NI UNA GOTA MÁS DE SANGRE

NI UNA GOTA MÁS DE SANGRE

El presidente haitiano Jean Bertrand Aristide bajó del avión estadounidense que lo regresó a su patria, usando la banda presidencial roja y azul. Una multitud jubilosa coreaba el apodo afectuoso del presidente, Titid . Ni una gota más de sangre, jamás, jamás, jamás , proclamó Aristide ante el secretario de Estado de EE.UU. Warren Christopher y el Secretario General de la OEA, César Gaviria.

16 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

El Profeta regresó a Haití Un cura de apariencia frágil y menuda de 41 años llamado Jean Bertrand Aristide, regresó ayer como el profeta de las ilusiones de miles de haitianos, y a tarea que lo espera requerirá de talentos sobrehumanos.

Para todos está claro que la misión de Aristide en Haití es de dos caras: por un lado, restablecer la democracia y, por el otro, controlar a las masas que tantas veces lo apoyaron y que todavía siguen siendo su principal ventaja. En este sentido, Aristide regresa como intermediario entre sus numerosos enemigos ubicados en lo que queda de las fuerzas armadas haitianas, la elite pudiente y los negociantes y comerciantes que lo detestan; y entre sus partidarios - quienes lo llaman El Profeta -, los exiliados que regresan a apoyarlo y los sectores liberales que siempre estuvieron a su lado.

A pesar de la complejidad de la tarea que tiene por delante, por estos días a Jean Bertrand Aristide se le veía sonriente y satisfecho. En la ceremonia de despedida de la Casa Blanca, hablando en las Naciones Unidas, en la despedida de la OEA, el presidente de Haití parecía estar mucho más cómodo con su situación de lo que estaba hace apenas unas semanas, cuando la invasión a su país era inminente.

Hace casi exactamente cinco años, el 20 de octubre de 1989, Aristide se postulaba como candidato a la Presidencia de Haití y hace apenas un año, el 18 de octubre para ser más preciso, en el Congreso de Estados Unidos la minoría republicana, con Jesse Helms a la cabeza, lo tildaba poco más o menos de loco y asesino, una persona que no merecía que se sacrificara la vida de un solo soldado estadounidense para retornarlo al poder.

Pero Aristide, haciendo acopio como buen cura que es, de una virtud cardinal, la perseverancia, ha prevalecido.

Es otro el que regresa? Para fortuna suya y de la administración Clinton, su principal apoyo durante el proceso, todavía no ha muerto ningún soldado o funcionario de EE.UU. en la que hasta ahora ha sido una ocupación relativamente pacífica para los estadounidenses.

No obstante, tras el regreso triunfal al poder, acompañado de una plétora de dignatarios internacionales, quedan las dudas: será capaz este hombrecillo menudo, que hasta hace relativamente pocos años era un cura de barrio, de asumir la enorme tarea de organizar económica y políticamente un país en ruinas? Cabe especular hasta qué punto estos tres años de cómodo exilio, durante los cuales tuvo amplio tiempo de reflexionar sobre su asombroso pasado, han cambiado al discípulo de la teología de la liberación. Un hombre acostumbrado a arengar a las masas desde los púlpitos con llamados a la insurrección popular y a la revolución, adversario del imperialismo del frío país del norte , y que durante las treinta semanas que estuvo en el poder fue incapaz de manejar una situación que más que buenas intenciones requería de habilidades maquiavélicas que nunca tuvo.

Por ahora Aristide, quien habla ocho idiomas, ha escrito varios libros, tiene un doctorado en sicología y ha trabajado en arqueología -entre otras cosas- es un Presidente resignado a dejar salir a sus enemigos gracias a una amnistía con la que en el fondo nunca estuvo de acuerdo. Está aparentemente dispuesto a tomar toda la ventaja posible de la presencia de los soldados estadounidenses y de la comunidad internacional.

Por primera vez, la segunda nación en alcanzar la independencia en el continente, gracias a una revolución de esclavos en 1804, tiene la oportunidad de montar, empezando casi de cero, una infraestructura que prácticamente nunca existió.

Estado depredador Para que ello ocurra, Aristide tiene que desmontar el viejo régimen, en el que una población mayoritariamente campesina alimentó durante toda la historia a una minoría educada, rica y arrogante, y una organización social cuya mejor definición es la de estado depredador . Aristide ha empezado por eliminar a los llamados jefes de sección , encargados en el campo de ejercer las funciones de policía, juez, colector de impuestos, carcelero y verdugo.

Sobre las ruinas del pasado, Aristide tiene que implementar la democracia con la que se ha justificado todo el proceso, y con ello reclamar instituciones como las fuerzas armadas, el Poder Judicial, la Administración Pública, entre otras. Los que no deben estar muy contentos son los jerarcas de la Iglesia Católica, tradicionalmente nombrados por el gobierno de turno gracias a un concordato firmado entre el Vaticano y Papa Doc Duvalier en 1966.

Teóricamente, a Aristide le queda poco tiempo para hacer su trabajo: hasta febrero de 1966, cuando ha prometido entregar el poder pacíficamente. No obstante, durante su discurso en la Asamblea de las Naciones Unidas habló de las metas de su país para el segundo centenario de la independencia de su país en el año 2004.

Pase lo que pase, no cabe duda de que todo lo que haga Aristide estará siendo cuidadosamente vigilado por Estados Unidos, país que tiene su propia agenda que cumplir. Tanto los militares como los miles de funcionarios de la potencia de ocupación que descenderán sobre el país para administrar los 500 millones y pico de dólares que costará la reconstrucción, estarán muy pendientes de que las cosas vayan por buen camino y de que el buen padre Aristide se comporte como es debido: controle a sus seguidores y no asuste demasiado a la elite que no cabe duda encontrará medios para aprovecharse de la situación y del país, como lo ha hecho desde hace 190 años.

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