UN POETA EN LA PUBLICIDAD

UN POETA EN LA PUBLICIDAD

Se tiene la idea -entre quienes no tienen ideas-, que el poeta es un ser alejado del mundo, tan alejado que hasta el comer y vestir y viajar son necesidades ajenas a su voluntad; apenas si se le respeta el apetito por la bebida, y en ocasiones el del sexo sin que se le abone el que tenga que invertir en la seducción. Que coma un poco de pasto, beba del vaso del vecino, vista lo que le caiga, que siempre hay muertos de la misma talla, y viaje en sus sueños. Qué necesidad tiene el poeta de plata, piensa la sociedad, si tiene el oro de la imaginación? Pero como el poeta no es bobo, no se limita a leer a sus clásicos y modernos en las bibliotecas del barrio. No se transa con la contemplación de las nubes viajeras ni de las musas intocables. Si hay algo que ame el poeta son los placeres del mundo, que es el estadio donde canta. Le encantan las bufandas de seda, los autos deportivos, las mujeres llenas de anillos. Un pato a la naranja ingerido por un poeta puede inmortalizar a un chef de

10 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Siguiendo las huellas de Neruda por Europa, poeta comunista como pocos pero tan enamorado del pueblo que nunca sufrió de inapetencia, y las del otro escritor de las mismas tendencias Miguel Angel Asturias, uno se queda aterrado de su capacidad para devorarse el mismo jardín de las delicias. Y hay que ver que el triste de Rilke andaba de palacio en palacio y de duquesa en duquesa. Y quien haya compartido la mesa con Alvaro Mutis, comprenderá que no todo en la vida es pargo, ni todos los blodymaries son como los pintan.

Los poetas de lo que termina de siglo han encontrado en la publicidad su reino y su regocijo. En primer lugar, tienen cómo emplear su dominio de la palabra hacia el engatuse de un amplio público de lectores, que muy difícilmente lograrán a través de sus libros. Poder decir de un producto, por ejemplo, que es la mano de Dios en un frasquito, es hallazgo que lo emparenta con el genio del culebrero, poeta popular en busca de la excelencia.

Trabaja el poeta en la publicidad con algo que le es más caro que el cuerpo y es la imaginación. A la que debe añadir la originalidad y la novedad. Está rodeado de estruendosas modelos que son la personificación y deificación del producto. Geniales dibujantes ilustran sus propuestas. Los directores de radio le hacen decir más cosas de las que dice con sus efectos sonoros. Directores cinematográficos dan movimiento a sus ensueños. Pero ante todo, aprende de los ejecutivos que el público universal no existe, sino públicos objetivos. Y cuando el poeta sabe que para que se asimile su mensaje debe dirigírselo a alguien determinado, (y no a todo el mundo como cuando se dirige a sí mismo) con seguridad que va a trascender en su obra.

Cómo no va a trascender, con su chequera blindada, que lo defiende de las ofensas del capital y de la caspa de sus malquerientes.

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