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Pinochet III habla de su abuelo

Pinochet III habla de su abuelo

Hasta hace días, era el menos conocido de su familia, pese a que se llama Augusto Pinochet y era militar.

Muchos ojos lo vieron por primera vez el martes pasado, el día del funeral del ex dictador Augusto Pinochet, cuando, de uniforme y saliéndose del protocolo, leyó un encendido discurso justificando el golpe de Estado de 1973 y alabando el legado de su abuelo.

Sus palabras irritaron al Gobierno y fueron criticadas por la presidenta Michelle Bachelet, una de las víctimas del dictador. El miércoles, Augusto Pinochet Molina fue dado de baja, tras 14 años en el Ejército.

Cinco días antes de la muerte de su abuelo, llegó a un café de Santiago. Era tarde, había terminado su día de trabajo y no vestía uniforme: llevaba una camiseta negra y una chaqueta. Pidió té verde.

Augusto, 33 años, tiene el pelo muy corto, rubio. Los ojos azules y las cejas espesas le dan el aire inconfundible de todos los Pinochet. Lo mismo su timbre de voz. Aceptó dar esta entrevista con la condición de que se publicara una vez fallecido su abuelo.

Ese día, martes 5 de diciembre, creía que faltaba mucho para eso; pensaba que, una vez más, el general –de 91 años y que acababa de sufrir un infarto–, había logrado superar otro problema de salud.

Siempre orgulloso Mayor de cinco hermanos, vivió de niño en E.U. en tres períodos. Y cuenta que nunca ocultó su nombre verdadero.

–¿Cuando tuvo el primer mal rato por llamarse Augusto Pinochet? –Nunca lo he tenido –contesta rápido.

Es tímido, callado. Dice que en lo que más se parece a su abuelo es en el “carácter reservado”. “Mi nombre era motivo de orgullo. Hoy, es sólo un nombre, una referencia. Mi abuelo fue tremendamente famoso y mi nombre, por lo tanto, es famoso. Pero es un nombre no más”, señala.

–¿Cuándo se dio cuenta de que no era cualquier nombre? –Cuando llegué a Chile.

Estuvo de los 8 hasta casi los 13 años en California. Entre 1980 y 1985. “Y la vuelta fue un poco rara. Yo venía de una onda muy liviana de E.U. Era un gallo (tipo) que se movía en bicicleta, que no iba a ninguna fiesta, en un mundo restringido. Era uno más. Lo único especial era que había una persona que nos enviaba el Ejército, que vivía con nosotros, que hacía labores de la casa y nos cuidaba. Yo sabía que mi abuelo era Presidente, pero en E.U.

Chile no era tema para nada”, recuerda.

“Pero volví y aquí tenía mucho. La familia tenía poder y muchos recursos. Yo tenía auto con chofer y escolta, casa en la playa y bastante libertad. En E.U. tenías que luchar para ser alguien, para socializar, y aquí ¡era gratis! Y, la verdad, me aprovechaba algo, pero tampoco me lo creía tanto.

Porque sabía que se iba a acabar. Eso siempre lo tuve claro”.

Se queda un momento en silencio. “El problema es que no sabía que vendría la vuelta de mano de la forma en que vino, o que iba a quedar el descalabro con mis padres...”.

Cuando regresaron a Chile, en noviembre de 1985, sus padres aún estaban casados y su abuelo gozaba de pleno poder en el gobierno. “Llegué al Santiago College, un colegio mucho más formal y estructurado que el de Estados Unidos”, donde dice que lo pasó muy bien.

Pese a que en 1986 ocurrió el atentado contra el general Pinochet, recuerda esa primera época en Chile como feliz.

Pero volvió a E.U. Se había perdido el plebiscito (de 1988, que determinó que su abuelo debía dejar el poder, lo que finalmente hizo en 1990) y sus padres no pasaban por una buena época.

“Ahí se produjo la separación matrimonial de ellos. Fue muy duro. Perdí toda la seguridad que un niño de 15 años necesita”, recuerda. Además, el divorcio fue violento. “Apoyé a mi padre, directamente. Porque mi mamá hizo mucha publicidad y eso me pareció mal. Pero ya la perdoné”, dice con cariño.

Augusto nuevamente regresó a Chile y vivió entonces con sus abuelos, mientras terminaba el colegio.

Con su abuelo la relación siempre fue “bien formal”. Después, cuenta, con el tiempo, se fue “acercando más a él”, aunque largas conversaciones nunca tuvieron.

¿Usted es desconfiado? Dicen que su abuelo lo era mucho.

No lo soy. Y mi abuelo no es que fuera desconfiado. Siempre se apoyó en la gente que le servía bien, para no tropezarse. Pero se tropezó harto (sonríe). De tanto cuidarte, te tropiezas, te traicionan igual.

¿Quién incidió más en su decisión de entrar al Ejército? Creo que mi abuelo. Muchas cosas le podrán criticar, pero es un hombre que predica con el ejemplo. Es la formación militar que te enseña eso: si tú no lo puedes hacer, no lo exijas.

