UNA ORACIÓN JUSTICIERA

UNA ORACIÓN JUSTICIERA

La semana pasada se conmemoró brillantemente, aquí en Cartagena, el centenario de la muerte del doctor Rafael Núñez, y entre los actos programados estuvo la inauguración de un hermoso templete, erigido en homenaje a la Constitución de 1886, así como también a otros próceres olvidados por la posteridad cartagenera. Este acto de justicia histórica, ya por sí sólo constituye, pienso yo, una noticia digna de ser registrada por la prensa nacional; pero, a la verdad, ésta prefirió ignorar la importancia política del acontecimiento y se aprovechó más bien para que algunos escritores y locutores, de esos que en vez de ponerse a estudiar la historia viven rumiando odios heredados , regurgitaran a través de sus páginas o de sus ondas el bolo envenenado de muchos de los improperios, insultos, dicterios y calumnias que en su tiempo se vomitaron contra el Regenerador. En cambio, alguien cuya vida y obra política se confunden con la historia del liberalismo y cuyas palabras tienen el sello de

15 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Extraño desagravio a la memoria de Núñez el que sea un ex presidente liberal quien esté presente en esta ceremonia en que se conmemora el primer centenario de su muerte. Podría pensarse que mi presencia entraña una gran rectificación del partido liberal frente al solitario de El Cabrero, pero han sido muchos los copartidarios que en el curso de los años me han precedido en este camino. En primer término quisiera evocar la sombra del doctor Eduardo Santos, quien en su prólogo al estudio, ya clásico, de Indalecio Liévano Aguirre sobre Núñez, admitió en estos términos el error de los viejos radicales : Para nosotros es evidente que la más trágica equivocación de nuestra vida política fue la que padecieron, respecto del doctor Núñez, los políticos radicales en los diez años anteriores a 1886. El grupo radical tenía indiscutiblemente excelsas condiciones morales pero adolecía de un fanatismo y de una intransigencia que a todos nos costó muy caro. Cuando el doctor Núñez preconizaba reformas que la opinión nacional reclamaba con angustia, ellos cerraban los ojos a esa política reformista para no pensar sino en el odiado enemigo. Era un enemigo que multiplicaba sus ofrecimientos de conciliación y acuerdo y que, fundamentalmente vinculado a la política liberal, no quería desprenderse de ella y reclamaba una y otra vez para la realización de sus justos programas reformistas el concurso de sus antiguos copartidarios.

Muchos otros, y entre ellos Alfonso López Pumarejo, jamás ocultaron su admiración por el hombre de Estado que recuperó para Colombia el orden institucional. De un medio siglo a esta parte, la figura de Núñez se ha adueñado del mayor espacio en nuestro siglo XIX después de Bolívar y Santander. Su estampa no se destaca como las sombras cuando se oculta el Sol sino como un faro en el proceloso océano de la república atormentada de nuestro tiempo. Colombia entera añora un nuevo Núñez que le devuelva la paz, el sosiego, el respeto al derecho ajeno, a la sociedad colombiana .

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