BAUTISMO EN BOGOTÁ

BAUTISMO EN BOGOTÁ

Organizar los recuerdos es una tarea ardua para algunas personas. Me doy cuenta perfecta de que soy una de esas personas. Eso bastaría para hacerme desistir del propósito que me anima. Pero, en fin, no hagamos de esto un caso de conciencia y veamos si es cierto que en el camino se enderezan las cargas. El antes y el después son nociones de un manejo muy delicado. Ambas concurren como a un estuario que desemboca en el mar del recuerdo. Y aquí, al igual que en el desierto, es sabido que también se forman engañosos espejismos como la Fata Morgana que desespera a algunos navegantes en el Estrecho de Mesina. Y todo es recuerdo.

09 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

No ha transcurrido este instante que vivimos, aún no se ha hecho invisible su cola en un recodo del tiempo cuando ya es eso, recuerdo, sin el cual los poetas no habrían traspuesto el primer peldaño del lirismo, acaso los pintores no habrían dado en el lienzo su pincelada inicial. El historiador se habría quedado con los crespos hechos. Y, finalmente, como quien coloca una tapa sobre la olla crepitante, don Miguel de Unamuno habló del recuerdo de lo que nunca fue .

Hay, además, otro problema que no puede resolverse en un dos por tres, y es el de la valoración del material evocado. Antes de poner algo sobre el papel el escritor, si es hombre de conciencia y no está desprovisto de autocrítica, seguramente libra allá, en algún rincón de su conciencia, una batalla, pequeña o grande, antes de determinar si tiene importancia lo que va a decir. Es una cuestión de criterio, pero decir esto no facilita las cosas, ni mucho menos. No es sencillo y tampoco es tarea que esté al alcance del común pronunciarse con buen criterio cuando a un mismo tiempo se es juez y parte. De aquí en adelante lo demás de divagación. Evitémosla.

Un poco de osadía Sin embargo... Al tratar de escribir estos recuerdos me parece que me encuentro en una dificultad por varias circunstancias muy parecida a la que hubo de encarar Jean Ajalbert cuando se propuso poner en negro sobre el blanco una etapa del mundo literario de París que cubría una parte de la segunda mitad del siglo pasado en la que se barajaban, entre otras figuras, la del Mallarmé, Verlaine, Jarry, Rimbaud, Hugo y pare usted de contar. Ajalbert, después de todo, abogado, además de poeta, salió del paso titulando el libro que sobre ese tema versaba, de esta manera: Memoires en Vrac, que vale decir Memorias en desorden. Hay osadía, quizá descomedida, al hacer estas referencias, solo que espero me sea perdonada.

Origen de un nombre Está en lo cierto Germán Vargas cuando dice -así lo leí hace más de diez años en el Suplemento Literario de El Colombiano de Medellín- que el nombre Grupo de Barranquilla lo acuñó Próspero Morales Pradilla. Así apareció en la sección que, denominada El mirador de Próspero , atendía en El Espectador de Bogotá, si la memoria no me falla. Naturalmente, el manípulo de intelectuales que formaban el grupo ya existía antes de que inconsultamente se le cristianara.

Un poco aluviónica y desprevenidamente como suelen suceder estas cosas, el grupo empezó a formarse allá en mil novecientos cuarenta y tantos. Latente y subrepticio, el grupo funcionaba teniendo como cabezas cimeras a Ramón Vinyes y a José Félix Fuenmayor, quienes por una misteriosa coincidencia habían nacido un mismo año, el primero en Barcelona, España, y el otro en Barranquilla.

Cómo don Ramón Vinyes vino a parar a Barranquilla, es pregunta que se hace con frecuencia y que se encuentra justificada. Cómo vino a dar, en efecto, a estas costas, un intelectual tan fino y tan valioso que figuraba en la Enciclopedia Espasa? Un día don Ramón, que había nacido en Berga, población enclavada en los Pirineos y no muy alejada de Andorra, se fastidió de la literatura y de los intelectuales que le habían vuelto insoportable Barcelona, la ciudad a donde se había ido a vivir desde muy niño. Frisaba en los 25 años y había sentado plaza de literato.

