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Otro inventario de mediocridades

Otro inventario de mediocridades

Y llegó el fin de año. Y uno hace inventarios, bajo el influjo de las fechas fijas: luces de Navidad, propaganda, costosa propaganda para estimular el consumo de quienes pueden gastar más allá de lo indispensable, las calles palpitando de rebusque, ‘balances’ de todo, pitonisas en portada, historia del año que termina relatada de modo trivial, la comedia en tres actos de la decisión sobre el salario mínimo: las ‘deliberaciones’, el desacuerdo entre las partes y el decreto que lo establece para el año entrante con referencia a la inflación que viene y a una ‘productividad’ que nadie mide a derechas. En fin, lo de todos los años. Carrusel. Rutina.

Y uno hace inventarios. Me puse a ojear mis cuarenta y tantas columnas de PORTAFOLIO y, quizás por el avance del calendario propio, me viene al magín el epitafio sobre la tumba del hipocondríaco: se los advertí.

No tengo inclinación hacia la auto-referencia de la que son tan amigos muchos columnistas. Pero me doy licencia en esta ocasión.

Sobre la reforma tributaria, se los advertí. Otra comedia se puso en escena, que de tanto repetirse ya es idéntica a una tragedia; primero un torrente de palabras, y después un chorro de babas. Admitamos que la reforma estructural que se planteaba en julio era lo sublime: ocasión para analizar la relación entre los impuestos y la justicia social, y legislar en consecuencia. Oportunidad de los partidos de oposición para escarnecer la ideología reaccionaria que animaba el proyecto inicial presentado por el Ejecutivo, y para mover a la nación hacia un rumbo distinto en éste, que es el tema clave de la equidad social.

Pero el sistema se deslizó por un tobogán desde lo sublime hasta lo ridículo. Renegando de sus obligaciones como dirigentes, el gobierno (Uribe - Carrasquilla) y los congresistas, siguieron al pie de la letra el guión de la tragicomedia, con el ridículo argumento de que “este es el proyecto que el país quiere” (“por lo menos el país que discutió esto”, aclaró el ministro Carrasquilla).

¿Cuál país? Pues una caricatura, donde los dirigentes gremiales fungen como patrones de la sociedad civil, donde los ministros ‘sectoriales’ pasan del Gobierno a la oposición peleando incisos tributarios sin que el Jefe del Estado desate siquiera un pequeño arranque verbal y donde los intereses particulares se compravenden descaradamente en reuniones privadas, sin la formalidad ritual del debate en el Congreso, abiertamente ilegales y dignas de una buena investigación del Procurador. ¿Dónde están las minutas de esas reuniones íntimas y corrompidas, que por ejemplo concluyeron en un IVA del 5 por ciento al chance, mientras al arroz y al chocolate se les clava el 10? El país real no se pudo dar siquiera por enterado. Este año la cosa fue peor: ni el país de caricatura, ni el real, saben hoy día cuál será el impacto de lo que ahora es Ley de la tierra, versión 2006. Baja el telón de la ‘coyuntura’, previo el anuncio: 2007 sí será el año de la estructura. Y a vacaciones, los que podemos.

El hipocondríaco también sería sabio sobre el devenir del TLC, que ocupó algún espacio en mis notas de prensa de este año. Este acuerdo que, según las voces gubernamentales de otrora, debía estar ahora mismo levantando del chinchorro al aparato económico de Colombia, parece estar saliendo subrepticiamente del escenario. Para el Gobierno, el ventarrón del ‘libre comercio’ llegará en el 2008. Con el paso de los días, es cada vez más claro que ello no va ocurrir. Ha bajado mucho el entusiasmo de quienes insisten en decir que este TLC es un Deus ex Machina irreemplazable. Esperemos, pues, el nuevo ídolo de barro con el que el Gobierno y sus aliados tratarán de manejar la imaginación popular el año entrante.

Consultor privado .

"Ni el país de caricatura, ni el real, saben hoy día cuál será el impacto de lo que ahora es Ley de la tierra, versión 2006”.

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