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En Afganistán no escampa

En Afganistán no escampa

Ante el fracaso de los Estados Unidos en Irak la opinión pública se ha olvidado de lo que ocurre en Afganistán. Algunos expertos señalan que la forma en la que la Casa Blanca enfrentó la situación en el país donde Osama Bin Laden diseñó los ataques del 11 de septiembre, con el auspició del gobierno Talibán, ha sido el caso de mostrar en cuanto a la guerra contra el terrorismo. Otros por su parte, entre los que se cuenta el reconocido analista Fareed Zakaria, ven que a pesar de haber logrado la instauración de un régimen institucional democrático, de no tomar medidas urgentes, Afganistán puede caer en una situación de caos, igual o peor a la de Irak.

Los hechos hablan por sí solos en el caso de Afganistán. Luego del 11 de septiembre, la comunidad internacional bajo el liderazgo de los Estados Unidos decidió ponerle fin a un régimen que amparado en el extremismo religioso auspició violaciones a los derechos humanos, vejámenes deleznables contra las mujeres y la conformación de grupos terroristas. El régimen Talibán fue desmantelado con el apoyo de la resistencia armada denominada Alianza del Norte y la participación activa de una fuerza multilateral que facilitó en un período de dos años la instauración de un régimen democrático con un nuevo marco constitucional, bajo la presidencia de Hamid Karzai.

Luego de cuatro años de intervención internacional las cosas no pintan fáciles. Con un territorio aproximado de 650 mil kilómetros cuadrados, y cerca de 30 millones de habitantes, en Afganistán conviven muchos males. Dos terceras partes de la población vive en la pobreza y según lo indican el Banco Mundial y Naciones Unidas la expectativa de vida no supera los 46 años, mientras que la mortalidad infantil antes de los cinco años es de 257 niños por cada mil. A todo este oscuro panorama se suma el peor de los males. Afganistán cuenta con el 92 por ciento de la producción mundial de amapola utilizada para la elaboración de heroína.

Con el objetivo de hacer frente a esta situación, Estados Unidos ha invertido desde el año 2002, cerca de dos billones de dólares en programas de erradicación y desarrollo alternativo con pocos resultados visibles. En un reporte publicado por la Oficina de Investigaciones del Congreso de los Estados Unidos queda en evidencia que un poco más del 8 por ciento de la población vive directamente de los cultivos de amapola, los cuales se extienden en veintiocho de las treinta y cuatro provincias que conforman el país. Así mismo a pesar de las inversiones realizadas en erradicación durante los últimos cuatro años, el número de hectáreas cultivadas pasó de setenta y cuatro mil, en el 2002, a ciento sesenta y cinco mil, en el 2006, lo cual ha prendido las luces de alerta en Washington.

De todo esto hay todavía algo peor. La fuerza y capacidad terrorista de la resistencia armada, liderada por seguidores del antiguo régimen Talibán se ha incrementado por cuenta del venenoso matrimonio narco-terrorista. Tal como lo destaca el International Crisis Group en su reporte del 2 de noviembre, el número de atentados terroristas durante el 2006, se sitúa por el orden de los doscientos sesenta y cinco.

Solucionar esta bomba de tiempo demanda acciones rápidas. La actual estrategia de los Estados Unidos que incluye, sustitución de cultivos, erradicación, fortalecimiento institucional y lucha contra el crimen organizado, requiere ser complementada por una mayor presión a Pakistán, principal destino de la amapola producida en Afganistán, para aumentar los controles fronterizos y por supuesto, tomar medidas claras en contra de los productores de heroína que operan en su territorio.

Sin embargo, el escollo más grande estará en encontrar una verdadera alternativa a la miseria que afecta la población afgana. Si ésto no se corrige Bush tendrá claro que si en Irak llueve en Afganistán no escampa. .

Consejero Principal por Colombia y Ecuador ante el BID .

"Afganistán cuenta con el 92 por ciento de la producción mundial de amapola utilizada para la elaboración de heroína.”

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