Su primer libro de versos, La ardiente cabalgata, había tenido una crítica encomiástica que destacó estrofas luminosas a tiempo que una cierta impregnación de la lírica danunziana. Enrique Borrás, considerado entonces el primer actor de la península representó un novedoso drama suyo, Peter s Bar, que señalaba un contraste con las comedias de los hermanos Alvarez Quintero, Joaquín Dicenta, Echegaray y el mismo Benavente, para no hablar de los aceptadísimos y aplaudidísimos maestros del astracán, de quienes estaba más lejos, mucho más lejos que de Strindberg, de O Neill o de Shaw. Peter s Bar se desarrolla en una taberna ubicada en el corazón del Distrito Cinco de Barcelona, a donde van bailarines rusos y epicenos y maquilladísimas mozas del partido. Habiéndomelo dado a leer en una oportunidad me preguntó qué opinión me había formado. Mientras yo estructuraba un concepto, don Ramón se me anticipó y me dijo: Por allá por el año 10 don Ramón se despidió de Barcelona y de la literatura. Veinte días después estaba en Ciénaga trabajando como pinche de contabilidad en una empresa exportadora de bananos. Su querella con los libros no duró largo tiempo. Refiriéndose a ella, muchos años después me dijo: -A la semana de estar en Ciénaga, en la única librería que encontré, adquirí un ejemplar de la Divina comedia. Había pactado, para siempre, un armisticio con la literatura.

Poco después ya don Ramón está en Barranquilla. Abre una librería con Javier Auqué a donde acuden los intelectuales de la época a adquirir las novedades que lanzaban al mundo las editoriales de España, de Italia, de Francia, de Inglaterra, de los Estados Unidos, de Alemania. Entre los clientes estaba el doctor Julio H. Palacio, que en cada visita se llevaba tres o cuatro libros. Ya desde la puerta de salida, y para despedirse, sin que fuera necesario quitarse el cigarrillo de los labios, gritaba: -Eh, Ramoncete, me llevo esto, me los apuntas.

Don Ramón contaba esto sonreído y comentaba: -Como daba lo mismo que no se lo apuntara, pues no se lo apuntaba. Siempre fuimos grandes amigos. Nuestras relaciones fueron cordialísimas en todo momento.

No tardó don Ramón en escribir editoriales en La Nación, el periódico que dirigía, a media cuadra de su librería, Pedro Pastor Consuegra, quien fuera muerto a balas disparadas por su colega, Héctor Parias, hace cincuenta años, en el antiguo Teatro Cisneros, en el intermedio de una función nocturna. Una vez escribió un comentario en latín contra el párroco de San Nicolás. Se trabó en ardientes polémicas con Los Leopardos que bebían a raudales la ideología de derechas que profesaban de las fuentes de Charles Maurras y León Daudet. En un artículo don Ramón les advirtió: el Papa va a excomulgarlos. Y su Santidad excomulgó l Action Francaise.

Voces Un poco antes de 1920 bajo su inspiración empezó a publicarse Voces, revista literaria no superada en Colombia, y quizás en toda la extensión de la América Latina. Allí los colombianos empezaron a conocer las grandes figuras de las letras europeas. Las primeras versiones al castellano de textos de Chesterton -a quien don Ramón había conocido en una librería allende el mar-, de Apollinaire, de Claudel, etc., se hicieron en Voces y se conocieron por Voces. Allí publicó Julio Enroque Blanco la traducción del alemán de los Prolegómenos de la metafísica, de Kant y un artículo sobre las ideas de Haeckel que mereció entusiasmados elogios de José Ingenieros, en aquella época una figura del pensamiento hispanoamericano mucho más importante que ahora. En esa revista, de presentación más bien modesta, aparecían los versos de León de Greiff, que entonces se firmaba Leo Le Gris y que no encontraban acogida en publicaciones del interior, ya que se le consideraba un poeta funambulesco. Y aunque esto no era un pecado, fue bastante para que se le decretara un destierro editorial que iba a persistir por varios años más.

En 1931, mientras fumaba un cigarrillo que le sabía mejor a medida que se convertía en colilla, Alfonso XIII fue derrocado allá en España y se formó un gobierno republicano. Entonces don Ramón lió bártulos y tomó el camino de Barcelona. Allí estuvo entregado a lo suyo hasta que el nazi-fascismo, ante la increíble pasividad de la democracia, impuso a Franco. Don Ramón fue de los últimos en salir de España, como que Cataluña había sido la última región de España en sucumbir. A pie, tomó la ruta del exilio y en aquella masa humana que parecía un camino de hormiga desde lejana perspectiva, iba Antonio Machado con su madre, en cuyos brazos murió para ser enterrado en Colliures, en el mediodía de Francia, en cuyo cementerio reposa el cuerpo del poeta glorioso. Después de una estancia, primero en Toulouse y después en París, donde fue huésped de Martín du Gard y cuando Pitoef se preparaba para montar una de sus obras, se vino para Barranquilla. Y aquí permaneció hasta 1950 (...)

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