¿Y ese ejemplo no se le fue desmoronando con los años? No, hay que separar las cosas. Mi abuelo fue un hombre, en un momento, de una forma. Y fue un excelente hombre. En el poder, la ambición te lleva a veces por caminos que te desvían de lo que eres. Con tanto poder, es difícil no cambiar.

¿Y el poder corrompe? En cierto sentido, sí. Pero creo que mi abuelo tuvo mucha suerte en tener que dejar el poder. Porque le hizo muy bien. Pese a que a ese nivel inevitablemente sientes el miedo de “qué va a pasar conmigo, con mi familia”.

En todos estos años cerca de su abuelo, ¿cuándo sintió más miedo? No me he sentido con miedo nunca. Ni para el plebiscito, en que muchas voces apocalípticas decían que si ganaba el ‘No’ iba a volver el caos. Yo siempre dije “aquí no va a volver el caos ni el 73 (al año del golpe de Estado), pero sí vamos a volver a ser un país mediocre”. Pero no me sentí atemorizado. Sí sentía que aquí ya no éramos bienvenidos.

¿Lo sigue sintiendo? Sí, absolutamente. Y esa sensación ha ido creciendo.

¿Piensa que hubo mucha deslealtad de la gente que fue cercana a su abuelo? Creo que hay que comprender a las personas. Tienen la reacción natural, que es la de sobrevivencia. Mucha gente transa con sus valores cuando siente que hay cosas más inmediatas. (...) Vi gente que estuvo ahí y que después no estuvo. Vi gente que dejó de querer a seres que quería mucho, por obtener algo más.

¿Qué le produjo eso? Más que asquearte, me enseñó mucho. De las motivaciones que tienen las personas para hacer las cosas.

¿Usted acepta que hay gente que se alejó de su abuelo desilusionados por las acusaciones de derechos humanos, y luego de corrupción? Si uno recuerda el odio de esa época, las violaciones a los derechos humanos para mí fueron una consecuencia lógica. Pensar en una situación de crisis como la que vivió Chile y salir sin heridos, es una tontera. Es no mirar la historia como es. En una guerra sucia se tortura gente para sacar información, lo que en ningún caso justifica que suceda. Pero pasa, y pasa por el odio que existía. Entonces, culpar a mi abuelo por todo eso...

¿Usted nunca lo culpó? Nunca. Pienso que él se vio en la posición de “o yo castigo a mi gente o dejo que actúen”. Y creo que tomó la decisión de que actuaran. Si fue un error, es una pregunta que me he hecho muchas veces. No creo que lo haya sido finalmente. Porque él cometió muchos errores, pero qué bueno que lo hizo, porque mira cómo es Chile hoy, mira cómo vivimos.

Fotos: El Mercurio. Chile. GDA.

‘Todos los grandes generales están manchados con sangre’ ¿Cree que su abuelo le teme al juicio de Dios? Creo que se siente tranquilo porque a pesar de que pudo haber cometido errores, y que hay gente que pudo haber sufrido mucho por las cosas que él hizo, al fin y al cabo te das cuenta de que era lo que tenías que hacer. Y si realmente nunca hiciste algo con mala intención, uno puede estar tranquilo.

¿Tras su muerte, cree que se va a equilibrar su imagen? Sí. Siempre habrá gente que lo va a apoyar y otros a criticar, pero a medida que la gente tome más distancia, habrá otra visión con el tiempo.

¿Hubiera preferido que muriera en su apogeo, y no cuando es tan odiado? Bueno, ¡todo sería más fácil! Pero creo que justamente para él las cosas no tenían que ser fáciles. Porque tiene que jugar un rol dentro de la sociedad, el de un hombre que fue muy fuerte, que produjo un cambio en el país tremendo, que ejerció mucho poder, mucha autoridad, y tenía que volver a lo más básico de él. Y cada vez lo veo más simple, más liberado. Y eso no lo ha tenido gratis. Se las ha sufrido todas. Y esa es una suerte que tiene. La oportunidad de perfeccionarse en vida.

¿Qué cree que es lo que más le dolió a su abuelo? Que no le reconozcan todo lo que hizo. Que no digan “este es un hombre que hizo todo lo posible por su país”, porque no hay un reconocimiento general.

¿Y a usted le pesa la carga de los DD.HH. que ya quedó para siempre sobre su gobierno? Si veo la historia de los grandes generales –porque eso fue mi abuelo, un gran general, no fue un gran político ni un intelectual ni nada por el estilo– todos están manchados con sangre. Pero siguen siendo grandes generales.

UN ‘HOMENAJE’ COSTOSO...

‘‘(Pinochet fue) un luchador, un visionario y un gran patriota que supo dirigir los destinos de su pueblo en momentos de gran peligro, evitando siempre el sufrimiento innecesario, pero nunca transando los valores de la patria”.

PAULA CODDOU ‘‘(Mi abuelo fue) un hombre que derrotó en plena Guerra Fría al modelo marxista que pretendía imponer su modelo totalitario no mediante el voto, sino más bien derechamente por el medio armado (...) ¡Viva Chile!”.

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