AL SUEÑO LE BROTARON ALAS...

AL SUEÑO LE BROTARON ALAS...

Y el pájaro de viento afinó su vista y tuvo la certeza de que el cielo en donde deambulaban libres los ángeles, los arcángeles y las aves, ya no era de su exclusiva propiedad. Unos humanos estaban haciendo algo para lo cual su naturaleza no estaba dotada: volar. Lo habían intentado muchas veces, quizás soñando con el vuelo imaginario del pterodáctilo en medio de la atmósfera convulsionada de los primeros tiempos, o con el ritual de vida de un águila, acezante, tras la presa que a cientos de pies de altura parecía huir.

23 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Dédalo, el de las manos ágiles y la mente clara, e Icaro -su hijo-, en la locura de las alas de cera, lograron huir de Creta hacia Italia para librarse de la cárcel del rey Minos, pero Icaro en su desobediencia, o quizás en el mágico delirio por la contemplación de un cielo nunca antes visto, se acercó demasiado al sol, sus alas se derritieron y se desplomó a otro azul infinito, el del mar. Nunca encontraron su cadáver...

Leonardo Da Vinci se batió la cabeza buscando que su aparato lograra trascender su indigna condición terrenal, y muchos otros en la imitación del albatroz tras los navíos o de la gaviota con olor caribe, se jugaron la vida detrás del sueño. Incluso, la construcción de un frágil avión de papel, se convirtió, a escala, en la pequeña realización del anhelo, en el primer paso hacia vuelos más reales.

Tuvieron que llegar Wilbur y Orville, los hermanos Wright, en 1903, para lograr volar con un aparato más pesado que el aire. Pero no era suficiente con el avión. Se estaba volando, pero quien lo hacía en verdad era una máquina.

El hombre necesitaba una sensación de vuelo más real, más certera, algo así como sentirse parte del viento y de la altura y compartir sus secretos más recónditos.

Por ese sueño no faltó quien diseñara estrambóticos aparatos parecidos a un murciélago de tela y se lanzara al vacío, o aquel que en su delirante primer vuelo se arrojara desde la torre Eiffel con el convencimiento íntimo de que así estuviera muerto había volado.

Ellos y muchos otros fueron los pioneros, los que a golpes de valor y muerte araron en el cielo y encontraron tierra fértil en las alturas, allí donde la vida tiene otro sentido y el viento se convierte en una canción de silencio.

Allí, en ese azul sin nombre, en el trajín cotidiano de las corrientes de viento, en el antiguo patio de recreo de los dioses, está el verdadero reino de ellos, el verdadero país de los descendientes de Icaro...

El uniforme y la cometa La estructura de una cometa está construida con una material llamado duraluminio, bastante liviano pero ultrarresistente, el mismo que se utiliza en los aviones, y por una tela sintética que tiene un recubrimiento especial que la hace impermeable y la protege de los rayos ultravioleta del sol.

El uniforme básico de un cometista está integrado por un overol térmico, unas botas para proteger el tobillo en el momento del aterrizaje, radio para comunicarse con otros cometistas y con tierra; un paracaídas pequeño, en caso de emergencia, y un casco con orificios en los oídos, para permitir que se tenga noción de la velocidad a la que vuela a través del sonido que hace el viento al chocar con la estructura.

A esto se le suman altímetros, cronómetros, brújulas, entre otros aditamentos especiales para la navegación aérea.

Como disciplina deportiva hay diferentes modalidades: triangulación, que consiste en pasar por unas boyas y tomar fotografías a su paso en el menor tiempo posible; distancia abierta, en donde se mide la longitud recorrida desde un mismo punto; duración; precisión y acrobacias, entre otras.

Hay distintos tipos de cometas, según el grado de habilidad, la experiencia del cometista, e incluso el tamaño de él.

El vuelo metálico de los hombres pájaro Quizás una de las sensaciones más cercanas al vuelo de un ave sea el cometismo, y más cuando se tiene pleno dominio de la estructura de duraluminio y tela sintética de la que el deportista pende.

La cometa entonces, deja de ser un aparato ajeno al cuerpo humano, para convertirse en una extensión de él, en las alas de las que el género humano no fue dotado.

Esto, sumado a las corrientes dinámicas de aire, especialmente las cálidas y ascendentes que se forman cerca a los cerros, son los materiales básicos para practicar uno de los deportes más emocionantes y coloridos que el hombre actual puede disfrutar.

Imagínese que usted está volando en cometa, con un paisaje espectacular abajo, y que de pronto se alínea a su derecha un águila, y lo mira con esos ojos profundos... Cuando están empollando atacan a las cometas. Esa es una experiencia única , cuenta Roy Schnemann, cometista miembro del Club Vuelo Libre, de Bogotá, como transportándose al sereno paraje del Neusa, en donde tuvo la oportunidad de compartir vuelo con una de las aves más majestuosas.

Allí es donde se hace presente uno de los aspectos más interesantes de este deporte: la parte espiritual.

Muchos cometistas señalaron la comunión con el cosmos que se establece cuando se está volando, e incluso se refirieron a que su vida cambió a raíz del hecho de tener una perspectiva diferente del mundo desde las alturas. Algo así como un perfecto equilibrio interior.

Pero esto costó muchos sacrificios y muchas luchas contra la gravedad.

Por allá en los años setenta, y en sintonía con los avances y nuevos descubrimientos en aerodinámica y aeronaútica que hicieron posible, entre otras cosas, la llegada del hombre a la luna, y el perfeccionamiento de los aviones, el tema del vuelo libre volvió a ponerse de moda.

Muchas personas interesadas en el vuelo se dieron a la tarea de diseñar aparatos no mecánicos que se pudieran sostener en el aire y que tuvieran la posibilidad de ser dirigidos en sus movimientos por el hombre.

La NASA contribuyó a esto cuando diseñó una máquina que permitía que luego de los viajes espaciales, las partes de las naves, cohetes, y otros aditamentos, pudieran descender suavemente en el regreso a la tierra.

Luego el diseño de las telas sintéticas, especiales para las travesías espaciales, y que posteriormente se utilizaron en asuntos más cotidianos como la ropa y los veleros, dieron otro ingrediente importante al cometismo.

Uno de los pioneros de esta nueva actividad fue Bill Mayes quien con sus diseños logró buenos resultados e hizo aportes significativos.

Con el tiempo se fue perfeccionando la construcción de este tipo de aparatos para volar, hasta el punto de que en la actualidad son verdaderas aeronaves, armadas con los últimos avances en materiales y diseños que garantizan la seguridad de los practicantes.

A Colombia llegó el deporte como han hecho su arribo muchos de los avances mecánicos de la humanidad, a través de la revista Mecánica Popular.

Pioneros como Santiago Matallana o Guillermo Belalcázar, entre otros, se encargaron de darle forma al sueño de volar en Colombia, a punta de porrazos y decepciones, y a fe que lo lograron, pues a pesar del corto tiempo que lleva esta actividad en el país, ya se practica en las principales ciudades.

Clubes como Vuelo Libre, en Bogotá y Los Buitres, en Cali, se reúnen los fines de semana para compartir la experiencia y armar un paseo sensacional.

Una experiencia sin igual, porque volar es lograr el equilibrio espiritual, tanto en la tierra como en el cielo.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.