LA GRANDEZA DE CUERVO

LA GRANDEZA DE CUERVO

El caso del castellano en América encontró en don Rufino José Cuervo un estudioso que, hasta donde se nos alcanza, no ha sido superado por ninguno otro. Es excepcional el caso de una lengua que llegue del otro hemisferio, y al doblar su vida, esté hablándose en dos mundos en donde todas las cosas, o la mayor parte de ellas y de los pueblos a que se refiere, corresponden a dos naturalezas diferentes. El español que llega a América trae 500 años de estar hablando sobre algo que no va a encontrar en el Nuevo Mundo, a donde se traslada con el ánimo de cambiar su vida y de fundar una sociedad diferente. No es lo mismo estar sembrando trigo, bebiendo vino y comiendo carne de vaca que pasar a América a comer tortillas de maíz, sembrar papa y comer carne de iguana. A los 500 años, todavía en el interior de América se sigue viviendo la experiencia de encontrarse el europeo en un ambiente en que cada objeto vivo es distinto del que dejó en el Viejo Mundo. Todos sus trabajos se relacionan con est

10 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Lo primero que resalta en esta obra gigantesca, que dejó apenas iniciada, fue cambiar las autoridades tradicionales para reconocer que quien tiene poder de enseñanza es quien maneja la lengua. El Diccionario de Construcción y Régimen es el primer monumento de la lengua americana. Como eran libros de autoridades, los diccionarios españoles se apoyaban en Lope, Calderón, Quevedo, Gracián, Fray Luis de León, o Cervantes. En el diccionario americano las citas que se presentan son las de quienes escriben con la materia que aquí se produce. Resulta una lección de valor incomparable abrir en cualquier parte el libro que ha presentado el Caro y Cuervo al cabo de los 500 años de la fundación de América para ver hasta qué punto el ejemplo de don Rufino ha calado en el Instituto Colombiano, con Ignacio Chávez a la cabeza.

Las autoridades que se citan son hoy obvias para quien trabaja con el idioma español en el mundo americano. Sarmiento, Isaacs, José Eustasio Rivera, José Asunción Silva, Mariano Azuela, García Márquez, Ciro Alegría, Rómulo Gallegos o Uslar Pietri están citados cien veces como autoridades de la lengua en el nuevo diccionario. Con toda razón. Sobre las cosas nuestras nada tienen que decir ni Lope, ni Quevedo, ni Calderón, ni Fray Luis de León, ni Fray Luis de Granada. Autoridad viene de autor, y los autores nuestros son los que han visto y tenido cerca el desarrollo de nuestros países. Lo mismo en toda América. Los traductores franceses no traducen las novelas americanas del inglés, sino del americano. Y en realidad lo nuestro no lo ha escrito ningún castellano.

Pérez Galdós escribe en España Doña Perfecta; Gallegos en Venezuela Doña Bárbara. Cada cual en su tierra es el autor y la autoridad. Y esto lo vio don Rufino con una claridad absoluta. La obra maestra del colombiano estuvo en haber creado conciencia de esta realidad nuestra y haber dado esa dirección definitiva a la Academia Colombiana. Con lo cual se ganó el respeto de las autoridades europeas, empezando por las españolas. El enriquecimiento de la lengua, al multiplicarse los elementos de trabajo y los campos de esparcimiento, le da unas dimensiones inesperadas, y el propio don Rufino veía con zozobra este riesgo para la unidad del idioma. Que hubiera sido mortal, si se hubiera insistido en una filosofía de crudo imperialismo lingístico que cerrara las salidas democráticas del idioma. En este sentido la apertura hispanoamericana tiene que registrarse como la mejor contribución a la revitalización del idioma en una dirección que, en rigor, no es castellana. Cuando don Andrés Bello hizo la gramática para el uso de los americanos, antevió esta circunstancia, porque ya en ese momento había clara conciencia de lo que iba a ser la independencia de América para el idioma. Pero la orientación decisiva la dio don Rufino José Cuervo, poniendo todo el peso de su conocimiento científico en favor de las autoridades americanas.

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