NOSTALGIAS DE LA NACIONAL

NOSTALGIAS DE LA NACIONAL

Si en la época Gaviria la Universidad de los Andes logró ubicar un buen número de sus egresados en el gabinete, ahora con Samper y en medio de la variedad de procedencias, la Nacional volvió a reivindicar su tradición aportando cuatro ministros (Desarrollo, Salud, Agricultura y Comunicaciones). El viernes por la noche la asociación de ex alumnos del alma mater los homenajeó. Asistieron casi mil personas, y el discurso del ministro de Comunicaciones, Armando Benedetti, que a continuación se transcribe, fue muy bien recibido. Es un testimonio de la Nacional de hace tres décadas en la cual se formaron, y donde encontraron razones para el hoy proyecto social del gobierno samperista.

23 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Es posible que muchas personas, al egresar de la Universidad, establezcan relaciones de distancia con ella, y que por eso reflexionen poco o nada de lo que la Universidad hizo o dejó de hacer por ellas. En lo personal tal cosa no ocurrió, según descubrí hace unas semanas cuando un domingo, luego de superar innumerables obstáculos para ingresar a sus predios, hice conciencia de que en infinidad de ocasiones, desde el ya remoto año de 1967, cuando abandoné sus claustros, había reflexionado una y otra vez sobre la clase de impronta que haber estado allá, le había impuesto a mi vida.

Recién salido del primer conflicto familiar de algún tamaño, que se suscitó justamente por mi decisión de negarme a continuar en la Universidad la educación jesuita que durante 10 años continuos había recibido en los niveles de primaria y secundaria, ingresé por la puerta de la calle 45 a la inolvidable aventura que significaba acceder a una universidad pública, no sólo estremecida por sus conflictos internos, sino convulsionada por los del país, para los cuales tenía y tiene una sensibilidad incancelable, y más en general para los de una década fascinante, repleta de utopías, paradigmas, radicalizaciones y rupturas, acaso sin precedentes.

Eran los tiempos del asesinato de Kennedy, de Luther King y del otro Kennedy; del fracaso de la abortada invasión de Bahía Cochinos; de Fidel, el Ché y Camilo Cienfuegos, de las ingenuas desmitificaciones y la crisis de los cohetes de Kruschev, de la FUN, el sueño y la muerte de Julio César Cortés, Arenas y tantos otros; el tiempo de Camilo aún en la Capellanía, que siempre pareció su lugar equivocado; de Umaña Luna, Fals Borda y el propio Camilo en aquellos inolvidables días de la Facultad de Sociología; y desde luego los tiempos del rock, de la noble y generalizada contestación al aburrimiento cósmico para una cultura consumista que había asesinado la imaginación, prefigurando aquel inminente futuro de los tanques aplastando las rosas y los cuerpos en Checoslovaquia o Hungría, Mayo del 68, las barricadas de París, Daniel el Rojo y toda aquella ilusión provocadora que parecía indicarnos que la llegada de la imaginación a instalarse definitivamente en el poder, era un suceso inevitable, y de la víspera.

Imposible suponer que todo eso fuera en balde. Imposible imaginar que fuésemos los mismos que cuando llegamos. Imposible pretender que habíamos estado aquí, sin rompernos ni mancharnos, a pesar de haber tenido como domicilio al ojo de todos los huracanes de entonces. En el solitario ejercicio de nostalgia de aquel domingo, inventarié todo lo que la Universidad me había hecho a mí. Y concluí esa tarde, como en tantas otras ocasiones en el pasado, que parte si no toda de una pertinaz voluntad crítica que se las arregló durante todos estos días para resistir el asedio de la domesticación, y que a veces parecía un defecto del temperamento, una intransigencia incausada, una falla de la personalidad que impedía articularnos sin desasosiegos al rebaño apacible, había sido cultivada en la Universidad, en nuestra Universidad.

De allí mismo había surgido, casi sin que nos lo propusiéramos, un sentido de los social, de lo de todos, de los que no han tenido nunca voz ni voto; que supo resistir al naufragio que parecía imponerle lo privado, lo insular, lo coyuntural, lo corto-placista, las falsas modernidades, el fin de la historia, la muerte de las ideologías, el asesinato de la metafísica y la homologación de todas las pautas sociales.

Por encima del adiestramiento académico y profesional, eso fue lo que nos llevamos de aquí, no precisamente para colgar de algún muro, sino para que piel adentro se nos instalara una angustia pequeñita, esa que construye sueños para cuando se está despierto y teje sensaciones imperceptibles pero inacabables, de que algo siempre ha estado mal en el valle de las lágrimas.

No podía ser de otra manera. La Universidad Nacional ha sido la universidad pública por excelencia, la que sufre los problemas del país. la que padece el esfuerzo de imaginarse un profesional que se parezca a ese mismo país. La que no estará satisfecha hasta percibirse trascendiendo las fronteras de su insularidad siempre probable y temida. A veces, hemos perdido el rumbo, hemos dado tumbos, hemos tenido que reiniciar y reencontrar el camino. Pero siempre supimos que el extravió sería temporal. Junto a tantas contingencias, también reaparecería, cada vez que todo parecía perdido, ese sentido de la responsabilidad social, ese compromiso con Colombia que ha inspirado siempre su fatigosa marcha. En mi caso, desde la distancia que separa este mundo paramuno de las luces de mi Caribe, es estimulante constatar que el sueño seguía vivo, que la investigación estaba allí más y mejor que en cualquier otra universidad, que se hacían cada vez aportes más concretos a las insatisfechas necesidades del país, y que el debate interno y la autocrítica eran capaces de aislar los extremismos lunáticos y peligrosos.

He personalizado, tal vez, demasiado este pequeño discurso sin pretensiones. Lo hice por respeto a mis colegas de gabinete, a quienes no podía involucrar, sin permiso ni licencia en las vicisitudes del ejercicio de la nostalgia que hice. Estoy seguro, sin embargo, que me acompañan en ésta casi húmeda postulación de que nunca nos fuimos, que el tiempo danzó un poco en círculos, y que apenas somos un calco, en lo bueno, lo malo y lo feo, de nuestra universidad. Eso creo, es el sentido más íntimo de un acto como el de esta noche, y su justificación. Gracias a todos por permitirnos volver a mirarnos al espejo, reconocernos, y alejar de nosotros todo cáliz que resucite la tentación, ahora tan previsible en las estancias del poder, de perder el rumbo.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.