UN JAQUE DEL PRÍNCIPE A LA REINA

UN JAQUE DEL PRÍNCIPE A LA REINA

Ultimamente los escándalos de la realeza se suceden con una regularidad asombrosa en Gran Bretaña. Hace apenas un par de semanas el mayor James Hewitt reveló, por una suma enorme de dinero, las intimidades de su relación con la princesa Diana. Este domingo fue el príncipe Carlos quien confesó, en una biografía en la que colaboró con el autor, que su padre lo obligó a casarse con Diana. El escándalo fue tal que relegó a un segundo plano el viaje de la reina a la Federación Rusa, el primero que hace un monarca británico a ese país antes de la revolución bolchevique.

23 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Pero detrás de este amargo enfrentamiento entre una de las parejas más célebres del mundo y de las ganancias millonarias que produce a la prensa amarillista, que goza de tanto éxito en estas islas, la vida matrimonial del heredero al trono británico tiene importancia en el plano constitucional y no sólo porque Carlos tenía la obligación de dejar un heredero.

El papel de la religión Parece que el divorcio de Carlos y Diana es inevitable e incluso una revista francesa publicó el lunes de esta semana que los abogados de la pareja real ya habían acordado los términos.

La información, sin embargo, fue desmentida por los representantes legales de Carlos y Diana, aunque la noticia, cuando se produzca, no tomará a nadie por sorpresa y más bien aliviará a muchos que creen que las peleas públicas del príncipe y la princesa están minando las bases de la monarquía. Por el bien de la monarquía , dijo el martes Patrick Cormack, un parlamentario conservador, y por el bienestar de las partes interesadas, conviene a todos que pronto se anuncie la disolución definitiva de este matrimonio .

Sin embargo, el divorcio no deja de ser problemático. Por un lado debe tenerse en cuenta que el monarca británico también es el jefe de la Iglesia Anglicana y el defensor de la fe y que la iglesia no vería con buenos ojos que una persona divorciada rigiera sus destinos. No obstante, esto no sería un impedimento insuperable para que Carlos asuma el trono.

Sin necesidad de remontarnos a las épocas turbulentas de Enrique VIII, existe el precedente de Jorge I quien fue coronado en 1714 a pesar de que su esposa estaba en prisión por mantener relaciones con otro hombre y el monarca tenía también una amante.

Además, el obispo de St. Albana, John Taylor, ya indicó que el príncipe Carlos podría divorciarse, volver a casarse y convertirse en jefe de la Iglesia. Al fin y al cabo, el próximo Sínodo General de la Iglesia Anglicana planea aprobar el matrimonio eclesiástico para los divorciados.

Monarquía cuestionada Por otra parte, a falta de funciones claras en la conducción del estado, algunas personas consideran que la familia real por lo menos debería llevar una vida ejemplar y servir de modelo a sus súbditos. El divorcio, además de ser un mal ejemplo para la población en general, lesionaría la dignidad de la monarquía casi tanto como los escándalos.

Sin embargo, en la práctica el divorcio parece ser una necesidad. Si Carlos y Diana no disuelven su matrimonio, cuando Carlos sea rey Diana se convertiría en reina y existirían dos monarcas en competencia por el favor del público. Esto significaría que la lealtad de los súbditos estaría dividida y que la identidad y la unidad nacional estarían en peligro. Pero, además, la existencia de dos cortes paralelas crearía enormes problemas de protocolo. Por ejemplo. Cómo haría un jefe de estado visitante para presentar sus respetos al soberano? A cuál de los dos visitaría sin ofender al otro o a cuál invitaría a su país? Para algunos la solución sería que la reina Isabel siga en el trono hasta que el príncipe Guillermo, su nieto, esté en condiciones de asumir, saltándose una generación y obviando de esta manera los problemas del príncipe de Gales. Esta posibilidad no parece del todo descabellada, sobre todo si se tiene en cuenta que la reina podría seguir en el trono por lo menos 20 años sobre todo si hereda la longevidad de la madre.

Habría que esperar a ver si las nuevas generaciones de la familia real no tienen tantos problemas encontrando una pareja adecuada o si los divorcios, que afectan a más de la mitad de la población británica, también serán comunes entre la realeza del siglo XXI.

Los más radicales, por supuesto, consideran que lo más sencillo sería abolir la monarquía de una vez por todas. Dicen que ésta no es más que una institución anacrónica que cuesta millones a los contribuyentes y que ya no cumple ninguna función que la justifique. Pero lo cierto es que la mayoría de los británicos respalda la monarquía así no simpatice con algunos miembros de la familia real y que el respeto por la tradición, la historia y la continuidad que ésta representa, seguramente primarían si el tema llegara a someterse a referendo.

Históricos escándalos El príncipe Carlos no es el primer monarca británico con problemas matrimoniales pero si el segundo en ser sometido al escrutinio implacable de los medios de comunicación.

Y aunque Carlos se ha quejado de lo tortuoso que fue su matrimonio con Diana, sin duda alguna Enrique VIII es el soberano británico que mayores dificultades ha tenido en encontrar una esposa adecuada. Gobernó de 1509 a 1547, pero pasó a la historia sobre todo porque, en sus esfuerzos por procurarse un heredero, se casó seis veces. Además, mandó ejecutar a dos de sus mujeres, que perdieron la cabeza en el patíbulo, acusadas de adulterio. Enrique, no obstante, no fue inmune a los problemas de regir esta nación siendo un divorciado: ante la negativa papal de concederle el divorcio de su primera mujer, Catalina de Aragón, desencadenó la crisis que llevó a la creación de la Iglesia de Inglaterra.

Un poco más de 200 años después, en 1714, subió al trono Jorge I, a pesar de que estaba divorciado de su mujer, Sofía Dorotea de Celle. Sofía Dorotea también fue acusada de adulterio y murió después de pasar 32 años en prisión. Lo curioso del caso es que la infidelidad no fue inconveniente para que Jorge reinara muchos años sin ningún problema; los problemas surgieron cuando sus dos amantes alemanas y el propio rey se vieron involucrados en un escándalo financiero.

Pero ninguno de estos monarcas debió lidiar con la prensa, y lo más probable es que la inmensa mayoría de sus súbditos nunca se enterara de las vicisitudes de la vida sentimental de sus soberanos. Sin embargo, en épocas más recientes llama la atención el caso de Eduardo VIII, más conocido como el duque de Windsor. Eduardo tuvo que abdicar al trono en 1936, menos de un año después de su coronación, por la presión de la Iglesia de Inglaterra, que se opuso con vehemencia a sus deseos de contraer matrimonio con Wallis Simpson, una estadounidense divorciada dos veces. La relación de Eduardo con la señora Simpson había sido comidilla de la prensa de los Estados Unidos y del continente europeo por varios años, hasta el punto de que estos periódicos fueron censurados por un tiempo en Gran Bretaña, y sin duda esta cobertura influyó en el rechazo británico a Mrs. Simpson.

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