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LUJURIA DEL ODIO

LUJURIA DEL ODIO

El fracaso, a pesar de su obvia sinceridad, de todos los esfuerzos realizados durante la última década para alcanzar esta meta (la de una autoridad supranacional que dirima pacíficamente los conflictos), no nos permite dudar que operan incontrastables factores sicológicos, que paralizan tales esfuerzos. No hay que buscar lejos algunos de estos factores. El apetito de poder que caracteriza a la clase gobernante de todos los países, es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional. Esta avidez política se nutre con las acitividades de otro grupo cuyas aspiraciones son de carácter excluisvamente económico y mercenario. Tengo especialmente a la vista a ese pequeño pero determinado grupo, activo en todas las naciones, que se compone de individuos que, indiferentes a consideraciones y restricciones sociales, miran la guerra, la fabricación y venta de armas, tan solo como oportunidad para satisfacer sus intereses personales e incrementar su autoridad. Pero el reconocimiento de est

Con todo, esta respuesta no constituye una solución completa. Surge otro interrogante: Cómo pueden semejantes elementos despertar en los hombres entusiasmos tan salvaje que puede llevarlos hasta el sacrificio mismo de sus vidas? Solo es posible una respuesta. Porque el hombre experimenta en sí mismo la lujuria del odio y la destrucción. En tiempos normales, esta pasión existe en estado latente; solo aflora en raras circunstancias; pero es tarea comparativamente fácil provocarla e imprimirle la fuerza de una sicosis colectiva. Aquí se encuentra, quizá, lo escencial de todo complejo de factores que estamos considerando: enigma que únicamente el experto en la ciencia de los instintos humanos puede resolver. Y así llegamos a nuestra última pregunta: Es posible controlar la evolución mental del hombre hasta volverlo invulnerable contra la sicosis del odio y la destructibilidad? Aquí no pienso, de ninguna manera, tan solo en las llamadas masas incultas. la experiencia demuestra que es más bien la llamada Intelligentzia la que es más proclive a ceder ante estas desastrosas sugestiones colectivas, puesto que el intelectual no tiene contacto directo con la vida en su estado original, sino que la encuentra en su versión más elemental y sinética: sobre la página impresa.

Para concluir: hasta aquí no he hablado sino de la guerra entre naciones, o de lo que se conoce como conflictos internacionales. Pero estoy plenamente consciente de que el instinto de agresión opera bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en las guerras civiles, por ejemplo, que en otras épocas se debían al celo religioso, pero que ahora obedecen a factores sociales; o de nuevo, a la persecución desatada contra la minorías raciales). Pero mi insistencia en lo que constituye la más típica, cruel y extravagante forma de conflicto entre hombre y hombre, fue deliberada, pues aquí tenemos la mejor oportunidad para descubrir modos y medios que hagan imposibles todos los conflictos armados(...)

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