UNA PINTURA DE DÉBORA ARANGO

UNA PINTURA DE DÉBORA ARANGO

Hubo una mujer, por allá en los años 30, que fue demasiado atrevida para la época. Es ella Débora Arango, la primera que se lanzó a pintar desnudos. Pero Quién es, cómo fue su momento? En fin, aquí un retrato de su vida. El nueve de abril, Débora Arango no se fue a la calle a gritar contra los asesinos de uno de los pocos hombres que había entendido su obra. Tampoco fue a la iglesia a pedir por la salvación de Colombia, a pesar de que nadie puede discutir que era una de las más católicas de la parroquia de San José en el centro de Medellín.

11 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Ella, que prefería ir directamente a observar la vida en calles, hospitales, manicomios, trenes, cárceles y bares, ese día se dejó llevar por la voz de la radio, y pintó su Masacre del 9 de abril.

En el estudio de su casa, en Medellín, su radio Phillips le contó la historia. En pleno Bogotazo , la pintura volvió a ser su respuesta, como lo había sido siempre que quería expresar algo; como lo fue desde los 15 años, cuando la religiosa María Rabaccia la hizo caer en la cuenta de la pintura era lo suyo.

Por eso fue que el nueve de abril, no dudó en tomar sus acuarelas, y mientras la radio repetía una y otra vez que el pueblo subía al poder, que había linchamientos en la calle y caos, Débora pintó la historia.

Cuarenta y cinco años después, este episodio es uno de los pocos que Débora Arango cuenta. No quiere hablar. Se acostumbró al silencio al que decidió entrar hace más de tres décadas. No pinta, porque a sus 84 años la artritis es inclemente.

Es también ahora, cuando los reconocimientos empiezan a llamar a la puerta de su casa, Casablanca, en las afueras de Envigado.

Antes no fue así.

Dos cosas no le perdonaron los reaccionarios de la época a Débora Arango: su pintura y que, siendo mujer, se atreviera a pintar todo lo que pintó. Aún así, nunca consideró la posibilidad de dejar el arte. Ni siquiera la intimidó que Laureano Gómez se viniera contra ella desde el Congreso; tampoco que el generalísimo Francisco Franco mandara a descolgar su exposición en Madrid o que la iglesia le advirtiera de una posible excomunión.

Todo el escándalo empezó en 1939, cuando ella iba entrando a los treinta. Dos de las nueve obras que Débora Arango escogió para exponer en la muestra de la Sociedad Amigos del Arte, en el Club Unión, eran desnudos: Cantarina de la Rosa y La Amiga.

La invitación era clara: sólo participarían profesionales. En el almacén de Ramón Peláez & Cia. se inscribieron los artistas; sólo 14 fueron seleccionados. Ahí estaba Débora, y estaba también su primer maestro, Eladio Vélez, el que le enseñó a dibujar. Y por encima de Vélez y de Ignacio Gómez Jaramillo, otro de los 14, Débora Arango se llevó los cien pesos del premio. Si no hubiera ganado, a lo mejor el periódico antioqueño La Defensa no se habría venido contra ella con comentarios de este corte: ...obra impúdica que ni siquiera un hombre debiera exhibir... Dignos de figurar en la antesala de una casa de Venus .

Los visitantes del exclusivo Club Unión, epicentro social del Medellín de comienzos de siglo, enviaron cartas y volvieron los cuadros comidilla local. Hasta los mismos artistas hicieron parte del juego. Impúdica e inmoral, fueron apenas dos de los calificativos.

Débora dio una respuesta que por años siguió siendo su bastión: Tengo la convicción de que el arte, como manifestación de la cultura, nada tiene que ver con los códigos de moral. El arte no es amoral ni moral. Sencillamente su órbita no intercepta ningún postulado ético. Un cuerpo humano puede no ser bello, pero es natural, es humano, es real, con sus defectos y deficiencias. Por otra parte, no se debe tener un concepto superficial de la belleza .

Señales particulares Cantarina de la Rosa, La amiga y los desnudos posteriores produjeron más escándalo que cualesquiera de los otros cuadros, en los que Débora Arango mostraba más: violencia, marginalidad, hambre y miseria.

