HENRY DIAZ VARGAS

HENRY DIAZ VARGAS

Después de escribir, ser mensajero es el mejor oficio que ha tenido. Llegar a un banco y encontar una larga fila era una bendición. Eso significaba poder leer por lo menos cinco páginas del libro que tuviera entre manos. Así fue como logró leerse Cien años de soledad. Leyendo las historietas de vaqueros, del Punto Rojo, Silver Kane y otros comics mexicanos que tenía su tío, y las novelas de Corín Tellado de su hermana, fue como se convirtió en un buen lector.

02 de noviembre 1992 , 12:00 a.m.

Claro que con el tiempo se pulió. En el colegio (estuvo en varios porque a su papá, un obrero del ferrocarril, lo trasladaban frecuentemente) comenzó a leer los clásicos españoles, la poesía de Porfirio Barba Jacob y las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer.

Ahí fue cuando le dio por querer ser novelista. No fue a la universidad para aprender. Creó su propio método: estudiar a fondo el teatro de Shakespeare, Lope de Vega y Tirso de Molina para aprender a manejar a la perfección los diálogos, que son la fuerza de una novela.

Concentrado en su estudio, terminó cambiando de rumbo y su primera creación fue una obra de teatro. De eso hace unos 25 años y ya son diez los dramas publicados, siete los que tiene por ahí guardados, un libreto para televisión y otro para cine realizados.

Con dos de ellos ganó hace seis años el Premio Nacional de Dramaturgia de la Univesidad de Antioquia por El cumpleaños de Alicia, y la semana pasada el Premio Nacional de Literatura de Colcultura en dramaturgia con La sangre más transparente.

Pero Henry Díaz Vargas no se contentó sólo con saber escribir. Hasta hace cinco años también era actor en el Pequeño Teatro, que ayudó a fundar hace como 15 años.

Y aunque le hizo el quite a la universidad, terminó entrando a clases, pero como profesor sin haber sido nunca alumno.

Escribiendo es como este paisa que nació hace 44 años en Armenia deja de ser adulto. Ese mundo de racionalismo, donde se pierde la capacidad de soñar y de crear ilusiones, a veces le produce urticaria. Es que todavía cree en sirenas.

Es un soñador, a pesar de ser del signo Leo. Por eso también le gusta leer su horóscopo y que le lean las cartas. Sólo cree en la cosas bonitas que le digan. Sin embargo, en algo se le nota lo Leo: es muy fiel a sus amigos, aunque tiene pocos. Tanta viajadera de chiquito no lo dejaba entablar amistades.

Con los que tiene le basta para reunirse a escuchar boleros y jazz, acompañados por una botella de ron. O para arreglar el país en largas discusiones que terminan al amanecer.

Este dramaturgo es padre de centenares de hijos que ha formado con carácter propio e independencia. Pero en realidad sólo dos son totalmente suyos: los que tiene con su esposa.

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