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¿Quién podrá con el tráfico de ‘Huecotá’?

¿Quién podrá con el tráfico de ‘Huecotá’?

Ex alcaldes y alcaldes –no solo Lucho– tienden a estigmatizar los carros particulares y, desde luego, a sus conductores. El argumento sería válido si, como ocurrió al comienzo de la época de TransMilenio, existiera un transporte público aceptable, que hoy no funciona cabalmente. Y qué culpa tiene el dueño de un vehículo de la falta de movilidad si...

... no hay paraderos para los buses. Aún hoy es costumbre que recojan y dejen pasajeros en la mitad de la calle. Los semáforos no están sincronizados. La señalización es deficiente. Prolifera un número grande de buses y taxis piratas que las autoridades saben que circulan libremente. La tan mentada chatarrización no se pudo hacer a sabiendas de buses superchatarrizados que circulan por las calles. La cantidad de huecos –profundos huecos– y el deterioro de buena parte de la malla vial, a pesar de las reparaciones en algunos sectores, no se compadecen con los impuestos que pagamos muchos contribuyentes, comenzando por el de rodamiento. Un alcantarillado insuficiente, sin mantenimiento o averiado no aguanta las lluvias y vienen las inundaciones, ¡pero hay que ver el escándalo de los recibos del Acueducto de Bogotá! No puede haber movilidad cuando abundan los escombros abandonados en las calles por las mismas empresas de servicios públicos, que suelen dejar un pedacito de la obra sin terminar y las alcantarillas sin tapas, y cuando el transporte de carga y abastecimiento está sin reglamentar y los automóviles oficiales –y escoltas– bloquean carriles... Tampoco sobra revaluar la política de ‘pico y placa’, que es la que ha generado que varias familias tengan más de un auto por necesidad, para desplazarse en las horas prohibidas.

Y siguen los obstáculos: calles convertidas en parqueaderos; peatones, motos, bicicletas, ‘zorras’ que no cumplen normas; ciclistas que no usan las ciclorrutas; accidentes menores que no se resuelven rápidamente y trancan las vías; insoportable –e incontrolada– polución de transporte público; señalización insuficiente; ausencia de policía –sobre todo cuando hay aguaceros– que eduque y controle el cumplimiento de las normas y aplique las sanciones del caso... ¡para no hablar de la inseguridad! ¿Quién sentenció que el carro particular es un lujo? ¿Cuántos lo usan para trabajar? ¿Cuánto debe ahorrar un colombiano para poder tener un coche propio? ¿Cuánto ingresa al fisco por cuenta del IVA que pagan los compradores de automóviles nuevos? ¿Cuánto por la escandalosa sobretasa a la gasolina upaquizada? ¿Cuánto ingresa por cuenta de los vehículos privados y cuánto por los públicos? ¿En qué se invierten hoy estos ingresos? El Alcalde no tiene la culpa, porque el problema no es de hoy. ¡Pero tampoco los dueños de los carros particulares! Y aun cuando nada sacamos con llorar sobre la leche derramada, qué poca visión la que tuvieron aquellos ‘guerrilleros del Chicó’ cuando se empecinaron en que la Circunvalar no arrancara desde el barrio Egipto y desembocara en la calle 127 y, peor todavía, cuando se opusieron contra viento y marea a que Durán Dussán comenzara, en 1981, las obras del Metro de Bogotá. Hoy la única opción sería pensar en un ferrocarril urbano elevado, como el de Miami o el de Medellín, otorgado por concesión, tal como lo avizoró Bernardo Gaitán en1977, cuando fue burgomaestre.

Por razones de contundente interés colectivo, hay que hacer vías. Tres construcciones tienen que cambiar de lugar, para permitir accesos que hoy atascan por completo el tránsito capitalino: el Seminario Mayor, el Cantón Norte y el Country Club de Bogotá. ¡No más zonas privilegiadas en desmedro del interés público! Mas pensar que el remedio está en aumentar la gasolina y poner peajes internos para cobrarle al usuario, a fin de que deje de usar automóvil, ¡eso sí es capitalismo salvaje! ¿Por qué no arreglamos lo que hay que arreglar y luego, con argumentos contundentes, sí se aplican las restricciones a los vehículos? Pero a todos: privados, públicos, de carga y oficiales.

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