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Profesión: Papá Noel

Profesión: Papá Noel

A diferencia del Papá Noel de la fantasía, Juan Gabriel Caicedo, su doble bogotano más fiel, no tiene una fábrica de juguetes, ni cientos de duendes que diseñan y empacan regalos al ritmo de músicas alegres.

Este diseñador bogotano de 51 años, al que adoran los niños y al que familias enteras persiguen por una foto en el centro comercial Hacienda Santa Bárbara, es un asalariado más que ingresó en el amplio listado de papás noeles desde hace ocho, más por rebusque que por pasión.

Sin embargo, se adueñó del papel y decidió ser el mejor Santa Claus de la ciudad y por el efecto que produce en niños y adultos, parece que lo ha logrado con creces.

En vez de asistentes gnomos tiene a su esposa, Elizabeth, quien le alista su ajuar, y a sus hijas adolescentes, Laura y María Alejandra, que lo consienten como si fuera un muñeco de peluche.

Y a cambio de reno tiene a Lucas, su gato; y en vez de trineo, tiene un amigo taxista que lo recoge y lo lleva a donde necesite ir.

“Empecé por casualidad. Acababa de dejar mi trabajo y los ahorros se estaban acortando, entonces al ver tanto Papá Noel mal vestido y con almohadas como barriga, decidí arriesgarme pero con la idea de ser el mejor”, afirma.

Entonces se dejó crecer el pelo rojizo y la barba castaña, las decoloró y le pidió a su hermana, que vive en Estados Unidos, que le enviara un buen traje navideño.

“Al principio me pagaban por foto tomada, pero decidí no ser un mercader de la Navidad y que me pagaran un sueldo normal. Mi idea era poder hablar con los niños el tiempo que ellos quisieran, sin las presión de una fila o algo así”.

Así trabaja desde hace siete años. Tranquilo, sin afanes, se sienta en su trono y con la paciencia de un monje, espera a que los niños lleguen a él.

“Pero lo curioso –afirma– es que no solo vienen niños. También, grupos de adultos, que se sorprenden al verme. Incluso, hay señoras que lloran de la emoción y me dicen que estoy santificado”.

Recuerda con nostalgia a un joven ciego, de 23 años, que le palpó la cara minuciosamente y acarició sus barbas antes de tomarse una foto juntos que nunca iba a ver.

O a la niña con cáncer cuyo sueño era conocer a Papá Noel y que murió pocos días después de una visita a una fundación de pequeños con leucemia, en Bogotá.

Pero, pese a las imágenes dolorosas, en su trabajo reina la alegría.

Entonces evoca a la niña de 3 años que gritaba emocionada “miren: es Papá Noel, es Papá Noel”, o a los niños campesinos de Paipa, que visitó hace dos navidades y a quienes les llevó, con otra fundación, ponqué con gaseosa.

Lo curioso, es que en este trabajo que supone mucha ternura, le han pasado anécdotas que prefiere olvidar.

Por ejemplo, el papá que la semana pasada mandó a su hijo para que le pegara golpes en la barriga, para ver si era real –y lo es–, hasta el señor borracho que –hace un par de días– le jaló la barba para verificar su autenticidad –y también la tiene–.

A veces combina su papel de mensajero del Niño Dios –como les dice a los pequeños– y acepta la invitación de algunos papás que le piden que lleve los regalos navideños a sus hijos

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