SOFRONÍN: UNA CANCIÓN TRAS OTRA

SOFRONÍN: UNA CANCIÓN TRAS OTRA

Antes de verlo cantar en persona, Sofronín sólo era un nombre; un nombre con la necesaria sal del trópico, como escapado de un poema de su compatriota Jorge Artel. Los amigos que me facilitaron su nombre me permitieron escuchar, en cinta grabada circunstancialmente, una versión suya del vals peruano. Amarraditos. Quizás en ese instante ya Sofronín debía estarse disponiendo a tomar el avión para La Habana escoltado por su ingenioso alabardero Alberto Ospina, conocedor como pocos de la canción moderna latinoamericana. Fue así como de pronto, pudimos descubrir ese acontecimiento que ha sido entre nosotros la estancia y la presencia y la voz de este extraordinario artista. Como ha expresado el escritor Daniel Samper Pizano: Eso es Sofro. El mejor bolerista de Cartagena y de Colombia y uno de los más buenos de América .

16 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Una canción tras otra. La guitarra suena de una manera desconocida, como si su sonido brincara por encima de las murallas de Cartagena. De qué otro sitio podía venir ese aire cálido, asonantado, tejido por el polvo del camino; un polvo incrustrado en las seis cuerdas de la guitarra de Sofronín Martínez Heredia? Así se llama este pequeño juglar de alma inmensísima que ha aparecido en la noche habanera como una estrella fugaz. Escucharlo es una experiencia que jamás se repite. Las veces que lo disfruté -fuese en un escenario o en un patio familiar- me conmovió hasta el último pelo. Una vivacidad y una ternura inusitadas residen en él como cosa de todos los días. Hay una brisa que nos trae ese modo suyo de entonar melodías continentales y una canción de Charles Trenet ( Qué queda de nuestros amores?). Nada se parece a Sofronín. Porque Sofronín sabe comunicar el alma escondida de la costa y es un perfecto rey de esa sensibilidad que tiene como denominador común al bolero que vuela desde los muelles a los palacios amurallados y a la tibieza nocturna cerca del mar. Sofronín se acompaña con una guitarra que resume en sí misma una tradición y una ruptura: usted presencia un acompañamiento de serenata y usted percibe un acompañamiento tan peculiar y expresivo que quien escucha puede creer que oye el lento partir de los trenes en un andén lejano. Guitarra en mano, es un espadachín y entra y sale de la melodía como quien va a paseo para desconcierto de los que escuchan.

Sofronín es único aunque recuerde física y espiritualmente al cubano José Antonio Méndez, inventor del filín y de tantas canciones misteriosas en su profundidad; aunque acuda a su encuentro, sin aviso, bola de nieve, con su frac y su sonrisa. Sofronín Martínez Heredia expresa el ser costeño, la esencia del Caribe, de ese Caribe escondido en el fondo de los enigmas bajo el océano. En Sofro, Cartagena se vuelve La Habana y La Habana regresa a Cartagena. Nadie puede dudarlo.

Escucharle cantar Quiéreme y verás, Si me comprendieras, Novia mía (todas de José Antonio) o Vete de mí (en la versión de Bola) es reconocer la unidad que nos define y gobierna. Escucharlo tocar en su guitarra bambucos milenarios dichos a su modo es reconocer la combustión de la que hemos nacido en América.

Sofronín nuestro. Sofro. Fiel negro de oro fino. Vuelve a cantar. Vuelve a encantarnos. Vuelve para hechizarnos otra vez. devuélvenos sin prisa la razón de ser, la razón de vivir.

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