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La hicotea aprendió a matar

La hicotea aprendió a matar

Gustavo Petro dijo el otro día que los caribeños no sabíamos matar. Tiene razón siempre que se conserve cuidadosamente el tiempo del verbo. Porque ya sabemos. Aprendimos rápido y bien. Eso es así según las estadísticas. Las mismas que sirvieron para colgarles a otras regiones el sambenito de sus propias ejecutorias criminales. Nada sirve mejor para reproducir una catástrofe social como la que soportamos en el Caribe, que la pretensión de taparla con las manos como si se tratara de un sol.

Aceptar lo anterior no significa que tengamos el monopolio de la violencia paramilitar. Cuando aparezcan todos los computadores y dispongamos de más fragmentos de ‘verdad’, podremos recomponer más cabalmente el ranking nacional del crimen. Pero por lo pronto toca asumir las responsabilidades que nos caben con la misma locuacidad con la cual proclamamos durante tanto tiempo nuestros pacíficos atributos sociales.

Nunca creí, por ejemplo, que los indicadores criminales de Antioquia sugerían que esa región estaba poblada por la peor gente del mundo. Tampoco creí nunca que su desarrollo pudiera explicarse por un recurso humano superior. Las explicaciones psicologistas de los éxitos y contingencias de los pueblos están mandadas a recoger.

Tanto a Antioquia en sus peores momentos –que no están del todo superados– como al Caribe no les caben más responsabilidades de aquellas que les corresponden a las víctimas. No es cierto que nuestra identidad cultural sea ahora la de los victimarios, muchos de ellos postizos y forasteros. Algún día el país conocerá otras verdades: la resistencia pertinaz y heroica de las gentes de aquí ante los huracanes del crimen. El “cuando es a peleá es a corré” ha sufrido otra vez una valerosa desmentida.

Alejandro Gaviria me llamó alguna vez “sociólogo de periódico”. Fals Borda llevó también del bulto en el mismo artículo. El cargo era que ambos creíamos (bueno, Fals lo planteaba y yo lo creía) en la fábula científica del hombre-hicotea, quienes habían, habíamos, desarrollado una formidable capacidad de aguante capaz de resistir todas las tentaciones de la violencia. En realidad habíamos llegado aún más lejos. Por ejemplo, con metáforas como las de Benítez Rojo que nos suponían viviendo (bueno, y bailando y caminando y hasta muriendo) de “una cierta manera”, incomprensible e irrepetible para los forasteros y acaso no demasiado útil para la producción ni para el consumo, pero de probada eficacia para los conjuros contra la violencia.

Reconocer la debacle social que el paramilitarismo nos impuso no significa renunciar a las metáforas y fábulas que las metodologías de la acción-participación, los archivos de baúl y una bellísima historia de evitaciones de lo violento probaron y demostraron. Otra cosa es que el país no las conozca ni las aprecie. En el peor de los casos, hasta las estadísticas probarían que sirvieron para que resistiéramos más y mejor el asedio.

Uno de los primeros forasteros que vinieron a enseñarnos lo que no queríamos aprender fue tal vez el primer paramilitar de Colombia: el general Cortés Vargas. Antes o después de su masacre, unos hombres fornidos lo atraparon y lo inmovilizaron en una oscura callejuela de Ciénaga, mientras una prostituta corpulenta, a quien llamaban ‘la Rula’, se arremangaba la falda y le orinaba la cara. Tal vez era una húmeda y de todas maneras simbólica venganza por el genocidio de la Plaza. O al revés: fue Cortés Vargas quien se desquitó con aquel genocidio sindical. Lo que sea demuestra que nada ha cambiado. Salvo nosotros, que habríamos aprendido a matar.

Algún día sabremos otras verdades: aquellas que expliquen por cuáles razones extraviamos el camino. Por lo pronto, procede improvisar una hipótesis: el clientelismo, que aquí fue y es inmenso, poderoso y eficaz, libró a los paramilitares de la necesidad de articular sus propias redes. Vinieron aquí y se tomaron las del clientelismo, casi que como soplando y haciendo botellas. Esa ‘ventaja comparativa’ fue la primera piedra de un camino hacia el infierno.

ARMANDO BENEDETTI JIMENO

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