LA OPERACIÓN JI JI DE GAVIRIA

LA OPERACIÓN JI JI DE GAVIRIA

El país experimentó una sensación nueva y refrescante, como la que dejan los dentífricos con mentol, cuando al solemne Palacio de Nariño entraron un presidente en la flor de los cuarenta, una Primera Dama en los treinta y pico y dos niños, Simón y María Paz, que casi olían aún a compota y babero. La casa presidencial empezó a transformarse. Donde había permanecido un antiguo grabado del siglo XVII colgaba ahora un poster de Bruce Springsteen; en la vitrina de los documentos históricos aparecían caramañolas, galápagos, pedales, cascos, guantes y otros elementos de ciclismo; una gran foto del grupo No me pises que llevo chanclas había entrado a reemplazar el gobelino de cacería francesa del Salón Santander.

23 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Un veterano ex ministro que visitó una mañana de esas el Palacio y escuchó risas y estrépito de música rock en los despachos, comentó con sorpresa: -En mis tiempos, los hijos del jefe del Estado permanecían en la casa privada...

-El del barullo no es el hijo -le comentó la persona que lo guiaba-. Es el presidente. El hijo está allí, en la biblioteca, haciendo las tareas escolares.

Unos metros más adelante, cuando el ex ministro entró a la antesala del despacho presidencial, notó que había allí un ciclista que charlaba y reía con un grupo de niños, y compartía con ellos colombinas y caramelos.

-En mis tiempos, los mensajeros dejaban la correspondencia en el primer piso - comentó en voz baja el ex ministro observando al ciclista.

-No es un mensajero -le respondió el guía-. Es el señor presidente, que regresa de sus ejercicios matinales. El ex ministro, abochornado, intentó decir algo que cerrara el incómodo tema.

-En fin -comentó-, en mis tiempos las visitas de colegiales al Palacio de Nariño se realizaban por la tarde, no por la mañana.

-No son colegiales -le aclaró el guía-. Son los asesores del señor Presidente.

Gaviria había llegado dispuesto a mostrar que no en vano pasaba a ocupar el poder una nueva generación. Su permanente animación, que salpicaba con frecuentes carcajadas en tono de ji-ji-ji, contrastaban con los silencios de la administración anterior. Los yeah yeah! que se escuchaban durante el Consejo de ministros espantaban un poco a los viejos ujieres de Palacio, acostumbrados a caminar en puntillas y hablar en voz baja. Los bluyines reemplazaron a los sacolevas en las ocasiones formales, y la ropa deportiva a la de paño y corbata en todas las demás. No era extraño toparse con un joven que, enfundado en sudadera verde y roja, se contoneaba mientras oía merengues en el walkman, mascaba chicle y colocaba los zapatos tenis marca Nike encima de la mesa. Era el jefe de protocolo de Palacio.

El país sin puertas Excusada su aficion al rock y el ciclismo, y el típico ji-ji-ji un poco chillón y estentóreo de su risa, el nuevo presidente parecía ser un tipo tímido y bastante frío. Durante sus mocedades, cuando se ponía balaca de hippie en las fiestas, lo habían conocido en Pereira como El Hielo Gaviria. Era ducho -un ducho de agua yerta- en economía, y una de sus metas al frente del gobierno consistía en lograr la apertura comercial del país. Quería ser fiel al lema de su patria chica; si Manizales se las daba de ser la ciudad de las puertas abiertas , Pereira siempre había proclamado ser la ciudad sin puertas . Por eso, muy pronto Gaviria derribó las puertas de las fronteras colombianas: decretó la libertad de importaciones y puso fin a las restricciones aduaneras.

El resultado fue que el país se llenó de artículos de consumo. Achiras, milhojas y garullas hechas en Corea con harina artificial inundaron las calles y provocaron una ola de desempleo en las bizcocherías. Longanizas, chunchullos y morcillas made in Hong Kong con tripa de vinilo desplazaron a los productos genuinos y a los carniceros que las fabricaban. Tamales y sancochos precocidos en Taiwán con masa de soya provocaron la quiebra de varias guisanderías tradicionales. Se produjo una verdadera invasión de chicles, chitos, papas fritas, manimotos, palillos de dientes, servilletas de papel y otros artículos de novena necesidad.

