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Más que misas y bendiciones

Más que misas y bendiciones

Mientras que buena parte de los colombianos se concentra en hacer compras de navidad, en tratar de hacer en diez días lo que no se hizo en todo un año, en organizar las vacaciones y, si les queda tiempo, en rezar la novena y pasar un minuto por la casa de Dios, cerca de 250 sacerdotes de la Iglesia católica al servicio de la Arquidiócesis de Bogotá tenemos en diciembre el mes más agitado del calendario.

Bautizos, matrimonios, grados, bendiciones y algunas exequias forman parte del diario quehacer de los ministros de la Iglesia católica. Pero, en estas fechas, el volumen de oficios religiosos puede incrementarse en forma extenuante: bautismos un sábado, varios grados una misma tarde, matrimonios en una noche y, desafortunadamente, las honras fúnebres de los feligreses en la mañana siguiente. Eso sin contar las misas de aniversario, confesiones, visitas privadas y eventos, a los que todo párroco siempre es invitado.

Oficiar eucaristías y celebrar sacramentos son algunas de nuestras tareas o, por lo menos, aquellas que la gran mayoría percibe y de las que puede dar fe... Pero son pocos quienes se dan cuenta del alcance social y espiritual de todas las actividades que realizan en la ciudad, en sus zonas pastorales y las comunidades parroquiales.

En términos empresariales se puede decir que la Iglesia católica o sus representantes no tenemos que presentar un balance a una junta directiva; nunca presumimos ante nadie que este año hicimos dos veces lo hecho el año pasado, y no recibimos ningún tipo de bonificación al final del año por lograr las metas planeadas. Simplemente porque nos dedicamos a vivir nuestra vocación.

Pero si tuviéramos que presentar un balance de gestión de la Arquidiócesis de Bogotá, por citar un ejemplo, las cifras y los hechos sorprenderían a más de uno: 31 millones de kilos de alimentos repartidos por el Banco Arquidiocesano de Alimentos y los más de 100 comedores parroquiales que luchan contra el hambre que padecen los más pobres; la administración y sustento de cerca de 24 hogares infantiles y de 15 de la tercera edad; la búsqueda y administración de dineros procedentes de las limosnas y las donaciones en favor de personas menos favorecidas, y la organización de eventos sociales en las parroquias para recoger fondos con diferentes propósitos, serían algunas de las actividades que entrarían en ese balance.

Como Iglesia Arquidiocesana, orientamos 21 colegios parroquiales con casi 20.000 alumnos en los sectores pobres de la ciudad, con pensiones bajas y excelentes resultados en el Icfes, y hacemos presencia en los sectores más deprimidos de la ciudad con el programa Redes, escuelas para el tiempo libre, donde acogemos a niños, niñas y jóvenes para arrebatarlos de la calle. En esta misma línea, en silencio pero con eficacia, trabajamos en bien de los desplazados desde el Centro de Atención al Migrante.

Los representantes de la Iglesia tenemos funciones que van más allá de la evangelización y de la pastoral social. Somos ministros que, de forma activa y concreta, ayudamos a construir una sociedad mejor, en donde, por múltiples razones, existen vacíos como el hambre, la pobreza, el abandono y el irrespeto por la vida humana.

A pesar de que muchos piensen lo contrario, nuestra gestión no se queda en bendiciones ni en buenas intenciones. Ser un ministro de Dios en la tierra es mucho más que oficiar misas; es un compromiso por los seres humanos, que se traduce en hechos y en obras.

* Vicario episcopal

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