LO QUE YO VI EN SEVILLA

LO QUE YO VI EN SEVILLA

Cuando salí de Colombia, en la mitad de septiembre, llevaba en la conciencia y en la imaginación la expectativa de llegar a España en un momento de vísperas, de preparativos y de patriótica agitación. Estaba próxima la efemérides que se celebraría para recordarle a la humanidad que hace 500 años una expedición comandada por el italiano Cristóforo Colombo desembarcó en una desconocida costa, tomó posesión de ella y de todas sus anexidades en nombre de los Reyes de España, y le dio comienzo a la aventura más trascendental, procelosa, fantástica, cruel e irrepetible de toda la historia. El hecho aquel que luego fue bautizado con el nombre de Descubrimiento. Pero llegué a Sevilla y el mundo entero se me vino encima, doblegando mis ilusorias pretensiones. Allí estaba el planeta! Todo el planeta Tierra estaba allí, asombrosamente descubierto, deslumbrante, milagrosamente contraído al espacio de una bella ciudad transformada en ecuménico escenario.

29 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

Jamás un sueño hubiera podido sobrecogerme de manera semejante. Cabía el mundo en Sevilla...? Sí! Allí estaban todos los continentes, las islas, los océanos, las maravillas del mundo. Se habían dado cita para convertir la hermosa Villa del Guadalquivir en una réplica de la obra humana, con el pasado y el presente de todos los pueblos, el ingenio y la capacidad creadora de todas las culturas, la majestad y la elocuencia de todas las razas expresadas en mil lenguas, en abigarrado mosaico de formas plásticas, en conmovedora amalgama de modalidades rítmicas, melódicas y armónicas, traduciendo la mágica pulsación musical del universo, y también las exultantes evidencias de la perfección científica y del avance tecnológico que hablan de un ser pensante, trascendente e insatisfecho que está descubriendo su verdadera dimensión a los ojos de las demás criaturas vivientes de la tierra y el cielo.

Entonces pude disfrutar el pleno goce de estar presenciando y protagonizando un acontecimiento diferente del que me había comprometido a celebrar. En Sevilla tuvo lugar no un Encuentro de Dos Mundos , como nos habían acostumbrado a definir lo que sucedió hace 500 años, sino el más profundo y reverencial Acto de Fe en la especie humana, en las sociedades que conforma, en los países que la agrupan, en los territorios que le sirven de patria a su diversa y polifacética majestad. Allí estaba Dios, sonriente y magnánimo, permitiendo que los pueblos exhibieran con orgullo su particular manera de construir el mundo, tan distinta entre unos y otros pero tan idéntica en el anhelo de belleza, de bienestar y bienandanza. En Sevilla estaban congregados los resultados del amor y de la confraternidad. Por eso Dios se hizo presente con una promesa de paz.

Mientras tanto yo pude recorrer, con patriótica complacencia, el pabellón de Colombia, orgullosamente ostentoso de nuestro arte, de nuestra artesanía, del jugo de nuestras frutas únicas en el mundo y de nuestro inigualable café, gratuitamente ofrecidos entre sonrisas con acento andino y al compás de nuestras cumbias y sanjuaneros.

Y en un sitio de honor, el verdadero color de la patria concentrado en los jardines de una regia esmeralda de Cundinamarca, en cuyos destellos brillaban, en homenaje al Sol, los ademanes rituales de la raza muisca que hace 500 años comenzó con la española a acrisolar, como lo hicieron tantas otras de este Nuevo Mundo, el modelo ideal de un hombre nuevo aún en gestación.

Comprendí entonces la razón de mi estremecimiento al enfrentarme, en el pabellón de Alemania, a aquel Quijote y a aquel Sancho Panza y a aquel molino de viento gigantescos, tallados en madera y puestos ahí, en movimiento, como advertencia y como testimonio de su inmortalidad entre los hombres.

Y fui feliz, recordando a mi padre en su devota dedicación al oficio de criador equino, cuando vi desfilar los caballos de Alta Escuela en el pabellón de Jerez de la Frontera, la patria del buen vino y del buen gusto. Su exposición vinícola era espectacular. La tez morena de las viñeteras me habló de la proximidad y el mestizaje con la raza árabe, vibrante y sibarita, de lo cual hizo gala el pabellón de Marruecos donde las mezquitas enmarcaban la danza de los arabescos interpretada por hilos de agua que bailaban, sin cesar, sobre el proscenio de las fuentes.

Había que mirar y sentir todo eso antes de afrontar el milagro desafiante del ingenio tecnológico. Penetrar al pabellón del Japón fue para mí tan fascinante como premonitorio. Todo allí era imponente, cinematográfico, fantástico. Tuve la sensación de que un tránsito breve a bordo de aquel monorriel vertiginoso es capaz de borrarle a uno la noción de futuro.

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