Expertos internacionales en comercio exterior atribuyen la libertad de golosinas -chicles, chitos, etc.- a María Paz, la traviesa y simpática hija del presidente, que no se perdía reunión de gabinete, convocatoria urgente del Consejo Nacional de Política Económica y Social ni otras ocasiones de gobierno. La infatigable niñita saltaba lazo sobre la mesa en las reuniones de la Junta Monetaria, irrumpía con su triciclo en la presentación de honores militares, depositaba su muñeca Barbie en el regazo del ministro de Defensa mientras ella iba a hacer pipí durante las sesiones urgentes del Consejo de Seguridad y llamaba por teléfono a conversar con los presidentes de otros países del mundo. Solía hacerlo por cobro revertido o pago collect, por lo que al final del mandato del papá los jefes de Estado extranjeros se le mandaban negar. Se cree, pues, que la firma a lápiz que aparece untada de dulce al pie del decreto sobre liberación de importación de caramelos es la suya.

El primer Taita del país no la reprendía jamás, pero no por falta de convicción sobre la necesidad de la autoridad paterna, sino porque el pobre generalmente estaba lesionado y le era imposible alcanzarla para darle un par de palmadas. Cuando no era una rodilla torcida por culpa del tenis, era un brazo enyesado por un mal salto de garrocha o una torcedura del cuello a raíz de una caída del trapecio. Además, tenía mala suerte: una mañana se zafó la bicicleta fija del gimnasio de Palacio y acabó estrellándose en Muzú con una volqueta cargada de papa. Resultado: un ojo colombino, una clavícula rota y una venta barata de puré de papa en Muzú.

Los colombianos sedentarios o de mayor edad se mostraban un poco sorprendidos por los despliegues de actividad deportiva del Presidente Gaviria. Pero cuando lo vieron con el atuendo de campeón de velódromo -pantalón corto forrado, casco aerodinámico, camiseta con bolsillos para la panela y gafas negras tipo Guerra de las Galaxias regaladas por Lucho Herrera- no pocos cachacazos de paraguas Briggs y zapatos de ante echaron de menos los silencios ausentes del mandatario anterior.

Clic! Sin embargo, el país parecía bastante contento con el primer presidente rock de la historia. Su popularidad sólo decayó cuando tuvo que enfrentar dos adversidades que le dejaron el prestigio en ruinas durante algunos meses: el racionamiento de luz y la fuga de Pablo Escobar.

Este se encontraba recluido desde hacía meses en la cárcel de Itagí, que figura en la Guía Michelín con cinco estrellas. Una noche, invitado a hacer el saque inicial en un partido de fútbol, Escobar sobornó a un grupo de policías con una arepa de choclo para que le permitieran huir al estadio con sus compañeros de encierro. Su fuga duró dieciocho meses y acabó de manera trágica. En cuanto a los policías, las autoridades les decomisaron el choclo.

El apagón fue un calvario de año y medio para los colombianos. Por culpa de los errores administrativos y los serruchos de El Guavio, a los cuales se agregaron la imprevisión posterior y el verano (95 por ciento imprevisión y 5 por ciento verano), el país se quedó sin luz. La ciudadanía demostró entonces esa capacidad de sobrevivir que ha hecho de Colombia el único país del mundo habitado por 33 millones de faquires. Los colombianos cocinaban en las iglesias con las velatorias encendidas a San Judas Tadeo, calentaban los teteros con fósforos, se bañaban en el agua caliente que quedaba en la olla después de hervir coliflores, y muchos estudiantes acudían a las clínicas de maternidad para poder leer durante los alumbramientos.

A fin de ayudar a aliviar este forzoso regreso a las cavernas, Gaviria cambió el reloj; ya no amanecería a las 5 a.m. sino a las 4 a.m. y, si la medida daba resultado, cada mes se atrasaría 60 minutos el horario. De este modo, al cabo de un tiempo, nadie podría quejarse de la oscuridad que se apoderaba del país después de las seis de la tarde pues todos dormiríamos bajo la vigilancia protectora del sol. Con la ventaja adicional de que disminuirían los atracos y robos perpetrados a la luz del día. Molestos con el cambio de horario, ya que los gallos comenzaron a saludar la alborada al mediodía, los campesinos sugirieron a Gaviria que aplicara primero la medida a título experimental en el Palacio de Nariño por dos años, y luego la extendiera como ensayo a la muy noble ciudad de Pereira durante 50 años más. Si al cabo de este tiempo los resultados eran positivos, el país estaba dispuesto a adoptar el meridiano de Gaviria en vez del de Greenwich.

La encartada magna Muchos culpaban de la crisis energética a la Constitución de 1991, porque decían que el debate de su articulado había agotado las luces de la clase dirigente nacional reunida en la Asamblea Constituyente. La nueva carta fue una iniciativa de Luis Carlos Galán que Gaviria canalizó, concertó y sacó adelante.

