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SEÑALES PARTICULARES

SEÑALES PARTICULARES

Técnicamente, Cuchimba es una gozque. Mezcla de Pastor Alemán y Dóverman. Vive en una casa de la vereda La Cuesta, en Subachoque, que durante mucho tiempo no fue más que un rancho semi destruido. Bernardo Salcedo lo compuso, cuando decidió irse a vivir allí con su mujer y sus dos hijos.\ En la práctica, Salcedo estudió arquitectura en la Nacional, y se graduó con honores, exclusivamente para transformar en casa el viejo rancho. Porque nunca más ha ejercido.

Le dio por el arte desde temprano.

En la vereda lo conocen como artista. No como arquitecto. Como el tipo que viaja a la ciudad, casi todas las mañanas, a bordo de su campero. Y como el tipo que en las tardes saca la bicicleta y se va por La Cuesta, a veces con Cuchimba, a hablar con los vecinos.

Esa es, hoy, su vida social. Por eso, ya ni enemigos tiene. De los cocteles - el último al que asistió fue en el 68- sólo se acuerda de que la gente termina aburriéndose de estar parada tanto tiempo.

Pecadores y parientes Dicen que Salcedo no tiene pelos en la lengua.

Y Salcedo dice que los pecados más graves del arte colombiano son la emoción patriótica de Rodrigo Arenas Betancur (aunque merecida); la culturología de Belisario Betancur (que, en la sombra, es un pintor de acuarelas); el lavado de arte de Fernando Botero, y el gusto del público por lo chusco (ese arte que se mueve entre lo cursi, lo elegante y lo innecesario): los cuadros de Villegas son chuscos, los de Margarita Lozano son chusquísimos... y es chusco hacer un ministerio de cultura .

Con los escultores -con quienes está emparentado, aunque Salcedo no es escultor sino hacedor de objetos-, es más benévolo: No volví a hablar mal de Ramírez Villamizar desde cuando vi su escultura en el World Trade Center. Con Carlos Rojas hablamos tanto que me regaló un teléfono. Con Negret nos abrazamos el día que inauguraron nuestras obras en la Avenida Eldorado. Ronny Vayda inundó de obras a Medellín... debería trastearse a Pereira. Jhon Castles se está volviendo jurado de profesión .

Retazos de muñecos viejos Salcedo se conoce miles de garajes en Bogotá: Donde dice Taller de metalmecánica, servicio de torno, ahí estoy yo. Donde dice venta de chatarra por kilos, ahí estoy yo. También estoy donde dice materiales de reciclaje y en las carpinterías.

Trabajo con esa gente maravillosa que son el maestro Tarquino, el maestro Olarte y Esgar Rodríguez (si le digo Edgar no funciona).

Ahí trabajo, en los garajes, desde el día en que invité a casa Marta Traba y a Salmona y al Chuli Martínez, que eran mis maestros.

Descubrieron entre el clóset esos objetos que armaba con los pedazos de tabla, de palo y de cartón que me sobraban de las maquetas, y con fragmentos de muñecos viejos, y los pintaba en blanco (porque nunca me ha gustado otro color: solo el blanco, y el color que produce el deterioro).

A Marta Traba le gustaron tanto, que los sacó del clóset y los exhibió, sin escalas, en el Museo de Arte Moderno.

Ahí comenzó todo.

Galletas de viejo En el renglón de señales particulares, en la cédula de Bernardo Salcedo, aparece máculas en la cara . Cualquiera pensaría que se trata de gigantescos lamparones que le cubren el rostro, y no es más que media docena de pequeños lunares cargados al lado derecho.

Pero en el día a día de este artista, los lunares no cuentan.\ Cuenta el café descafeinado y las galletas de viejo con los que desayuna. Los edictos judiciales de El Nuevo Siglo, que constituyen su lectura favorita. El pájaro carpintero que lo despierta todas las mañanas, a eso de las cinco. La tensión arterial que sube sin remedio. La calvicie que lo atormenta desde que era calvicie prematura. Su manía de comer rápido, fastidiosa para otros pero fascinante para él. El recuerdo de los objetos suyos que alguna vez colgó Rasmussen en el Metropolitan de Nueva York. Su queja permanente por el alto costo de los materiales. Los 110 años que quisiera vivir...

Y cuenta, también, la vergenza que le producen reportajes como éste.

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