EL PARAÍSO TERRENAL DE HENRY MILLER

EL PARAÍSO TERRENAL DE HENRY MILLER

Varios años después de su muerte, acaecida en la remota población de Big Sur, California, Henry Miller todavía despierta entre sus nuevos lectores, una legión de admiradores que han encontrado en su obra a uno de los precursores del destape , movimiento que luego habría de manifestarse de manera más abierta y franca a través del cine, la fotografía, la pintura y la literatura. La incidencia de esta corriente, generada, entre otros, por Miller, obligó después a la sociedad de la posguerra a replantear, explicar y discutir, desde cualquier punto de vista, las relaciones sexuales de hombres y mujeres, sin las ambigedades y los tapujos que rodearon el tema por varias centurias. Sin desconocer la presencia de D.H. Lawrence, con su obra El amante de Lady Chatterley, como un precursor de lo que Henry Miller, Vladimir Nabokov, Ana?s Nin, Erica Jong y tantos otros han escrito con posterioridad, es a Miller a quien se suele identificar con un género que bordea, peligrosamente, los límites en

23 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Nacido en Brooklyn, en el Estado de Nueva York,en 1891, Miller era hijo de inmigrantes alemanes, a quien sus padres le tenían fijado de antemano su destino como sastre, tal como lo habían sido dos generaciones suyas de antepasados. El ideal de aquella familia de desterrados lo constituía, a la sazón, el poseer un taller propio. Miller se rebeló contra esas perspectivas y, tan pronto pudo hacerlo, se empleó en la compañía telefónica local, con el ánimo de labrarse un futuro propio, alejado de su casa paterna. Luego tomó por esposa a su novia de juventud, pero muy pronto terminó desilusionado de ella, por su codicia, por sus inicuos deseos de grandeza, a costa del magro sueldo de Miller, que apenas le daba para subsistir y para pagar la cuentas del extravagante guardarropa de su mujer.

Sexo y romance La edición en idioma castellano de un tomo especial de los diarios de Ana?s Nin, dedicado por la autora a narrar su ménage a trois con Henry Miller y su segunda esposa June Mansfield, nos da la oportunidad para acercarnos a la personalidad, al temperamento, a los ideales de este escritor que revolucionó con su prosa los criterios estéticos de la literatura tradicional. Ana?s Nin, quien padeció el influjo creciente de este hombre apasionado y vital, desde la doble perspectiva de haber sido su amante y su compañera de trabajo literario, nos presenta la otra cara de Miller: la de un ser con un profundo sentido de la bondad, de la ternura, cuya sensibilidad extrema de igual modo lo podía conducir a un romanticismo desaforado que a experimentar estados de aguda depresión. No deja de ser algo paradójico encontrarnos, a través de las páginas de Nin, con un Miller que se comportaba como cualquier adolescente, temeroso de perder el amor y el cariño que le brindaba su compañera, tan diferente en esa actitud con la imagen de un donjuán, desabrochado e insensible, cínico y libertino, que él se encargó de divulgar, acerca de sí mismo, en la mayoría de sus libros.

A partir de sus primeras obras, Henry Miller convirtió sus vivencias en parte esencial de sus libros. Novelas como Crazy Cock, Primavera Negra relatan en gran parte su experiencia personal. Su desmesura verbal, su tono agresivo, irreverente e iconoclasta buscaba, como lo escribiera a Ana?s Nin en el verano de 1932, dejar una cicatriz en el mundo . Si utilizaba la imaginación, era para exagerar en los detalles, para convertir la mentira en una sátira contra su principal enemigo, el espíritu filisteo, para el que tan solo ha existido desde tiempos inmemoriales un lenguaje y un código de conducta: el del éxito económico.

por ti, siempre que cantes con el gallo feliz , fue el lema adoptado por Miller -tomado de Rimbaud-, para expresar su gusto epicúreo por el placer. A su manera, Miller era un esteta que proclamaba y defendía el derecho a la diferencia; a llevar otro modo de existencia, en el cual privara el sentido de la perfección, se defendiera la dignidad del hombre, se reconociera sin reservas la importancia del sexo -algo que Freud ya había advertido desde su perspectiva psicoanalítica-, una visión de la vida, en fin, en la cual los valores del arte, de la imaginación, de la amistad, adquirieran su verdadera y profunda dimensión. De ese fuego interior, aunado a la intensísima relación que lo unió a Ana s Nin por varias décadas, surgió también el otro Miller, el reconocido autor de obras tan polémicas y llamativas como El trópico de Capricornio, El trópico de Cáncer, Primavera negra y la serie de Sexus, Nexus y Plexus.

Bondadoso donjuán En esta obra de Ana s Nin, por el contrario, se percibe la condición tan vulnerable que presenta Henry Miller frente a la mujer, ansioso como cualquier otro hombre de encontrar la plenitud del amor físico y espiritual a través de una sola experiencia. En ninguna parte del relato aparece el tono o la postura desafiantes, incluso despreciativos y machistas, utilizados por Miller para caracterizar a la mujer, recursos a los que acude con cierta reiteración en la mayor parte de sus textos y que desdice, en cierto modo, del valor literario del conjunto de su obra. El Miller que nos dibuja Ana?s Nin es el ser humano que, años después, deleitará a sus lectores en las inolvidables páginas de El tiempo de los asesinos, El libro de los amigos, El coloso de Marussi, tal vez el más bello de sus textos, que guarda cierta semejanza con Zorba el Griego, de Nikos Kazantzakis. En ellos, se proyecta el escritor profundo, conmovido en sus fibras más íntimas por los problemas de su época y los de su entorno físico y espiritual, que manifiesta sin ambages su deseo inmenso por desentrañar las claves de la vida, de la verdad y de la escritura.

El diálogo amoroso entre Nin y Miller es iniciado en París, en la primavera de 1932, cuando Ana s todavía estaba casada con un banquero francés. La relación se ve iluminada por el interés que tanto ella como él profesan por el arte y la literatura. Para Ana s, después de haber llevado una existencia aburrida, sin ningún atractivo de tipo intelectual, que sentía con pesar cómo desperdiciaba su tiempo en la compañía de los amigos de su esposo, cuyas vidas grises no daban espacio para la imaginación, el haber descubierto a Henry Miller era tanto como pasar de las páginas de su diario -su único confidente- a experimentar en vida todos sus sueños y sus anhelos de mujer. No sorprende, entonces, verla cómo estallaba en éxtasis por su amigo, para quien faltaban los calificativos para destacar sus cualidades: Hoy recibí una fotografía de Miller. Fue un extraño sentimiento el haber apreciado con toda claridad su boca henchida, su nariz de bestia, sus pálidos ojos fáusticos, esa mezcla de delicadeza y de furia animal, de dureza y de sensibilidad. Creo haber amado al hombre más importante de nuestra época , escribía alborozada al final de aquella primavera -para ellos- inolvidable y maravillosa.

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