Ella vino a poner fin al reinado de la carta de 1886, y es tan moderna que el país aún no ha podido aplicarla. Por ejemplo, muchos ciudadanos no se han enterado de que ahora todos somos iguales -hasta las mujeres... y los indios!, que ya no se puede matar más de una vez a nadie y que fumar marihuana o darle en la jeta a la señora puede considerarse parte del derecho al libre desarrollo de la personalidad. (Artículo 16). Por otra parte, el artículo 20 garantiza la libertad de expresar y difundir pensamiento y opiniones, informar y recibir información veraz e imparcial y fundar medios masivos de comunicación , a menos, eso sí, que se trate de un pobre pendejo y no de un grupo económico. En ese caso -el del pobre pendejo- sólo tendrá derecho a comprar una suscripción anual con descuento o participar en las rifas que promueva la emisora o cadena de televisión.

En cambio, cualquier colombiano, por pobre que sea, puede aspirar -como quedó demostrado- a que le asignen una concesión para la telefonía celular. Y a que lo derroten estruendosamente los grupos económicos, como también quedó demostrado.

La nueva Carta Magna no hablaba de la Primera Dama. Pero el resto del país sí. A muchos ciudadanos les gustaba que hubiera en Palacio una ejecutiva joven, bonita e inteligente dispuesta a trabajar por Colombia, a llevar la voz cantante en ciertas áreas del gobierno e, incluso, a permitir que su esposo la ayudara en el manejo de los asuntos nacionales. Pero otros ciudadanos veían con desconfianza la institución de la Primera Dama, en la cual hubo casos anteriores de señalado dinamismo, como doña Nydia de Turbay. La reflexión de este sector de la opinión pública es más o menos la siguiente: la institución más duradera de la Tierra es el papado, y no es una coincidencia que los papas no tengan cónyuge.

Naturalmente, se trata apenas de una coincidencia que utilizan mañosamente los reaccionarios para atacar la institución de la Primera Dama, pues hay otras instituciones de muy antigua data que funcionan de manera espléndida gracias al aporte que hace la mujer en el poder.

Estoy seguro de que podríamos citar muchos ejemplos pertinentes.

Es cuestión de tener un poco de tranquilidad para recordarlos.

Y un poco de tiempo.

Pero con seguridad abundan los casos.

Varios podremos citar, al menos.

Bueno: si uno se dedica a buscarlo, seguramente aparecerá alguno: Pero, en fin, como no es este el propósito de este libro, consideramos que los ejemplos anteriores bastarán para destruir la tesis de los reaccionarios.

Uno de los más comentados gestos de cariño de Ana Milena de Gaviria con el Primer Mandatario fue una serenata de música vallenata que le dio a manera de sorpresa cuando el Presidente festejó su último cumpleaños a bordo de la nave del Estado. Los vallenatos llegaron a bordo de otra nave, también del Estado, que fue un avión oficial, por lo cual a Gaviria le llegó una cuenta de más de tres millones por concepto de transporte de músicos. El presidente disfrutó de la parranda, puso a competir su ji-ji-ji con el ay, hombe! de Carlos Vives, agradeció el regalo a Ana Milena, giró el correspondiente cheque a la FAC y le dijo a su esposa: -Vea, mija, el próximo cumpleaños me lo festeja sólo cuando cumpla los setenta y cinco, oyó? Hacia el final del mandato rock aparecieron publicadas las revolcadas memorias de un tal M. Vargas, quien afirma que en realidad el presidente era él, y que Gaviria no era más que uno de sus asistentes. M. Vargas era apodado Cacaíto por sus colegas y compañeros de oficina. El sobrenombre se debía por lo menos a dos razones: la primera, que, aunque él no lo creía así, todavía necesitaba varios hervores; y, la segunda, que tenía fama de ser más traicionero que un chocolate crudo. Podría haber una tercera razón, de orden etimológico, pero no existe certeza sobre ello.

En sus memorias, Cacaíto Vargas relata que era él quien nombraba ministros, ofrecía cargos, tomaba el pelo a los candidatos que aspiraban a ganar su apoyo, preparaba los discursos, diseñaba las estrategias generales del gobierno, hablaba con los presidentes de otros países, trazaba los rumbos de la Administración, despedía a los empleados que no eran de su gusto, presidía las reuniones, echaba los mejores chistes, despertaba las mayores pasiones y decía las cosas más inteligentes.

Después de haber ocupado varios cargos en la administración cuyos trapos salía a exhibir al sol, Cacaíto resolvió marcharse cuando se dio cuenta de que había logrado su ansiada meta como ministro: la unión de los colombianos. En efecto, el país entero se había unido para pedir clamorosamente que se fuera Cacaíto .

El presidente Gaviria terminó su período en medio del amplio reconocimiento de los ciudadanos y con los más altos índices de popularidad que haya tenido mandatario alguno de Colombia en muchas décadas.

En cuanto a María Paz, montó casa de muñecas en el despacho del Presidente de la OEA, en Washington.

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