Desde que decidió convertirse en una artista independiente y soltarse de su segundo maestro, Pedro Nel Gómez, el que le enseñó a pintar, Débora optó por darle humanidad a la pintura, y quiso que su arte interpretara lo que llamó el anhelo de las masas .

También en eso fue distinta. Su pintura se alimentó de los marginados, los migrantes, los callejeros, los locos, los presos, los trasnochados, las prostitutas, las sirvientas y los policías. Nadie les había puesto el ojo antes. Para el arte, como para la naciente burguesía, ellos no existían. Hasta Débora Arango, las señales particulares de El amanecer eran los colores pálidos y la montaña tempranera. Desde ella, El amanecer fue otro: era encontrarse a las cinco de la mañana en un bar de mala muerte.

Medellín acababa de entrar en el circuito de la industria. De la noche a la mañana la ciudad se vio llena de migrantes, que en la mayoría de los casos confluían en los hoteles del siempre mítico barrio Guayaquil. Hasta allí llegaba Débora y con el pretexto de hacer una llamada telefónica observaba los nuevos visitantes, sacaba su pequeño block y hacía apuntes que después en su casa convertía en óleos o acuarelas (como no conseguía grandes pliegos para trabajar la acuarela, empataba varios pedazos y las hacía en gran tamaño).

Débora buscaba la vida en sus lugares de origen, fue ella quien trajo lo urbano a la pintura. No dudó en entrar a una cárcel para ampliar su visión; tampoco en madrugar al Matadero Municipal para pintar Matarifes, o, para pintar a los enfermos, contó con el apoyo del director del manicomio y allí fue a hacer bocetos. Si en el camino a Casablanca, donde tenía a sus abuelos, veía algo que le interesara pintar, detenía su carro y hacía los apuntes. Quienes la defendieron no vieron incompatibilidad alguna en estos gustos con su feminidad, Débora es una dama dijeron y dicen todos.

Rumor o verdad, alguien dice que no llegó a casarse porque sus pretendientes le dieron como ultimátum el amor o los desnudos. Estos últimos fueron los vencedores.

Esa vocación y ese profesionalismo los conocía la esposa de Jorge Eliécer Gaitán, quien había sido vecina suya en Medellín. Así que para comienzos del cuarenta, cuando Gaitán era ministro de educación, presentó a la artista en el Teatro Colón.

Con las obras, el escándalo también se expuso en Bogotá. Laureano Gómez, desde el Congreso, criticó al ministro por semejante exposición y dejó constancia de su desacuerdo en El Siglo: ...las acuarelas son un desafío al buen gusto y constituyen un irrespeto para el aristocrático lugar donde se exhiben .

La prohibición sólo consiguió una alta dosis de curiosidad: algunos estudiantes del San Bartolomé, a escondidas de sus profesores, se metieron a ver los cuadros, que a diferencia de todo lo que llegaba al Colón, les habían prohibido visitar.

Posterior a esa exposición es que algunos ubican una hermosa anécdota de la pintora. Una amiga suya, un día antes de partir para el convento, posó desnuda para uno de sus cuadros. Cierto o no, Débora Arango también planteó una nueva relación de la mujer con la sociedad, tanto como tema de la pintura y como ser humano.

Quizás en el fondo toda mujer tiene algo que ocultar; debe mostrar una apariencia pura y santa para que le permitan vivir la vida. Si se muestra tal y como es, tal y como siente, seguramente terminará siendo rechazada. La obligan a una máscara y por eso vive oprimida. A lo mejor, lo que mi pintura intenta es desentrañar un paganismo oculto en cada una .

Mujer desnuda Entrados los años cuarenta, Débora Arango vivió el tiempo más intenso de su pintura. Fue una época en que dejó para la memoria las escenas del tren; los braceros de Puerto Berrío; los bebedores del centro de Medellín, y la mujer, con todo eso que puede ocultar, en distintas facetas: madre, amiga, novia, religiosa, adolescente, virgen... Ningún hombre se había atrevido a pintar aquello, y mucho menos alguna de las otras mujeres artistas con quienes Débora estudió.

Su cuadro Adolescencia volvió a regar el escándalo. Expuesta en el Museo Zea de Medellín, la obra no escapó a los ojos de Monseñor García Benítez que, bajo amenaza de excomunión, le prohibió pintar más desnudos. El Arzobispo la interrogó y le recriminó por su obra; Débora respondió preguntándole si había llamado ya a Pedro Nel Gómez, que también exponía desnudos. Es que él es hombre , dijo el Arzobispo, y Débora le devolvió: No sabía que existieran pecados de hombres y pecados de mujeres .

