje de hablar conmigo. Hable con sus páginas.

(Tomado de ABC).

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