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INTOLERANCIA REVOLUCIONARIA

INTOLERANCIA REVOLUCIONARIA

Diego, habanero culto y de modales exquisitos, fotógrafo de profesión, asume abiertamente sus gustos particulares y sostiene que el 60 por ciento de los hombres ha mantenido relaciones íntimas con otro hombre. Lee a Kavafis y Vargas Llosa, oye cantatas de Verdi y arias interpretadas por Teresa Stratas o la Callas, bebe té como en los países civilizados y colecciona pocillos de Sevres en una clara alusión al mundo desaparecido de Proust o de Visconti que él se obstina en preservar desde su guarida de la Vieja Habana. Fue maestro de las brigadas campesinas y estuvo comprometido en su juventud con la corriente socialista; no obstante sentirse anquilosado, y optar finalmente por el asilo diplomático en Europa, cree que nadie debe entremeterse en los asuntos internos de Cuba y llora frente a tantas intolerancias y desafueros revolucionarios.

David, estudiante universitario, militante entusiasta pero ingenuo de las Juventudes Comunistas, ha tenido poquísimas experiencias en su vida y se siente frustrado cuando intenta hacer el amor con su novia en un sórdido hotelucho. Se asombra frente a tantas rarezas que descubren sus ojos y no entiende cómo se pueden obtener preciados libros extranjeros sin hacer malabares contrarrevolucionarios; porta consigo una anticuada esquela del Ché Guevara y le sopla ciertas infidencias a un camarada-policía, que se encarga de armar el despelote y prejuzgar una fortuita amistad a todas luces irregular.

Chico inocente, cuya lozanía despierta la atención del más avezado, siempre en un plano respetuoso y con la seguridad de adquirir nuevos conocimientos sobre una realidad dialéctico-intelectual que el sistema no le ha proporcionado.

Conflictos sentimentales El lobo, el bosque y el hombre nuevo, un cuento de Senel Paz que dio origen a la muy aplaudida película codirigida por Tomás Gutiérrez Aléa (Titón) y Juan Carlos Tabío -el de Se permuta y Splash-, expone la triple situación metafórica de un Diego que se comporta como un carnívoro inofensivo, de aquellos árboles o infantilismos de izquierda que no dejan ver el bosque y del reto que implica enfrentar el destino en medio de condiciones políticas adversas.

A primera vista divertida, por esos amaneramientos e irónicos apuntes del maravilloso personaje que construye Jorge Perugorria -cuyo parecido con Helmut Berger es sorprendente-, la segunda lectura impacta y fomenta un sabor amargo que despierta en el espectador una cadena ininterrumpida de reflexiones o de pensamientos contradictorios y autocríticas en torno al papel histórico desempeñado por la fuerza de los sentimientos (y más cuando el drama de los balseros mantiene en vilo a todo un continente).

El estado de abandono en que se encuentra La Habana Vieja, uno de los monumentos coloniales más hermosos del Caribe, sirve como escenario propicio para desarrollar una de las puestas en escena más cautivadores del cine latinoamericano de todos los tiempos. El salón de helados Copelia, prólogo y a la vez epílogo, como en cualquier estructura cerrada que se respete dentro de la dramaturgia clásica, se refiere a dos sabores tradicionales que según el extravertido Diego son... nuestros únicos valores dignos de exportar . Pero habría que agregar: el ron blanco Habana Club y... los habanos Montecristo.

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