No fue excomulgada, por mediación de los jesuitas y del sacerdote de la parroquia donde vivía. Contó con el apoyo de ellos, y además con el del escritor Fernando González, amigo y vecino (Casablanca, entonces lindaba con la finca de Otraparte, donde siempre vivió el filósofo). Tan amigos eran que en una ocasión él le dijo que lo pintara pero no me vaya a pintar desnudo porque nos matan a los dos .

Apoyo tampoco le faltó en su familia, contó sobre todo con el de su padre, Cástor Arango, y el de sus seis hermanas, porque entre los cinco hermanos, uno que otro le reprochaba la ausencia de vestidos en sus cuadros.

Fue con una de sus hermanas, Elvira, con quien se fue a Estados Unidos y luego a México a estudiar muralismo, porque su sueño de artista era hacer murales. Pero ese ideal se quedó cortico: sólo logró dar vida a uno, en 1948, en la fábrica de Trasempaques, ubicada en el barrio de la Floresta, al noroccidente de Medellín. De esa obra sólo quedan los estudios, porque nadie sabe si el muro ya fue derruido o si una capa de cemento esconde los tonos fuertes en amarillo y en verde con los que Débora Arango representó el corte del fique.

El año de 1948 también marcó para ella el inicio de una serie de obras sobre política. La violencia que desencadenó la muerte de Gaitán, las negociaciones entre políticos, la dictadura de Rojas Pinilla y, finalmente, el Frente Nacional, hicieron que volcara buena parte de su energía artística hacia ese tema. Y que, en lo que algunos ven como una alusión a Goya, creara un mundo animal para representar con batracios las figuras de la política colombiana.

Se fue a Londres y a España con buena parte de esas obras, y permaneció fuera de Colombia hasta mediados de los cincuenta. En Madrid logró colgar sus obras por un día, pues aunque la exposición estaba programada para varias semanas, también a los ojos del generalísimo Franco aquellos cuadros no debían verse.

Al volver a Colombia, consiguió presentar sus obras en la Casa Mariana de Medellín. Era su primera individual en el país y, ni siquiera así logró que el público la viera: la polvareda en medio del levantamiento contra Rojas Pinilla dio por clausurada la muestra. Y aún con los desórdenes que hubo, Débora se fue hasta ese edificio en el centro de la ciudad y rescató personalmente sus diez óleos y 25 acuarelas.

Pero no abandonó el tema político. Es más, su último cuadro conocido, de 1975 aproximadamente, y que dejó sin terminar, es el de Belisario Betancur en hombros de Doña Berta.

Débora Arango no volvió a pintar. Pero es su arte lo único que la hace sonreír. No han faltado razones: el Premio de las Artes y las Letras de la Gobernación de Antioquia, que recibió hace diez años; las retrospectivas en la Biblioteca Pública Piloto y en el Museo de Arte Moderno de Medellín (entidad a la que donó más de 250 cuadros) y la Cruz de Boyacá que hace dos meses recibió.

El arte empieza a devolverle la inversión de toda una vida, en medio de la poca figuración. Un anonimato al que también le puso la firma al hacerse sólo un autorretrato, aquel en el que aparece sentada en las piernas de su padre, y que es uno de los pocos cuadros que decidió conservar en su refugio de Casablanca.

Fuentes: Jesús Gaviria, curador del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM).

Alberto Sierra, crítico de arte.

Beatriz González, artista.

Darío Ruiz, crítico de arte.

Vedher Sánchez, director de la Casa de Cultura de Envigado y amigo de la artista.

Tulio Ravinovich, MAMM.

Gustavo Arbeláez, amigo de la artista.

Cecilia Londoño, sobrina de la artista.

Fundación Antioqueña de Estudios Sociales (Faes).

Libro Débora Arango, (Benjamín Villegas Editores).

Entrevista de María Cristina Laverde con la artista, en la revista Hojas Universitarias, de la U. Central.

Catálogo de prensa sobre la artista. MAMM y Biblioteca Luis Angel Arango.

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